Sr. Thomas Marvel
Debe usted imaginarse al señor Thomas Marvel como una persona de rostro copioso y flexible, con una nariz de protuberancia cilíndrica, una boca licenciosa, amplia, fluctuante, y una barba de una excentricidad erizada.
Su figura tendía al embonpoint; sus cortas extremidades acentuaban dicha inclinación.
Llevaba un sombrero de seda afelpada, y la frecuente sustitución de cordeles y cordones de zapatos por botones, patente en puntos críticos de su atuendo, delataba a un hombre esencialmente soltero.
El señor Thomas Marvel estaba sentado con los pies en una cuneta junto al camino, en los páramos hacia Adderdean, a cosa de milla y media de Iping. Sus pies, a falta de calcetines de punto ajedrezado irregular, estaban descalzos; los dedos gordos eran anchos y se erguían como las orejas de un perro alerta. Con aire pausado —lo hacía todo con aire pausado—, estaba pensando en probarse un par de botas. Eran las botas más sólidas con las que se había topado en mucho tiempo, pero demasiado grandes para él; mientras que las que llevaba, en tiempo seco, le venían como anillo al dedo, pero tenían la suela demasiado fina para la humedad. El señor Thomas Marvel aborrecía el calzado holgado, pero también aborrecía la humedad. Jamás había sopesado debidamente cuál de las dos cosas odiaba más, y era un día apacible, y no había nada mejor que hacer. Así que dispuso los cuatro zapatos formando un grupo gracioso sobre el césped y se puso a mirarlos. Y al verlos allí entre la hierba y la agrimonia silvestre, se le ocurrió de repente que ambos pares eran sumamente feos a la vista. No se asustó en absoluto por una voz que sonó a sus espaldas.