Su hermana solía protestar por todos estos animales y decía que desordenaban la casa. Y un día, cuando una anciana con reumatismo fue a ver al Doctor, se sentó sobre el erizo que estaba durmiendo en el sofá y nunca más volvió a visitarlo, sino que iba en coche todos los sábados hasta Oxenthorpe, otro pueblo a diez millas de distancia, para consultar a un médico diferente.
Entonces su hermana, Sarah Dolittle, se le acercó y le dijo:
—John, ¿cómo puedes esperar que la gente enferma venga a verte cuando tienes todos estos animales en la casa? ¡Vaya médico estás hecho, con la sala de estar llena de erizos y ratones! Ese es el cuarto personaje que estos animales han ahuyentado. El hacendado Jenkins y el pastor dicen que no se volverán a acercar a tu casa, por muy enfermos que estén. Cada día somos más pobres. Si sigues así, ninguna de las personas de la alta sociedad te querrá como médico.
—Pero me gustan más los animales que «la mejor gente» —dijo el Doctor.
—Eres ridículo —dijo su hermana, y salió de la habitación.
Así pues, a medida que pasaba el tiempo, el Doctor conseguía más y más animales; y la gente que iba a verlo se iba reduciendo cada vez más. Hasta que al fin no le quedó nadie, salvo el vendedor de carne de gato, al que no le importaba ninguna clase de animales. Pero el vendedor de carne de gato no era muy rico y solo enfermaba una vez al año —en Navidad, época en la que solía darle al Doctor seis peniques por un frasco de medicina.
Seis peniques al año no bastaban para vivir —ni siquiera en aquellos tiempos, hace ya tanto—; y si el Doctor no hubiera tenido algo de dinero ahorrado en su hucha, nadie sabe qué habría pasado.