Pero era un consuelo que no pudiera haber inquietud alguna en una conexión con algo tan beatífico como la imagen radiante de mi pequeña, cuya visión de angélica belleza había tenido probablemente más que ver que cualquier otra cosa con la agitación que, antes del alba, me hizo levantarme varias veces y deambular por mi habitación para abarcar todo el panorama y las perspectivas; para contemplar, desde mi ventana abierta, el tenue amanece estival, para mirar aquellas partes del resto de la casa que alcanzaba a divisar, y para escuchar, mientras en la penumbra que se desvanecía los primeros pájaros empezaban a piar, la posible repetición de uno u otro sonido, menos natural y no procedente de fuera, sino de dentro, que me había parecido oír.
Había habido un momento en que creí reconocer, débil y lejano, el llanto de un niño; había habido otro en el que me sorprendí sobresaltándome apenas conscientemente como ante el paso, frente a mi puerta, de un pie ligero. Pero estas fantasías no fueron lo suficientemente marcadas como para no sacudírselas de encima, y solo a la luz, o a la penumbra, debería decir más bien, de otros asuntos posteriores es como ahora vuelven a mí.
Vigilar, enseñar, «formar» a la pequeña Flora sería con demasiada evidencia la garantía de una vida feliz y útil.
Se había acordado entre nosotras abajo que, tras esta primera ocasión, la tendría a mi cargo por las noches como algo natural, pues su pequeña cama blanca ya estaba dispuesta, con ese fin, en mi habitación.
Lo que yo había asumido era su cuidado total, y ella se había quedado, solo por esta última vez, con la señora Grose únicamente como un efecto de nuestra consideración hacia mi inevitable extrañeza y su timidez natural.
A pesar de esta timidez —sobre la cual la propia niña, de la manera más extraña del mundo, había sido perfectamente franca y valiente,