“No, gracias a Dios, por decirlo de algún modo, no lo era”.
Él asintió lentamente con la cabeza.
«¡Me pone de lo más incómodo, la mera idea de que ese tipo ande suelto por el país! Actualmente anda a sus anchas y, según ciertos indicios, se supone que ha cogido —cogió, supongo que querrán decir— el camino de Port Stowe. ¡Ya ve que estamos de lleno en el ajo! Nada de maravillas americanas esta vez. ¡Y solo pensar en las cosas que podría hacer! ¿Dónde estaría usted si se tomara una copita de más y le diera por ir a por usted? Suponga que quiere robar, ¿quién se lo puede impedir? Puede entrar en propiedad ajena, puede robar con fractura, ¡podría atravesar un cordón policial tan fácil como usted o yo podríamos despistar a un ciego! ¡Más fácil! Pues a estos tipos ciegos se les oye de lo más fino, según tengo entendido. Y donde hubiera licor que se le antojara...»
—Tiene una ventaja tremendjísima, desde luego —dijo el señor Marvel—. Y... bueno...
—Tiene usted razón —dijo el marino—. La tiene.
Todo este tiempo, el señor Marvel había estado mirando a su alrededor con atención, atento a los pasos tenues, tratando de detectar movimientos imperceptibles. Parecía a punto de tomar una gran decisión. Tosió detrás de su mano.
Volvió a mirar a su alrededor, escuchó, se inclinó hacia el marino y bajó la voz:
“El caso es que—da la casualidad—de que sé un par de cosas sobre este hombre invisible. Por fuentes privadas”.
«¡Oh! —dijo el marino, interesado—. ¿Usted? »