—¡Guau! —gritó el primer policía, y sin pensarlo arrojó su tizador. Destrozó un pequeño aplique de
Él hizo el amago de perseguir al hombre invisible escaleras abajo.
Luego se lo pensó mejor y entró en el comedor.
—Doctor Kemp—comenzó, y se detuvo en seco.
—El doctor Kemp es un héroe —dijo, mientras su compañero miraba por encima de su hombro.
La ventana del comedor estaba de par en par, y ni la criada ni Kemp se veían por ninguna parte.
La opinión que el segundo policía tenía de Kemp era lacónica y pintoresca.