En las vigilias nocturnas
«¿Acaso no he de tomar mi descanso en mi posada?»
“¿Qué hace la gravedad fuera de su cama a medianoche?”
—Ha sido la velada más encantadora que he pasado en mi vida —dijo la señora Sylvester, mientras se quitaba el rico mantón blanco en su amplio tocador.
—Sarah, dos presillas más en ese dolmán mañana; ¿oyes? Pensé que se me iban a congelar los brazos. ¡Qué caballero tan elegante es el conde de Frassac! Se volvió absolutamente loco por ti, Paula, pero como no entiende ni una palabra de inglés... ¡Ah, caramba, que al final ese horrible mocoso no ha tirado la cucharita en mi vestido! Juró que ni le había rozado un pelo, pero mira nada más qué mancha, justo en medio de un pliegue además.
Paula, tu opinión respecto a la lavanda era correcta. Oí a la señora Forsyth Jones susurrar a mis espaldas que la lavanda siempre hacía que las rubias parecieran deslucidas. Por supuesto, no necesité más pruebas para convencerme de que había logrado por completo eclipsar a su pálida hija. ¡Su hija!”, y el risueño gorgoreo resonó suavemente en la habitación, “¡Como si todas las chicas de cabello blanco de la ciudad se consideraran con derecho a ser llamadas rubias!”.
Se detuvo a escuchar, examinándose en el espejo cercano. —Creí haber oído a Edward. Fue muy irritante por su parte dejarnos de la manera tan despectiva en que lo hizo. Iba precisamente a presentárselo al conde, no es que él lo hubiera considerado un gran honor, me refiero a Edward, pero cuando una tiene un marido bien parecido... Sarah, esa cortina de ahí está torcida, enderézala ahora mismo. ¿Probaste las ostras, Paula? Estaban a la perfección, tendré que despedir a Lorenzo sin ceremonias y conseguirme un cocinero que sepa hacer un fricasé de ostras. A propósito, ¿te fijaste en...— y así durante cinco minutos más.
De pronto exclamó: —¡Creo de veras que por fin sé lo que es estar plenamente satisfecha! La consideración que una recibe como esposa del presidente del banco de Madison es sin duda muy gratificante. Si hubiera sabido que sentiría semejante cambio en la atmósfera social, habría abogado por que Edward dejara la especulación hace mucho tiempo. La belleza y la riqueza pueden ayudar a subir la escala social, pero solo una posición consolidada como la que él ha obtenido ahora puede llevarla a una a cruzar la cima con seguridad. Siento por fin como si hubiéramos alcanzado el pináculo de mi ambición y hubiéramos visto la escalera por la que ascendimos tirada y destruida tras nosotros. Si recibo mi traje de Worth a tiempo, daré un baile alemán el mes que viene.
Paula, desde su puesto en la puerta —pues desde hacía unos minutos intentaba escaparse a su habitación—, observó a su prima con asombro. Nunca la había visto como lucía en ese momento.
Cualquiera que hable desde el corazón adquiere cierta elocuencia, y Ona por una vez estaba hablando desde el corazón. La inusitada emoción hizo que le ardieran las mejillas, y hasta sus diamantes, valorados en diez mil dólares según hemos oído declarar, eran menos brillantes que sus ojos.
Paula dejó su puesto en el umbral y se deslizó rápidamente hacia su lado. —Oh, Ona —dijo—, si tan solo lucieras así cuando...— se detuvo, ¿qué derecho tenía ella a aventurarse a darle lecciones a su bienhechora?
—¿Cuándo qué? —inquirió la otra, volviendo de golpe a sus maneras naturalmente lánguidas. Luego, con un olvido total de la momentánea curiosidad que había provocado la pregunta, tendió la cabeza hacia la asistente Sarah, con la orden de que la despojara de sus joyas.
Paula suspiró y se apresuró a ir a su habitación. No se atrevía a mencionar su ansiedad respecto al amo de la casa, que aún seguía ausente, a esta mujer de sonrisa indolente y plenamente satisfecha.
Pero, sin embargo, ella misma se incorporó a la luz de la luna, escuchando con la cabeza inclinada en busca del sonido de sus pasos en el sendero de abajo. No podía dormir mientras él estuviera ausente; y, sin embargo, los pensamientos que la turbaban y la apartaban de su lecho virginal no debían de ser enteramente por él, pues de otro modo, ¿a qué se debían esas sonrisas errantes que de vez en cuando cruzaban fugaces por su mejilla, despertando los hoyuelos que allí dormían, hasta hacerla parecer más un cuadro soñador de delicia que una visión despierta de aprensión? No enteramente por él; y, sin embargo, cuando hacia eso de las tres en punto oyó el demorado paso en el porche, se incorporó con ojos ávidos y un gesto nervioso que delataba suficientemente cuán intenso era su interés por el bienestar y la felicidad de su benefactor. «Si va a la habitación de Ona, todo va bien —pensó—; pero si sigue escaleras arriba, sabré que algo va mal y que necesita consuelo».
No se detuvo en la habitación de Ona; y, asaltada por el pánico, Paula abrió de par en par su puerta y estuvo a punto de salir a su encuentro, cuando alcanzó a ver su rostro y retrocedió de golpe. ¡Aquello no era una angustia que ella pudiera paliar! El hecho mismo de que no advirtiera su esbelta figura de pie ante él bajo la brillante luz de la luna probaba que la mirada o la caricia de una mujer no era lo que andaba buscando; y, encogiéndose con sensibilidad a un lado, se sentó en el borde de su delicada cama, apoyando la mejilla en la mano con un gesto cansado y turbado del que había huido toda la alegría y solo quedaba la aprehensión.
De pronto se incorporó con viveza; él volvía a bajar, esta vez con un paso deslizante y amortiguado. Pasando de largo junto a su puerta, descendió al piso inferior. Pudo oír cómo crujía el único escalón flojo de la pesada escalera, y —¡Cómo! había pasado la habitación de Ona, pasado la figura de bronce de la Lujuria en el descansillo de abajo, iba camino de la puerta principal, la había abierto, la había cerrado suavemente tras de sí y había salido de nuevo a las vacías calles de medianoche. ¿Qué significaba aquello?
Por un momento pensó en bajar corriendo y despertar a Ona, pero el recuerdo involuntario de cómo se abrirían aquellos ojos perezosos, mirarían con fastidio y volverían a cerrarse, la detuvo en el umbral de su puerta; y sentándose de nuevo al borde de la cama, esperó, esta vez con los ojos abiertos mirando ávidamente al frente, y con el cuerpo tembloroso que sobresaltaba ante cada uno de los sonidos que rompían el silencio de la gran casa resonante.
A las seis volvió a levantarse; él acababa de entrar de nuevo y esta vez se detuvo en la habitación de Ona.