tronó y el espejo del fondo del reservado se agrietó para venirse abajo en añicos y tintineos.
Al entrar el barman en la habitación, vio a Marvel, extrañamente hecho un ovillo y forcejeando contra la puerta que daba al patio y a la cocina. La puerta se abrió de par en par mientras el barman dudaba, y Marvel fue arrastrado hacia la cocina.
Se oyó un grito y un estrépito de sartenes. Marvel, con la cabeza gacha y tirando hacia atrás con obstinación, fue empujado hacia la puerta de la cocina, y se echaron los cerrojos.
Entonces el policía, que había estado intentando pasar junto al tabernero, irrumpió, seguido por uno de los cocheros, agarró la muñeca de la mano invisible que tenía cogido del cuello a Marvel, recibió un golpe en la cara y retrocedió tambaleándose.
La puerta se abrió, y Marvel hizo un esfuerzo frenético por hacerse un hueco detrás de ella. Entonces el cochero agarró algo por el cuello.
—Lo tengo —dijo el cochero.
Las rojas manos del tabernero arañaron el aire hacia lo invisible.
—¡Aquí está! —dijo el tabernero.
Mr. Marvel, liberado, cayó de repente al suelo e intentó arrastrarse detrás de las piernas de los hombres que luchaban. El forcejeo se precipitó torpemente alrededor del borde de la puerta. Se oyó por primera vez la voz del hombre invisible, gritando con agudeza cuando el policía le pisó un pie. Luego exclamó con furia y sus puños revolotearon como los golpes de un mayal. El cochero lanzó de pronto un alarido y se encogió, con una patada bajo el diafragma. La puerta que comunicaba el salón del bar con la