Tal vez algo del asombro atónito de sus experiencias en Oxford Street haya vuelto a él, pues evidentemente había contado con la cooperación de Kemp en su brutal sueño de un mundo atemorizado. Aun así, desapareció del conocimiento humano hacia el mediodía, y ningún testigo viviente puede decir lo que hizo hasta eso de las dos y media. Fue una suerte, tal vez, para la humanidad, pero para él fue una inacción fatal.
Durante ese tiempo una multitud creciente de hombres dispersos por el campo estuvo atareada.
Por la mañana aún había sido simplemente una leyenda, un terror; por la tarde, en virtud sobre todo de la proclama de tono seco de Kemp, se le presentaba como un antagonista tangible, al que había que herir, capturar o vencer, y el campo empezó a organizarse con una rapidez inconcebible.
A las dos incluso él aún habría podido marcharse de la comarca subiéndose a un tren, pero después de las dos eso se volvió imposible. Todos los trenes de pasajeros de las líneas de un gran paralelogramo entre Southampton, Mánchester, Brighton y Horsham viajaban con las puertas cerradas, y el tráfico de mercancías estaba casi por completo suspendido.
Y en un gran círculo de veinte millas en torno a Port Burdock, hombres armados con escopetas y garrotes se dispusieron al poco tiempo en grupos de tres o cuatro, con perros, a batir los caminos y los campos.
Policías montados recorrían los caminos rurales, deteniéndose en cada cabaña y advirtiendo a la gente que cerrara sus casas con llave y no saliera a menos que estuviera armada, y todas las escuelas elementales habían cerrado a las tres, y los niños, asustados y manteniéndose en grupos, se apresuraban a volver a casa. La proclama de Kemp —firmada en verdad