Y lo que era más extraño, incluso para su pesada inteligencia, sobre la silla del dormitorio y a lo largo de la barandilla de la cama estaban esparcidas las prendas, las únicas prendas que él conocía, y los vendajes de su huésped. Hasta su gran sombrero flexible estaba colocado con desparpajo sobre el poste de la cama.
Mientras Hall se quedaba allí oyó la voz de su esposa que salía de lo más hondo de la bodega, con esa rápida fusión de las sílabas y ese giro interrogativo al final de las palabras en un tono agudo, con el que el lugareño de West Sussex suele denotar una alegre impaciencia.
«¡Jorge! ¿Has gorrido lo que has pandado?»
A esto, él se dio la vuelta y se apresuró a bajar hacia ella.
«Janny —dijo, sobre la barandilla de los escalones del sótano—, es verdad lo que dice Henfrey. No está en su habitación, no está. Y la puerta de la calle está sin echar el cerrojo».
Al principio, la señora Hall no entendió, y en cuanto lo hizo, se propuso ver la habitación vacía por sí misma. Hall, que aún sostenía la botella, fue delante.
«Si no está ahí», dijo, «sus ropas sí. ¿Y qué hace sin sus ropas, entonces? Es un asunto de lo más curioso».
Al subir los escalones de la bodega, según se supo después, a ambos les pareció oír que la puerta principal se abría y se cerraba, pero al verla cerrada y no haber nada allí, ninguno le dijo una palabra al otro al respecto en ese momento. La señora Hall pasó junto a su marido en el pasillo y subió corriendo primero. Alguien estornudó en la escalera. Hall, que la seguía seis