Fuertes golpes comenzaron a llover sobre la puerta. No encontraba los cerillas. Me golpeé las manos contra la pared con rabia. Volví a cerrar el gas, salí por la ventana hacia la tapa de la cisterna, bajé la guillotina con mucha suavidad y me senté, a salvo e invisible, pero temblando de ira, a ver los acontecimientos. Rompieron un panel, vi, y al instante siguiente habían arrancado las presillas de los cerrojos y estaban en el umbral abierto. Era el propietario y sus dos hijastros, unos jóvenes robustos de veintitrés o veinticuatro años. Detrás de ellos revoloteaba la vieja bruja de los pisos de abajo.
“Podéis imaginar su asombro al encontrar la habitación vacía. Uno de los hombres más jóvenes corrió hacia la ventana de inmediato, la abrió de par en par y se quedó mirando hacia afuera. Sus ojos desorbitados y su rostro barbudo de labios gruesos quedaron a treinta centímetros de mi cara. Estuve a punto de golpear su tonta faz, pero detuve mi puño cerrado. Miró a través de mí como si nada. Lo mismo hicieron los otros al unirse a él. El anciano fue a mirar debajo de la cama y luego todos se precipitaron hacia el armario. Tuvieron que discutir sobre el asunto largamente en yidis y en inglés cockney. Concluyeron que yo no les había respondido, que su imaginación los había engañado. Un sentimiento de júbilo extraordinario reemplazó a mi enojo mientras me sentaba fuera de la ventana y observaba a estas cuatro personas —pues la anciana entró, mirando a su alrededor con suspicacia como un gato, intentando comprender el enigma de mi comportamiento—.
“El viejo, por lo que alcancé a comprender de su jerga, coincidió con la anciana en que yo era un viviseccionista. Los hijos protestaron en un inglés confuso diciendo que yo era electricista, y apelaron a las dinamos y a los radiadores. Todos estaban nerviosos por mi llegada, aunque después descubrí que habían trancado la puerta principal. La anciana ojeó dentro del armario y