Sabía que los telegramas solo venían de su padre, y que este tenía que ser la respuesta a una carta de su madre, y a las cartas de John, Susan, Titty y el suyo propio, todos pidiendo lo mismo, pero pidiéndolo de maneras diferentes. Su propia carta había sido muy corta. > «Por favor, papá, ¿puedo yo también? Con amor. Roger». La de Titty había sido mucho más larga, más larga incluso que la de John. Susan, aunque era mayor que Titty, no había escrito una carta propia. Había puesto su nombre junto al de John al final de la de este, de modo que esos dos habían enviado una sola carta entre ambos. La carta de mamá había sido la más larga de todas, pero Roger no sabía qué había puesto en ella. Todas las cartas habían ido juntas, muy lejos, hasta su padre, cuyo barco estaba en Malta pero con órdenes de partir hacia Hong-Kong. Y allí, en la mano de su madre, estaba el sobre rojo que había traído la respuesta. Por un momento Roger quiso correr directamente hacia ella. Pero lo importante era la vela, no el vapor, así que viró en zigzag, ceñindo, tal vez, un poco más el viento. Por fin proó directo al viento, aminoró cada vez más la marcha, se detuvo junto a su madre, empezó a retroceder y al poco rato se detuvo con una pequeña sacudida, fondeado y en
—¿Es la respuesta? —preguntó jadeando, sin aliento después de tanto batallar contra el viento—. ¿Dice que sí?
Mamá sonrió y leyó el telegrama en voz alta:
Más vale ahogados que ineptos, si no son ineptos no se ahogan.
—¿Eso significa que sí? —preguntó Roger.