Codal
nydus/The Invisible ManPublic
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XXVIII. El cazador cazado

Y así, lentamente, empezando por sus manos y pies y reptando a lo largo de sus extremidades hasta los centros vitales de su cuerpo, continuó aquel extrañísimo cambio. Era como la lenta propagación de un veneno.

  • Primero vinieron los pequeños nervios blancos, un esbozo gris y borroso de extremidad;
  • luego los huesos vítreos y las intrincadas arterias;
  • después la carne y la piel, primero una leve neblina, para volverse luego rápidamente densas y opacas.

Al poco rato pudieron ver su tórax aplastado y sus hombros, y el tenue contorno de sus facciones contraídas y machacadas.

Cuando por fin la multitud le abrió paso a Kemp para erguirse, yacía allí, desnudo y lastimoso sobre el suelo, el cuerpo magullado y roto de un joven de unos treinta años. Su cabello y su frente eran blancos —no grises por la edad, sino blancos con la blancura del albinismo—, y sus ojos eran como granates. Tenía las manos apretadas, los ojos muy abiertos y su expresión era de ira y consternación.

«¡Cúbrele la cara! —dijo un hombre—. ¡Por el amor de Dios, cúbrese esa cara!» y tres niños pequeños, abriéndose paso a empujones entre la multitud, dieron de repente media vuelta y fueron echados a patadas de allí otra vez.

Alguien trajo una sábana del Jolly Cricketers y, tras cubrirlo, lo llevaron a esa casa.

Y fue allí, en una cama desvencijada de un dormitorio hortera y mal iluminado, rodeado por una muchedumbre de gente ignorante y exaltada, destrozado y herido, traicionado y sin compasión, donde Griffin, el primero de todos los hombres en hacerse invisible, Griffin, el físico más dotado que el mundo ha visto jamás, puso fin en un desastre infinito a su extraña y terrible carrera.

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