Kemp se había apresurado a subir las escaleras después de dejar salir a Adye, y ahora, agazapado entre los cristales rotos y asomándose con cautela por el borde del alféizar de la ventana del estudio, vio a Adye parlamentando con el invisible.
—¿Por qué no dispara? —se susurró Kemp a sí mismo.
Entonces el revólver se movió un poco y el destello de la luz del sol brilló en los ojos de Kemp. Se cubrió los ojos e intentó ver el origen de aquel rayo cegador.
—¡Seguramente! —dijo—, Adye ha renunciado al revólver.
—Prométeme que no asaltarán la puerta —decía Adye—. No lleves una partida ganada demasiado lejos. Dale una oportunidad al hombre.
“Vuelve a la casa. Te digo categóricamente que no prometeré nada”.
La decisión de Adye pareció tomarse de repente. Se volvió hacia la casa, caminando despacio con las manos a la espalda. Kemp lo observó, desconcertado. El revólver desapareció, volvió a relumbrar a la vista, volvió a desaparecer y se reveló, tras una inspección más atenta, como un pequeño objeto oscuro que seguía a Adye.
Entonces los acontecimientos se sucedieron con mucha rapidez. Adye dio un salto hacia atrás, giró en redondo, se aferró a este pequeño objeto, falló, levantó los brazos y cayó hacia delante sobre su rostro, dejando en el aire una nubecilla azul. Kemp no oyó el sonido del disparo. Adye se retorció, se incorporó sobre un brazo, cayó hacia delante y quedó inmóvil.
Durante un espacio de tiempo Kemp permaneció contemplando la tranquila despreocupación de la actitud de Adye. La tarde era muy calurosa y quieta, nada parecía moverse en todo el mundo salvo un par de mariposas amarillas persiguiéndose la una a la