Y los peces le preguntaron al loro si aquel era el barco del doctor Dolittle. Cuando ella les dijo que sí, contestaron que se alegraban, porque los monos en África empezaban a preocuparse de que nunca fuera a llegar. Polinesia les preguntó cuántas millas les faltaban todavía por recorrer; y los peces voladores dijeron que ahora solo quedaban cincuenta y cinco millas hasta la costa de África.
Y otra vez todo un banco de marsopas vino bailando entre las olas; y ellas también le preguntaron a Polinesia si aquel era el barco del famoso doctor.
Y cuando oyeron que sí, le preguntaron al loro si el Doctor necesitaba algo para su viaje.
Y Polynesia dijo: «Sí. Nos hemos quedado sin cebollas».
—Hay una isla no muy lejos de aquí —dijeron las marsopas—, donde las cebollas silvestres crecen altas y fuertes. Sigan derecho; iremos por unas y los alcanzaremos.
Así las marsopas salieron disparadas por el mar. Y muy pronto el loro las vio de nuevo, acercándose por detrás, arrastrando las cebollas por las olas en grandes redes hechas de algas.
A la tarde siguiente, mientras el sol se ponía, el Doctor dijo,
—Tráeme el catalejo, Chí-Chí. Nuestro viaje está a punto de terminar. Muy pronto deberíamos poder ver las costas de África.
Y unos treinta minutos más tarde, tal como esperaban, creyeron ver algo al frente que podría ser tierra. Pero empezó a oscurecer cada vez más y no pudieron estar seguros.
Entonces se desató una gran tormenta, con truenos y relámpagos.