Cuando así volvemos de la escolástica de nuestros manuales y examinamos la vida humana en su conjunto, pronto descubrimos que, si bien deben mantenerse todos los beneficios de una división temporal del trabajo, ya es hora de reivindicar los de la integración del trabajo.
La economía política ha insistido hasta ahora principalmente en la división. Nosotros proclamamos la integración; y sostenemos que el ideal de sociedad —es decir, el estado hacia el cual la sociedad ya está marchando— es una sociedad de trabajo integrado y combinado.
Una sociedad en la que cada individuo sea productor de trabajo tanto manual como intelectual; en la que cada ser humano apto sea un trabajador, y en la que cada trabajador trabaje tanto en el campo como en el taller industrial; en la que cada agrupamiento de individuos, lo suficientemente grande como para disponer de una cierta variedad de recursos naturales —ya sea una nación, o más bien una región— produzca y consuma por sí mismo la mayor parte de su propia producción agrícola y manufacturera.
Por supuesto, mientras la sociedad siga organizada de manera que permita a los propietarios de la tierra y del capital apropiarse, bajo la protección del Estado y de los derechos históricos, del excedente anual de la producción humana, ningún cambio de este tipo podrá llevarse a cabo por completo. Pero el actual sistema industrial, basado en una especialización permanente de funciones, ya lleva en su propio seno los gérmenes de su ruina. * Las crisis industriales, que se vuelven más agudas y prolongadas, y son agravadas aún más por los armamentos y las guerras que