Y luego, al poco rato, allá arriba en la colina, un perro que jugaba en el camino dio un aullido y se metió corriendo bajo una cancela, y mientras ellos seguían preguntándose qué sería, algo —un viento—, un trote, trote, trote—, un sonido como de una respiración jadeante, pasó velozmente.
La gente gritaba. La gente saltó de la acera: pasó entre gritos, pasó por instinto colina abajo.
Ya estaban gritando en la calle antes de que Marvel fuera a mitad de camino. Irrumpían en las casas y cerraban las puertas de golpe tras ellos, con la noticia.
Él lo oyó y dio un último y desesperado acelerón. El miedo pasó a grandes zancadas, se adelantó a su encuentro y en un instante se había apoderado del pueblo.
“¡El hombre invisible viene! ¡El hombre invisible!”