niños jugando y muchachas vigilándolos, e intenté pensar en todas las ventajas fantásticas que un hombre invisible tendría en el mundo. Al cabo de un rato me arrastré hasta casa, tomé algo de comida y una fuerte dosis de estricnicna, y me fui a dormir con la ropa puesta en mi cama sin hacer. La estricnina es un tónico magnífico, Kemp, para quitarle la flacidez a un hombre.”
—Es el diablo —dijo Kemp—. Es el paleolítico en una botella.
“Me desperté enormemente vigorizado y bastante irritable. ¿Sabe?”
“Conozco el asunto.”
“Y alguien estaba llamando a la puerta. Era el propietario con amenazas e interrogatorios, un viejo judío polaco con un abrigo largo y gris y zapatillas grasrientas. Estaba seguro de que yo había estado atormentando a un gato durante la noche; la lengua de la vieja había estado muy ocupada. Insistía en saberlo todo al respecto. Las leyes de este país contra la vivisección eran muy severas; él podría ser responsable. Negué lo del gato. Luego se podía sentir la vibración del pequeño motor de gas por toda la casa, decía. Eso era cierto, ciertamente. Se deslizó esquivándome hacia la habitación, ojeando por encima de sus gafas de alpaca, y un súbito pavor acudió a mi mente: que pudiera llevarse algo de mi secreto. Intenté interponerme entre él y el aparato de concentración que había dispuesto, y eso solo hizo que tuviera más curiosidad. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba siempre solo y reservado? ¿Era legal? ¿Era peligroso? No pagaba más que el alquiler habitual. La suya siempre había sido una casa de lo más respetable en un vecindario deshonroso. De repente perdí los estribos. Le mandé salir. Empezó a protestar, a parlotear sobre su derecho de entrada. En un momento lo agarré por el