abrió la ajada cubierta roja de un álbum delgado y anticuado con los cantos dorados. Todo aquello llevó en verdad más de una noche, pero en la primera ocasión la misma señora hizo otra pregunta. > «¿Cuál es su
—No tengo ninguno.
—¡Oh, sí que lo tengo! —dije. Pero Douglas, sin hacerme caso, había comenzado a leer con una fina claridad que equivalía a trasladar al oído la belleza de la caligrafía de su autor.