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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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IV. Searchings

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“Paciencia y a barajar.”

Si hubiera esperado algo de la presencia en el carruaje de la mujer que había concertado esta cita, estaba condenado a la decepción.

Reticente antes, ahora guardaba absoluto silencio, sentada a mi lado como una estatua sombría o una imagen congelada de vigilancia, lista para despertar y detenerme si yo amagaba con abrir la puerta o hacer cualquier otro movimiento que denotara la determinación de saber dónde estaba o en qué dirección me dirigía.

No dudo de que su joven ama, en la breve conversación que habían mantenido antes de nuestra partida, había logrado darle cierta idea de la vergüenza con la que se sentía abrumada y de su actual y natural deseo de secreto, pero creo ahora, como lo creí entonces, que las insólitas precauciones tomadas tanto en ese momento como antes, para mantenerme en la ignorancia sobre la identidad de la joven, se debían a la conciencia que la anciana tenía del peligro al que se había expuesto al ceder a los deseos de su joven e irreflexiva ama; una teoría que, de ser cierta, habla más en favor de la inteligencia que de la conciencia de esta misteriosa mujer.

Sin embargo, tenemos que habérnoslas con los hechos, y a usted le interesará más saber lo que hice que lo que pensé durante aquel corto trayecto en la más absoluta oscuridad.

La marca que había dejado en el bordillo a mis espaldas mostraba suficientemente la naturaleza de mi decisión, y cuando dimos la primera vuelta al final de la manzana, me recliné en mi asiento y, poniendo el dedo sobre mi muñeca, comencé a contar las pulsaciones de mi sangre.

Era el único recurso que se me ocurría mediante el cual podría formarme después una idea aproximada de la distancia que recorríamos en línea recta hacia el centro. Acababa de llegar al número setecientos sesenta y dos, y me congratulaba interiormente por este nuevo método para calcular distancias, cuando las ruedas dieron un bandazo y cruzamos unas vías de tranvía.

Al instante todos mis sutiles cálculos se vinieron abajo. No estábamos en la Quinta Avenida —digo, en Madison Avenue—, como suponía; no podíamos estarlo, ya que ninguna vía cruza esa avenida por debajo de la calle Cincuenta y Nueve, y avanzábamos como no habríamos podido hacerlo de haber llegado al término de la avenida en la calle Veintitrés.

¿Sería posible que no hubieran dado la vuelta al carruaje mientras yo estaba en la casa, y que hubiéramos regresado por la Quinta Avenida? No lograba recordarlo; de hecho, cuanto más intentaba pensar hacia dónde apuntaban las cabezas de los caballos cuando entramos a la casa, más confundido estaba.

Pero al poco rato caí en la cuenta de que, estuviéramos donde estuviésemos, desde luego no habíamos cruzado la estrecha franja de pavimento liso frente al monumento a Worth y, por lo tanto, no podíamos haber llegado a la Calle Veintitrés por la Quinta Avenida. Debíamos de estar en la zona alta, y aquellas vías que habíamos cruzado tenían que ser las de la Calle Cincuenta y Nueve.

Y pronto, como para asegurarme de esto, dimos una vuelta, seguida rápidamente al cabo de una manzana por otra, tras lo cual no tuve dificultad en reconocer el pavimento liso de la entrada al Parque ni el posterior descenso por la Quinta Avenida.

“Han pensado en confundirme con una milla más o menos de recorrido —pensé con cierta complacencia—, pero las calles de Nueva York están trazadas con demasiada sencillez como para prestarse a semejante método fácil de mistificación”.

Sin embargo, he pensado desde entonces cómo, con un hombre más listo en el pescante, el asunto podría haberse manejado de tal manera que habría desconcertado al ciudadano más viejo en cualquier intento de cálculo.

Cuando nos detuvimos frente al Albemarle, le di las gracias en voz baja a la mujer que me había guiado y puse pie en tierra. Al instante, la puerta se cerró a mis espaldas, el carruaje se alejó y me quedé allí de pie como un hombre recién despertado de un sueño.

Al entrar en mi hotel, pedí la cena, pensando que la ocupación tan práctica de comer serviría para desviar mi mente hacia sus cauces habituales. Pero el sueño, si sueño era, había dejado una impresión demasiado vívida para sacudírsela de encima con tanta facilidad. Me siguió al vestíbulo por la noche y se mezcló con cada acorde que toqué.

Apenas pude dormir aquella noche pensando en el dulce rostro de niña que había florecido en el de una mujer ante mis ojos, ¡y qué mujer!

A la primera señal de claridad me levanté y, tan pronto como fue de algún modo prudente salir, tomé un carruaje y me dirigí a la esquina de la calle Cincuenta y Nueve y la avenida Madison, donde, según mis cálculos de la noche anterior, habíamos cruzado la vía del tranvía que me había interrumpido por primera vez en aquel original método de calcular distancias del que ya he hablado, un método, por cierto, que habrán de reconocer que es una mejora respecto al plan del muchacho para encontrar el camino de vuelta del bosque mediante las migas de pan que había ido esparciendo a sus espaldas, olvidando que los pájaros se comerían sus migas y lo dejarían sin pista alguna.

Ordenándole al cochero que prosiguiera al trote ordinario por la avenida, puse el dedo sobre mi muñeca y conté cada latido de mi pulso hasta llegar al número mágico de setecientos sesenta y dos. Luego, asomando la cabeza por la ventanilla, le mandé parar. Estábamos a mitad de cuadra, pero eso no me desconcertó. No había esperado obtener más que una idea aproximada del lugar donde habíamos doblado por primera vez hacia la avenida, ya que era imposible regular el paso de los caballos para que coincidiera con el del carruaje de la noche anterior, aun cuando se pudiera confiar plenamente en las pulsaciones de mi muñeca.

Observando las calles entre las que nos habíamos detenido, le indiqué al cochero que doblara por una y regresara por la otra, dedicándome mientras tanto a buscar en el bordillo la pequeña marca que había dejado frente a su puerta la noche anterior. Pero aunque condujimos despacio y busqué con esmero, no percibí ni rastro de aquella señal reveladora, y abandonando esas dos calles, le ordené a mi obediente Jehu que probara en las dos periféricas de más abajo y de más arriba. Así lo hizo, y volví a examinar el bordillo, pero con no mejor suerte. No se encontraba por ninguna parte marca ni rastro de marca. Tampoco, a pesar de que recorrimos otras tres o cuatro calles de la misma manera, dimos con pista alguna que pudiera ayudarme en mi búsqueda.

Limpio, desanimado y algo enfadado conmigo mismo por la pusilanimidad de la noche anterior al no haber desafiado la ira de mi compañero abriendo la puerta del carruaje en la primera esquina y saltando fuera, ordené que me llevaran de vuelta al hotel, donde durante todo un día desdichado me quebré la cabeza con ardides para adquirir el conocimiento que tanto deseaba. El resultado fue inútil, como podéis imaginar; ni me detendré a relatar los diversos recursos a los que recurrí después en mi vano intento por resolver el misterio de la identidad de esta joven.

Bastante con que todos fracasaran, incluso el muy prometedor intento de buscar en los distintos establecimientos fotográficos de la ciudad el valioso rastro que su retrato habría de proporcionarme.

Y así pasó una semana.

“Ya es hora de que esta loca infatuación llegue a su fin”, me dije una mañana mientras me sentaba a escribir una carta.

«No hay esperanza de que vuelva a verla jamás, y no hago más que malgastar las mejores emociones de mi vida al entregarme así a un sueño que no es el preludio de una realidad».

Pero a pesar de la sabia determinación así tomada, pronto descubrí que mis pensamientos volvían a su cauce habitual y, presa de una súbita impaciencia ante mi evidente debilidad, tomé la carta que había estado escribiendo y me dispuse a leerla, cuando, para mi gran asombro, percibí que, en lugar de redactar las palabras habituales de una comunicación de negocios, me había dedicado a garabatear un número determinado por toda la página e incluso al pie, donde debía ir mi firma.

—¿Soy un tonto? —exclamé, y estuve a punto de romper la hoja en dos, cuando, al echar un nuevo vistazo al número, que era un simple treinta y seis, me pregunté de dónde había sacado esas cifras en particular.

Instantáneamente surgió ante los ojos de mi mente la visión de una fachada de piedra rojiza con su zaguán y su puerta. Era, pues, el número de una casa; ¿pero qué casa?, ¿un château en Espagne o una vivienda de Nueva York bona fide que por alguna razón se hubiera grabado inconscientemente en mi memoria?

No pude contestar. Ahí en la página estaba el número treinta y seis, y con igual claridad en mi mente estaba el aspecto de la fachada de arenisca a la que pertenecía ese número, y eso era todo.

Pero bastó para despertar en mí el espíritu de la investigación.

Las pocas casas numeradas de ese modo en aquel barrio de la ciudad donde yo había estado hacía poco no eran tan difíciles de encontrar como para que una mañana dedicada al asunto no bastara para convencerme de si la visión en mi mente tenía su base en la realidad.

Tomando un taxi, subí hacia la parte alta de la ciudad y entré en aquella zona de calles que había recorrido con tanto cuidado una semana antes. Pues tenía la seguridad de que, si la impresión había sido producida por una vivienda real, había ocurrido en aquel momento.

Siguiendo el mismo rumbo que tomé entonces, consulté la apariencia de las distintas casas a las que estaba asignado ese número.

  • La primera estaba construida de ladrillo; esa no era.
  • La siguiente tenía columnas en el vestíbulo; y esa tampoco era.
  • La tercera, por usar una incongruencia irlandesa, no era una casa en absoluto, sino un establo, mientras que la cuarta era una estructura elegante de mucha más pretensión que la fachada sobria y sencilla que tenía en mi mente o en mi memoria.

Estaba a punto de proferir una maldición contra mi insensatez y volver a casa, cuando recordé que aún quedaba una calle o dos, recorridas en mi rumbo en zigzag de la semana anterior, que todavía no había probado.

“Tanto da ser minucioso”, murmuré, y ordené a mi chófer que continuara por la calle ⸻.

¿Qué había en su aspecto que me conmovió vagamente a la primera ojeada?

¿Un tenue recuerdo, cierta garantía fantasmal de que habíamos llegado al lugar correcto?

Al aproximarnos al número que buscaba, no pude reprimir una exclamación de sorpresa. Pues allí ante mí, hasta en el último detalle, se alzaba la casa que involuntariamente se había presentado en mi mente cuando mi vista recayó por primera vez en aquel misterioso número garabateado al pie de la página que estaba escribiendo.

No era, pues, quimera de un cerebro sobreexcitado esta visión de una fachada que me venía obsesionando, sino el recuerdo claro de una morada real que había visto en mi anterior viaje por esta calle.

¿Pero por qué precisamente esta fachada y no otra; qué había en ella para causar tal impresión?

Mirándolo, no pude precisarlo, pero después de que hubimos pasado, algo, no sabría decir qué, me trajo a la memoria otro recuerdo, insignificante en sí mismo, pero al fin y al cabo un eslabón de la cadena que tarde o temprano estaba destinado a sacarme del laberinto en el que me había tropezado.

Era meramente esto: que mientras cabalgaba por las calles aquella mañana memorable, buscando aquella marca en el bordillo de la acera de la que tanto esperaba, había dado con un lugar donde el pavimento había sido recién lavado.

Con ese inconsciente funcionamiento del cerebro que nos es familiar, miré un momento la acera, cubierta aún por el agua que se le había arrojado, y luego lancé una rápida ojeada a la casa.

Esa mirada, explíquesela como se quiera, abarcó la escena que tenía ante sí del mismo modo en que la cámara capta la impresión de un parecido, y aunque al instante siguiente hube olvidado todo el suceso, bastó un determinado curso de pensamiento o tal vez un cierto estado de emoción para revivirlo de nuevo.

Una noble causa para un acto de cerebración inconsciente, dirán ustedes, un pavimento recién lavado: Le jeu ne faut pas la chandelle. Y así lo pensé también yo, o lo habría pensado de no haber estado tan interesado en la ocupación en la que me hallaba absorto, y de no habérseme ocurrido la idea de que el agua y una escoba podían borrar las marcas de tiza de los bordillos, y de que los diablillos que presiden nuestras fuerzas mentales no se permitirían semejante jugarreta a expensas mías a menos que la vela valiera la pena.

A decir verdad, desde el momento en que hice este descubrimiento, fijé mi fe en aquella casa como en la que contenía el objeto de mi búsqueda, y aunque me contenté con anotar meramente el número de la calle al salir de ella, no por ello dejé de decidirme a continuar mis investigaciones, hasta haber sabido más allá de toda posibilidad de duda si mis conjeturas no eran ciertas.

Una perseverancia digna de mejor causa, dirán ustedes, pero ya no tienen veintidós años ni están bajo la influencia de su primera pasión. Confieso que estaba asombrado de mí mismo y con frecuencia me detenía en la empresa que había emprendido para preguntar si era la misma persona que apenas quince días antes se había burlado de la historia de un hombre que se había vuelto loco por el cadáver de una desconocida a la que había salvado de un naufragio solo para encontrarla muerta en sus brazos.

Lo primero que hice fue averiguar el nombre del caballero que ocupaba la casa que he mencionado. Era el de uno de nuestros banqueros más ricos y respetables, un nombre tan conocido en la ciudad como el suyo propio, por ejemplo. Esto resultó algo desconcertante, pero con una resolución terca, un tanto impropia de mi carácter natural, perseveré en mis investigaciones y, al enterarme acto seguido de que el caballero aludido era viudo y tenía una única hija, una joven de unos dieciséis años más o menos, recuperé la seguridad, aunque no la ecuanimidad. Busqué a mi amigo Farrar, quien, como usted sabe, es una gaceta andante de la alta sociedad neoyorquina, le saqué el tema de la vida doméstica del señor —discúlpeme si no menciono su nombre; permítame llamarlo Preston— y me enteré de que la señorita Preston —«Una niñita ingenua para ser una heredera tan acaudalada», recuerdo que la llamó Farrar— se había marchado de la ciudad un par de días antes para visitar a unos amigos en Baltimore. «Casualmente lo sé —dijo con ese ademán despreocupado de la mano del que usted se ha reído tantas veces— porque mi amiga la señorita Forsyth se la encontró en la estación. Tenía la intención de ausentarse… dos semanas, creo que dijo. ¿La conoce?».

Esa última pregunta me pilló por sorpresa, y me temo que me sonrojé.

—No —repliqué—, no tengo ese honor, pero un conocido mío la ha... bueno... la ha conocido y...

—Ya veo, ya veo —interrumpió Farrar con su sonrisa más desagradable. Luego, con una breve risita destinada a servir de advertencia, supongo, añadió mientras se alejaba—: Espero que su amigo se encuentre en buena situación y no tenga relación con las bellas artes. La música es la bestia negra del señor Preston, mientras que la señorita Preston, aunque aún demasiado joven para ser muy cortejada, dentro de dos años podrá elegir a quien quiera de toda la ciudad.

«¡Vaya!», pensé para mí; «mi pequeña y inocente encantadora es una aristócrata en embriones, ¿eh? Pues bien, era más tonto de lo que imaginaba». Y salí del hotel donde había conocido a Farrar, con la muy sensata conclusión de abandonar un asunto que no prometía más que desengaños.

Pero los hados estaban en mi contra, o tal vez los buenos ángeles, y en la siguiente esquina me encontré con un viejo conocido, exactamente lo opuesto a Farrar en carácter, quien con una larga historia de amor propia encendió mi imaginación hasta tal punto que, a pesar de mí mismo, doblé por la calle ⸻, y me disponía a pasar frente a su casa, cuando de repente me vino a la cabeza el pensamiento: «¿Cómo sé que esta inalcanzable hija de uno de nuestros ciudadanos más prominentes es la misma persona que mi delicada y pequeña encanto? Los viudos con hijas jóvenes no son tan raros en esta gran ciudad como para que deba considerar la cuestión como resuelta, solo porque por un capricho medio supersticioso mío he decidido que esta es la casa en la que estuve la otra noche. Mi enamorada bien podría ser la descendiente de un músico por lo que sé».

Y, enardecido ante la idea de tal posibilidad —recordé el piano, ya veis—, eché al viento mis hermosos propósitos y solo me pregunté cómo podría averiguar, de una vez por todas, si alguna vez había cruzado antes el umbral de la casa que tenía ante mí.

Algunos hombres habrían subido la escalinata, tocado el timbre y pedido ver al señor Preston con algún pretexto inventado que fácilmente habría podido idear para la ocasión, pero mi rostro es demasiado conocido como para arriesgarme a semejante intento; además, estaba demasiado ansioso por ganar la confianza de la joven como para escandalizar su recién despertado sentido del decoro pareciendo buscarla donde ella no deseaba ser encontrada. Y sin embargo, tenía que entrar en esa casa y comprobar por mí mismo si era la que la había retenido en aquella memorable noche.

Reflexionando sobre la pregunta, volví la mirada hacia la puerta tan obstinadamente cerrada a mi curiosidad, cuando para mi satisfacción y deleite se abrió de repente y salió un hombre, a quien reconocí al instante como agente comercial de una de las mayores fábricas de pianos de la ciudad.

«Los cielos me sonríen en esta empresa», pensé, y esperé a que el hombre me alcanzara. No solo era un amigo mío, sino que además me debía mucho en varios sentidos, de modo que sabía que solo tenía que apremiarle con una petición para que esta me fuera concedida de inmediato y, por si fuera poco, sin preguntas ni habladurías.

No os interesará otra cosa que el resultado, que se salió algo de lo ordinario y puede, por lo tanto, escandalizaros. Pero debéis recordar que os hablo de asuntos que los jóvenes suelen guardarse para sí, y que cualquier cosa que hice, la llevé a cabo con un espíritu de respeto apenas un matiz menos coercitivo en su poder que el amor que era a la vez mi fuerza impulsora y mi constante desconcierto.

Para ir, pues, al grano, aquel mismo día iba a instalarse un piano en aquella casa, ya que el señor Preston había cediendo a las súplicas de su hija de tener un instrumento nuevo. Mi amigo iba a encargarse del traslado y, ante mi solicitud de permiso para ayudar en la operación, dio su consentimiento con absoluta confianza en que yo tenía razones buenas y suficientes para tan extraña petición, y fijó la hora en que debía reunirme con él en los almacenes.

Hel aquí, pues, a las dos y media de esa tarde, colaborando con mis propias manos en subir un piano por la escalinata de aquella casa que, cuatro horas antes, yo había considerado inalcanzable.

Ataviado con una blusa de obrero y con el pelo bien revuelto bajo una gorra burda que me disimulaba eficazmente, avancé con muy poco temor a ser descubierto. Y, sin embargo, apenas hube entrado en la casa y comprobado de un vistazo que el aspecto del vestíbulo coincidía con mi recuerdo, más bien vago, de aquel por el que me habían hecho pasar una semana antes, cuando me sobrecogió una repentina sensación de mi situación y, experimentando esa incómoda conciencia de auto delación que un rubor siempre le produce a un hombre, avancé tropezando bajo mi pesada carga, sintiendo como si mil ojos estuvieran fijos en mí y en mi querido secreto, en vez de los dos orbes perspicaces pero totalmente desprevenidos de la anciana matrona que nos examinaba desde lo alto de la barandilla.

“¡Ten cuidado ahí, vas a romper ese vidrio de un golpe!”

aunque era un grito natural dadas las circunstancias, resonó en mis oídos con la fuerza y el poder misterioso de una advertencia secreta, y cuando tras un momento de avance a ciegas alcé repentinamente los ojos y me hallé en la pequeña habitación, la cual, como una silueta sobre un fondo blanco, destacaba en mi memoria con nítido detalle como el lugar donde por primera vez había oído latir mi propio corazón, confieso que sentí que mis manos se deslizaban de mi carga, y en otro momento habría mancillado mi reputación de obrero de no haber captado el repentino eco de una voz conocida en el vestíbulo, mientras la niñera respondía desde arriba a alguna pregunta planteada por la anciana de los ojos penetrantes.

Tal como fue, me recuperé y cumplí con mis deberes con tanta rapidez y destreza como si mi corazón no latiera con recuerdos que cada hora y acontecimiento pasados solo servían para consagrar en mi imaginación.

Al fin el piano quedó debidamente instalado y nos disponíamos a marchar.

¿Creerás que soy demasiado trivial en mis detalles si te digo que me quedé atrás del resto y por un instante dejé que mi mano, con todas sus posibilidades de convocar un alma de aquel instrumento muerto, reposara un momento sobre las teclas que sus delicados dedos no tardarían en recorrer?

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