Y así, lentamente, empezando por sus manos y pies y reptando a lo largo de sus extremidades hasta los centros vitales de su cuerpo, continuó aquel extrañísimo cambio. Era como la lenta propagación de un veneno.
- Primero vinieron los pequeños nervios blancos, un esbozo gris y borroso de extremidad;
- luego los huesos vítreos y las intrincadas arterias;
- después la carne y la piel, primero una leve neblina, para volverse luego rápidamente densas y opacas.
Al poco rato pudieron ver su tórax aplastado y sus hombros, y el tenue contorno de sus facciones contraídas y machacadas.
Cuando por fin la multitud le abrió paso a Kemp para erguirse, yacía allí, desnudo y lastimoso sobre el suelo, el cuerpo magullado y roto de un joven de unos treinta años. Su cabello y su frente eran blancos —no grises por la edad, sino blancos con la blancura del albinismo—, y sus ojos eran como granates. Tenía las manos apretadas, los ojos muy abiertos y su expresión era de ira y consternación.
«¡Cúbrele la cara! —dijo un hombre—. ¡Por el amor de Dios, cúbrese esa cara!» y tres niños pequeños, abriéndose paso a empujones entre la multitud, dieron de repente media vuelta y fueron echados a patadas de allí otra vez.
Alguien trajo una sábana del Jolly Cricketers y, tras cubrirlo, lo llevaron a esa casa.
Y fue allí, en una cama desvencijada de un dormitorio hortera y mal iluminado, rodeado por una muchedumbre de gente ignorante y exaltada, destrozado y herido, traicionado y sin compasión, donde Griffin, el primero de todos los hombres en hacerse invisible, Griffin, el físico más dotado que el mundo ha visto jamás, puso fin en un desastre infinito a su extraña y terrible carrera.