ciudad civilizada y abarrotada. Antes de hacer este loco experimento, había soñado con mil ventajas. Aquella tarde todo me pareció decepción. Repasé una a una las cosas que un hombre considera deseables. Sin duda, la invisibilidad hacía posible conseguirlas, pero imposibilitaba disfrutarlas una vez obtenidas. La ambición: ¿de qué sirve el orgullo de posición cuando no puedes presentarte en ella? ¿De qué sirve el amor de una mujer cuando su nombre tiene que ser forzosamente Dalila? No tengo afición por la política, ni por las canalladas de la fama, ni por la filantropía, ni por el deporte. ¿Qué iba a hacer? ¡Y en esto había quedado: en un misterio envuelto, en la caricatura empaquetada y vendada de un hombre!”
Hizo una pausa, y su actitud sugirió una mirada furtiva hacia la ventana.
—Pero ¿cómo llegó a Iping? —dijo Kemp, deseoso de mantener a su huésped hablando.
“Fui allí a trabajar. Tenía una esperanza. ¡Era una idea a medias! La sigo teniendo. Ahora es una idea hecha y derecha.
¡Una forma de regresar! De restituir lo que he hecho. Cuando yo quiera. Cuando haya hecho todo lo que me propongo hacer invisiblemente. Y de eso es de lo que principalmente quiero hablarte ahora”.
—¿Fuiste directo a Iping?
“Sí. No tuve más que coger mis tres volúmenes de apuntes y mi chequera, mi equipaje y mi ropa interior, encargar una buena cantidad de productos químicos para desarrollar esta idea mía —le mostraré los cálculos en cuanto tenga mis libros— y entonces me puse en marcha. ¡Córcholis! Ahora me acuerdo de la tormenta de nieve y de lo maldito que fue evitar que la nieve me humedeciera la nariz de cartón”.