Y así fue con todos los demás animales que le llevaron. Tan pronto como descubrieron que podía hablar su idioma, le decían dónde les dolía y cómo se sentían, y por supuesto le era fácil curarlos.
Ahora todos estos animales volvieron y les dijeron a sus hermanos y amigos que había un médico en la casita con el gran jardín que de verdad era un médico. Y cada vez que alguna criatura se enfermaba —no solo caballos, vacas y perros—, sino todos los animalitos de los campos, como ratones espigueros y ratas de agua, tejones y murciélagos, venían de inmediato a su casa en las afueras del pueblo, de modo que su gran jardín estaba casi siempre lleno de animales que intentaban entrar a verlo.
Eran tantos los que venían que tuvo que mandar a hacer puertas especiales para las distintas clases. Escribió «Caballos» sobre la puerta principal, «Vacas» sobre la puerta lateral, y «Ovejas» en la puerta de la cocina. Cada clase de animal tenía una puerta separada—hasta los ratones tenían un pequeño túnel hecho para ellos hacia el sótano, donde esperaban pacientemente en filas a que el Doctor fuera a verlos.
Y así, en pocos años, todos los seres vivientes a lo largo de muchas millas llegaron a saber de John Dolittle, M.D. Y las aves que volaban a otros países en el invierno les contaban a los animales en tierras extranjeras acerca del maravilloso doctor de Puddleby-on-the-Marsh, que podía entender su idioma y ayudarlos en sus problemas. De este modo se volvió famoso entre los animales —por todo el mundo—, más conocido incluso de lo que había sido entre la gente del West Country. Y era feliz y le gustaba mucho su vida.
Una tarde en que el Doctor estaba ocupado escribiendo en un libro, Polynesia se sentó en la ventana —como casi siempre lo hacía—, mirando hacia afuera las hojas que revoloteaban por el jardín. De pronto, se echó a reír a carcajadas.
—¿Qué pasa, Polynesia? —preguntó el Doctor, levantando la vista de su libro.