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nydus/The Invisible ManPublic
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XXVIII. El cazador cazado

Kemp apareció con el rostro desencajado por el terror junto a los cristales, golpeando primero y luego sacudiendo frenéticamente la puerta francesa. Después, al ver que sus esfuerzos eran inútiles, corrió por la galería, saltó el extremo y fue aporrear la puerta lateral. Luego corrió hacia el portillo lateral para salir a la fachada de la casa, y de allí a la carretera de la colina.

Y el señor Heelas, mirando desde su ventana —con cara de espanto—, apenas había visto desaparecer a Kemp, cuando los espárragos comenzaron a ser pisoteados de un lado a otro por unos pies invisibles. Ante esto, el señor Heelas huyó apresuradamente al piso superior, y el resto de la persecución quedó fuera de su alcance. Pero al pasar junto a la ventana de la escalera, oyó cerrarse de golpe el portillo lateral.

Al salir a la carretera de la colina, Kemp tomó naturalmente la dirección cuesta abajo, y así fue como vino a correr por sí mismo la misma carrera que había contemplado con ojo tan crítico desde el estudio del mirador hacía apenas cuatro días.

La corrió bien, para un hombre fuera de forma, y aunque su rostro estaba pálido y sudoroso, su mente estuvo serena hasta el final. Corrió con zancadas amplias, y dondequiera que se interponía un tramo de terreno irregular, dondequiera que aparecía un manchón de pedernal bruto o brillaba deslumbrante un trozo de vidrio roto, lo cruzaba y dejaba que los pies desnundos e invisibles que lo seguían tomaran la ruta que quisieran.

Por primera vez en su vida, Kemp descubrió que el camino de la colina era indescriptiblemente vasto y desolado, y que los inicios del pueblo, muy abajo, al pie de la colina, quedaban extrañamente lejanos. Nunca había existido un método de avance más lento o doloroso que correr. Todas las desgarbadas villas, durmiendo bajo el sol de la tarde, parecían cerradas y con tranca; sin duda estaban cerradas y con tranca⁠—por

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