Cómo Candiodo encontró de nuevo a Cunegunda y a la vieja
Mientras Candido, el barón, Pangloss, Martín y Cacambo relataban sus respectivas aventuras, razonaban sobre los acontecimientos contingentes o no contingentes del universo, discutían sobre los efectos y las causas, sobre el mal moral y el físico, sobre la libertad y la necesidad, y sobre los consuelos que un esclavo puede sentir incluso en una galera turca, llegaron a la casa del príncipe de Transilvania, a orillas de la Propóntide.
Los primeros objetos que vieron fueron a Cunegunda y a la vieja tendiendo toallas para que se secaran.
El barón enpalideció ante esta vista. El tierno y amoroso Cándido, al ver a su bella Cunegunda atezada, con los ojos legañosos, el cuello ajado, las mejillas arrugadas y los brazos rojos y ásperos, retrocedió tres pasos, preso del horror, y luego se adelantó por buena educación. Ella abrazó a Cándido y a su hermano; abrazaron a la vieja, y Cándido los rescató a ambos.
Había una pequeña granja en el vecindario que la vieja le propuso a Cándido que apuraran hasta que la compañía pudiera ser atendida de una mejor manera.
Cunegunda no sabía que se había vuelto fea, pues nadie se lo había dicho; y le recordó a Cándido su promesa en un tono tan imperativo que el buen hombre no se atrevió a negarse. Por lo tanto, le dio a entender al barón que tenía la intención de casarse con su hermana.
—No toleraré —dijo el barón— semejante bajeza por su parte, ni semejante insolencia por la vuestra; jamás se me reprochará esta acción escandalosa; los hijos de mi hermana jamás podrían entrar en la iglesia en Alemania. No; mi hermana solo se casará con un barón del imperio.
Cunegunda se arrojó a sus pies y los bañó con sus lágrimas; él seguía siendo inflexible.
—Necio de ti —dijo Cándido—; te he sacado de galeras, he pagado tu rescate y el de tu hermana; era fregona y es muy fea, y sin embargo tengo la condescendencia de casarme con ella, ¿y pretenden oponeros al matrimonio? Te mataría de nuevo si solo hiciera caso de mi cólera.
—Puedes matarme de nuevo —dijo el barón—, pero no te casaras con mi hermana, al menos mientras yo viva.