lo observaba, inadvertidamente dejó que una cantidad de lechada de cal se le escurriera por el pincel hasta la manga del abrigo.
Este desconcertante individuo, ante la percepción del feriante del puesto de cocos, parecía estar hablando solo, y el señor Huxter observó lo mismo.
Se detuvo al pie de los escalones del Coach and Horses y, según el señor Huxter, pareció sufrir una intensa lucha interna antes de lograr inducirse a entrar en la finca.
Finalmente subió los escalones de golpe y el señor Huxter lo vio girar a la izquierda y abrir la puerta del salón. El señor Huxter oyó voces desde el interior de la habitación y desde la barra que le indicaban al hombre su error.
—¡Esa habitación es privada! —dijo Hall, y el forastero cerró la puerta torpemente y entró en el bar.
En el espacio de pocos minutos reapareció, secándose los labios con el dorso de la mano con un aire de silenciosa satisfacción que al señor Huxter le pareció de algún modo afectado.
Se quedó mirando a su alrededor durante unos instantes, y luego el señor Huxter lo vio caminar de manera extrañamente furtiva hacia las puertas del corral, hacia las cuales daba la ventana del salón.
El desconocido, tras algunas dudas, se apoyó en uno de los postes de la puerta, sacó una corta pipa de arcilla y se dispuso a llenarla. Sus dedos temblaban mientras lo hacía. La encendió torpemente y, cruzándose de brazos, se puso a fumar con actitud lánguida, una actitud que sus ocasionales miradas hacia el fondo del corral desmentían por completo.
Todo esto lo vio el señor Huxter por encima de los botes de tabaco del escaparate, y la singularidad del comportamiento del hombre le impulsó a no quitarle ojo.