decirlo, había comenzado. El hecho que convenía tener presente era, por tanto, que su vieja amiga, la menor de varias hijas de un pobre pastor rural, había llegado a Londres a la edad de veinte años, al aceptar por primera vez un empleo como institutriz, y llena de temor, para responder en persona a un anuncio que ya la había puesto en breve correspondencia con el anunciante.
Esta persona demostró, al presentarse a juicio en una casa de Harley Street que a ella le pareció vasta e imponente, que este futuro mecenas era un caballero, un soltero en la flor de la vida, una figura como jamás había surgido, salvo en un sueño o en una vieja novela, ante una turbada y angustiada muchacha salida de una vicaría de Hampshire. Era fácil catalogar su tipo; por fortuna, nunca se extingue. Era apuesto, audaz y agradable, desenvuelto, alegre y bondadoso. A ella le pareció, inevitablemente, galante y espléndido, pero lo que más la cautivó y le dio el valor que demostró después fue que le planteó todo el asunto como una especie de favor, una obligación que él contraería con gratitud.
Ella lo concebía como un hombre rico, pero terriblemente derrochador; se lo imaginaba envuelto en un halo de alta costura, buen parecer, hábitos costosos y un trato encantador con las mujeres. Poseía para su residencia en la ciudad una gran casa repleta de los despojos de sus viajes y los trofeos de sus cacerías; pero era a su hogar campestre, una antigua propiedad familiar en Essex, adonde ella deseaba que se encaminara de inmediato.
Se había quedado, a causa de la muerte de sus padres en la India, como tutor de un pequeño sobrino y una pequeña sobrina, hijos de un hermano menor y militar, a quien había perdido dos años antes. Estos niños pesaban enormemente sobre él, por la más extraña de las circunstancias para un hombre en su posición —un hombre solitario y