amplio apartamento, con sus mostradores, sus pilas de género enrollado, su rimero de edredones y cojines, sus pilares de hierro. Luego, al volver la memoria a mí, escuché voces conversando.
“Entonces, al fondo del establecimiento, bajo la luz más brillante de algún departamento que ya había subido sus persianas, vi que se acercaban dos hombres. Me puse en pie de un salto, buscando a mi alrededor alguna forma de escapar, y en ese mismo instante el ruido de mi movimiento hizo que repararan en mí. Supongo que solo vieron una figura que se aleja sigilosa y veloz. «¿Quién anda ahí?», gritó uno, y «¡Alto ahí!», exclamó el otro. Doblé una esquina a toda carrera y fui a dar de lleno —¡una figura sin rostro, fíjense!— contra un muchacho desgarbado de quince años. Él dio un grito, yo lo atropellé, pasé de largo, doblé otra esquina y, por una feliz inspiración, me arrojé detrás de un mostrador. Al momento siguiente pasaron unos pies corriendo y oí voces que gritaban: «¡Todos a las puertas!», preguntando qué «pasaba» y dándose mutuamente consejos sobre cómo atraparme.