Las dos artes hermanas de la agricultura y la industria no siempre han estado tan distanciadas la una de la otra como lo están ahora.
Hubo un tiempo, y ese tiempo no queda tan lejos, en que ambas se hallaban plenamente combinadas; los pueblos eran entonces las sedes de una gran variedad de industrias, y los artesanos de las ciudades no abandonaban la agricultura; muchas ciudades no eran otra cosa que pueblos industriales.
Si la ciudad medieval fue la cuna de aquellas industrias que rozaban el arte y estaban destinadas a satisfacer las necesidades de las clases más acomodadas, aun así fue la manufactura rural la que abasteció las necesidades del millón, tal como lo hace hasta el día de hoy en Rusia, y en grandísima medida en Alemania y en Francia.
Pero entonces vinieron los motores de agua, el vapor, el desarrollo de la maquinaria, y rompieron el vínculo que antiguamente unía la granja con el taller.
Las fábricas surgieron y abandonaron los campos. Se congregaron donde la venta de sus productos era más fácil, o las materias primas y el combustible podían obtenerse con la mayor ventaja.
Nuevas ciudades se levantaron, y las antiguas se ampliaron rápidamente; los campos fueron abandonados. Millones de trabajadores, expulsados por la pura fuerza de la tierra, se congregaron en las ciudades en busca de trabajo, y pronto olvidaron los lazos que antiguamente los unían al suelo.
Y nosotros, en nuestra admiración por los prodigios logrados bajo el nuevo sistema fabril, pasamos por alto las ventajas del antiguo sistema en el cual el labrador era al mismo tiempo un trabajador industrial. Condenamos a la desaparición a todas aquellas ramas de la industria que antiguamente solían prosperar en las aldeas; condenamos en la industria todo lo que no fuera una gran fábrica.
Es verdad que los resultados fueron grandiosos en lo que respecta al aumento de las fuerzas productivas del hombre. Pero resultaron terribles en cuanto a los millones de seres humanos que se vieron sumidos en la miseria y tuvieron que depender de medios de vida precarios en nuestras ciudades.
Además, el sistema, en su conjunto, provocó esas condiciones anormales que me he esforzado en delinear en los dos primeros capítulos. Nos vimos así arrinconados; y mientras un cambio radical en las actuales relaciones entre el trabajo y el capital se está convirtiendo en una necesidad imperiosa, una remodelación profunda de toda nuestra organización industrial también se ha vuelto inevitable.
Las naciones industriales están obligadas a volver a la agricultura, se ven impelidas a encontrar los mejores medios para combinarla con la industria, y deben hacerlo sin perder un instante.
Examinar la cuestión especial sobre la posibilidad de dicha combinación es el propósito de las páginas siguientes.
¿Es posible desde un punto de vista técnico? ¿Es deseable? ¿Existen, en nuestra vida industrial actual, características tales que puedan llevarnos a presumir que un cambio en la dirección anterior hallaría los elementos necesarios para su realización?
Tales son las cuestiones que se presentan ante la mente. Y para responderlas, no hay, supongo, mejor medio que estudiar esa inmensa pero desatendida y subestimada rama de las industrias que se describen bajo los nombres de industrias rurales, oficios domésticos y pequeños oficios: estudiarlas, no en las obras de los economistas, demasiado proclives a considerarlas como tipos obsoletos de industria, sino en su propia vida, en sus luchas, sus fracasos y sus logros.
La variedad de formas de organización que se encuentra en las pequeñas industrias difícilmente es sospechada por quienes no han hecho de ellas un objeto de estudio especial. Existen, en primer lugar, dos grandes categorías:
- aquellas industrias que se llevan a cabo en los pueblos, en relación con la agricultura; y
- aquellas que se llevan a cabo en ciudades o en pueblos, sin conexión con la tierra, dependiendo los trabajadores para sus ingresos exclusivamente de su trabajo industrial.
En Rusia, en Francia, en Alemania, en Austria, y así sucesivamente, millones y millones de trabajadores se encuentran en el primer caso. Son propietarios u ocupantes de la tierra, mantienen una o dos vacas, muy a menudo caballos, y cultivan sus campos, o sus huertos, o jardines, considerando el trabajo industrial como una ocupación secundaria.
En esas regiones especialmente, donde el invierno es largo y no es posible realizar ningún trabajo en la tierra durante varios meses al año, esta forma de pequeñas industrias está muy extendida.
En este país, por el contrario, encontramos el extremo opuesto. Pocas pequeñas industrias han sobrevivido en Inglaterra en relación con el cultivo de la tierra; pero se encuentran cientos de pequeños oficios en los suburbios y los barrios bajos de las grandes ciudades, y grandes sectores de la población de varias ciudades, como Sheffield y Birmingham, se ganan la vida en una variedad de pequeños oficios.
Entre estos dos extremos hay evidentemente una masa de formas intermedias, según los vínculos más o menos estrechos que sigan existiendo con la tierra. Grandes pueblos, e incluso ciudades, están poblados así de trabajadores que se dedican a pequeños oficios, pero la mayoría de los cuales tienen un pequeño huerto, o un vergel, o un campo, o conservan tan solo algunos derechos de pastoreo en las tierras comunales, mientras que una parte de ellos vive exclusivamente de sus ingresos industriales.
Con respecto a la venta de los productos, las pequeñas industrias ofrecen la misma variedad de organización. Aquí también hay dos grandes ramas.
En una de ellas, el trabajador vende su producto directamente al mayorista; los ebanistas, los tejedores y los trabajadores de la industria juguetera se encuentran en este caso.
En la otra gran división, el trabajador labora para un «maestro» que vende el producto a un mayorista o que actúa simplemente como intermediario que recibe a su vez sus encargos de alguna gran empresa. Este es el «sistema de explotación» (sweating system), propiamente dicho, bajo el cual encontramos una masa de pequeños oficios.
Parte de la industria juguetera, los sastres que trabajan para grandes establecimientos de confección —muy a menudo para los del Estado—, las mujeres que cosen y bordan los «cortes» para las fábricas de calzado, y que tratan tan a menudo con la fábrica como con un «explotador» intermediario, y así sucesivamente, se encuentran en este caso.
Todas las gradaciones posibles de feudalización y subfeudalización del trabajo se encuentran evidentemente en dicha organización de la venta del producto.
Nuevamente, cuando se consideran los aspectos industriales, o más bien técnicos, de las pequeñas industrias, pronto se descubre la misma variedad de tipos.
Aquí también hay dos grandes ramas:
- aquellos oficios, por un lado, que son puramente domésticos —es decir, aquellos que se llevan a cabo en la casa del trabajador, con la ayuda de su familia o de un par de asalariados—;
- y aquellos que se realizan en talleres separados
—encontrándose en ambas ramas todas las variedades recién mencionadas, en lo que respecta a la conexión con la tierra y los diversos modos de comercializar el producto.
Todos los oficios posibles —tejedores, trabajadores de la madera, de los metales, del hueso, del caucho, etcétera— pueden encontrarse bajo la categoría de oficios puramente domésticos, con todas las gradaciones posibles entre la forma de producción puramente doméstica y el taller y la fábrica.
Así, al lado de los oficios que se ejercen enteramente en el hogar por uno o más miembros de la familia, están aquellos en los que el maestro mantiene un pequeño taller anexo a su casa y trabaja en él con su familia, o con unos pocos «ayudantes», es decir, trabajadores asalariados.
O bien el artesano tiene un taller independiente, provisto de fuerza motriz hidráulica o mecánica, como ocurre con los cuchilleros de Sheffield.
O varios trabajadores se reúnen en una pequeña fábrica que ellos mismos mantienen, o alquilan en asociación, o donde se les permite trabajar por un cierto alquiler semanal.
Y en cada uno de estos casos trabajan directamente para el comerciante, para un maestro pequeño o para un intermediario.
Un desarrollo posterior de este sistema es la gran fábrica, especialmente de ropa confeccionada, en la que cientos de mujeres pagan tanto por la máquina de coser, el gas, las planchas calentadas a gas, etcétera, y a su vez se les paga una cantidad determinada por cada pieza de la ropa confeccionada que cosen, o por cada parte de ella.
Inmensas fábricas de este tipo existen en Inglaterra, y del testimonio rendido ante el «Comité de Explotación» (Sweating Committee) se desprende que las mujeres son horriblemente «explotadas» en tales talleres: el precio total de cada prenda ligeramente dañada se deduce de sus bajísimos salarios a destajo.
Y, finalmente, está el pequeño taller (a menudo con fuerza motriz alquilada) en el que un maestro emplea de tres a diez trabajadores, a quienes se les paga un salario, y vende sus productos a un empleador mayor o comerciante —existiendo todas las gradaciones posibles entre dicho taller y la pequeña fábrica en la que unos cuantos trabajadores a jornal (cinco, diez o veinte) son empleados por un productor independiente.
En los gremios textiles, el tejido se realiza a menudo ya sea por la familia o por un maestro que emplea a un solo muchacho, o a varios tejedores, y tras haber recibido el hilo de un gran empleador, paga a un obrero cualificado para que coloque el hilo en el telar, inventa lo necesario para tejer un patrón determinado, a veces muy complicado, y tras haber tejido la tela o las cintas en su propio telar o en un telar que él mismo alquila, se le paga por la pieza de tela según una escala salarial muy compleja acordada entre maestros y trabajadores.
Esta última forma, como veremos enseguida, está muy extendida hasta el día de hoy, especialmente en los oficios de la lana y la seda; sigue existiendo junto a las grandes fábricas en las que 50, 100 o 5000 trabajadores asalariados, según sea el caso, trabajan con la maquinaria de los empleadores y cobran por jornal un salario estipulado por día o por semana.
Las pequeñas industrias forman así todo un mundo129 que, por extraño que parezca, sigue existiendo incluso en los países más industrializados, codo a codo con las grandes fábricas.
En este mundo debemos penetrar ahora para echarle un vistazo: un vistazo únicamente, porque se necesitarían volúmenes enteros para describir su infinita variedad de ocupaciones y organizaciones, y su conexión indefinidamente variada tanto con la agricultura como con las demás industrias.
La mayor parte de los pequeños oficios, salvo algunos de los relacionados con la agricultura, se encuentran, debemos admitirlo, en una posición muy precaria. Sus ganancias son muy bajas y el empleo a menudo es incierto. La jornada laboral es dos, tres o cuatro horas más larga que en las fábricas bien organizadas y, en ciertas estaciones, alcanza una duración casi increíble. Las crisis son frecuentes y se prolongan durante años.
En conjunto, el trabajador está mucho más a merced del intermediario o del empleador, y el empleador a merced del mayorista. Ambos son propensos a quedar esclavizados por este último, contrayendo deudas con él. En algunos de los pequeños oficios, especialmente en la fabricación de textiles sencillos, los trabajadores viven en una miseria terrible.
Pero quienes pretenden que tal miseria es la norma están totalmente equivocados. Cualquiera que haya vivido entre, digamos, los relojeros de Suiza y conozca su vida familiar íntima, reconocerá que la condición de estos trabajadores era, en todo aspecto —material y moral—, incomparablemente superior a la de millones de obreros fabriles. Incluso durante una crisis en la industria relojera como la vivida entre 1876 y 1880, su situación era preferible a la de los obreros fabriles durante una crisis en la industria lanera o algodonera; y los propios trabajadores lo saben perfectamente.
Cada vez que estalla una crisis en alguna rama del pequeño comercio, no faltan escritores que predigan que ese oficio va a desaparecer.
Durante la crisis de la que fui testigo en 1877, viviendo entre los relojeros suizos, la imposibilidad de una recuperación del oficio frente a la competencia de los relojes hechos a máquina era un tema recurrente en la prensa. Lo mismo se dijo en 1882 con respecto a la industria de la seda en Lyon y, de hecho, siempre que ha estallado una crisis en los pequeños oficios.
Y sin embargo, a pesar de las sombrías predicciones y de las perspectivas aún más sombrías de los trabajadores, esa forma de industria no desaparece. Incluso cuando alguna rama de la misma desaparece, siempre queda algo de ella; algunas partes de ella continúan existiendo como pequeñas industrias (la relojería de alta calidad, las mejores clases de sedas, terciopelos de alta calidad, etc.), o nuevas ramas conexas surgen en lugar de las antiguas, o la pequeña industria, aprovechando un motor mecánico, adopta una nueva forma.
La encontramos así dotada de una vitalidad asombrosa. Sufre diversas modificaciones, se adapta a las nuevas condiciones, lucha sin perder la esperanza de tiempos mejores por venir. De cualquier modo, no tiene las características de una institución en decadencia.
En algunas industrias la fábrica es indudablemente victoriosa; pero hay otras ramas en las que los pequeños oficios mantienen su propia posición. Incluso en las industrias textiles —especialmente como consecuencia del amplio uso del trabajo de niños y mujeres—, que ofrecen tantas ventajas para el sistema fabril, el telar de mano todavía compite con el telar mecánico.
En su conjunto, la transformación de los pequeños oficios en grandes industrias avanza con una lentitud que no puede dejar de asombrar incluso a quienes están convencidos de su necesidad.
A decir verdad, a veces podemos presenciar incluso el movimiento inverso: ocasionalmente, por supuesto, y solo de forma temporal. No puedo olvidar mi asombro cuando vi en Verviers, hace unos treinta años, que la mayoría de las fábricas de paños de lana —inmensos caserones que daban a la calle con más de un centenar de ventanas cada uno— estaban en silencio y su costosa maquinaria se oxidaba, mientras el paño se tejía en telares manuales en las casas de los tejedores para los dueños de esas mismas fábricas.
Aquí tenemos, por supuesto, tan solo un hecho temporal, explicado plenamente por el carácter espasmódico del comercio y las fuertes pérdidas que sufren los dueños de las fábricas cuando no pueden mantener sus molinos en funcionamiento durante todo el año. Pero ilustra los obstáculos con los que tropieza la transformación.
En cuanto a la industria de la seda, continúa extendiéndose por Europa en su estado de industria rural; mientras que cada año surgen cientos de nuevos pequeños oficios y, cuando no encuentran a nadie que los ejerza en las aldeas —como ocurre en este país—, se refugian en los suburbios de las grandes ciudades, tal como hemos sabido recientemente a través de la investigación sobre el «sistema de explotación laboral» (sweating system).
Ahora bien, las ventajas que ofrece una gran fábrica en comparación con el trabajo manual son evidentes en lo que respecta a la economía de mano de obra y, especialmente —este es el punto principal—, a las facilidades tanto para la venta como para conseguir la materia prima a un precio menor.
¿Cómo podemos explicar entonces la persistencia de los pequeños oficios? Muchas causas, sin embargo, la mayoría de las cuales no pueden valorarse en chelines y peniques, actúan a favor de los pequeños oficios, y estas causas se verán mejor en los siguientes ejemplos.
Debo decir, sin embargo, que incluso un breve esbozo de las innumerables industrias que se llevan a cabo a pequeña escala en este país y en el continente iría mucho más allá del propósito de este capítulo. Cuando comencé a estudiar el tema hace unos treinta años, nunca imaginé, por la poca atención que le prestaban los economistas ortodoxos, qué organización tan amplia, compleja, importante e interesante aparecería al final de una investigación minuciosa. Así que me veo obligado a ofrecer aquí solo unos pocos ejemplos típicos y a señalar únicamente las líneas principales del tema.
# Las Pequeñas Industrias en el Reino Unido
No tenemos para el Reino Unido datos estadísticos como los que se obtienen en Francia y Alemania mediante censos periódicos de todas las fábricas y talleres, y del número de obreros, capataces y oficinistas empleados en un día determinado en cada establecimiento industrial y comercial.
En consecuencia, hasta el presente todas las afirmaciones hechas por los economistas sobre la llamada «concentración» de la industria en este país, y la subsiguiente desaparición «inevitable» de las pequeñas industrias, se han basando en meras impresiones de los escritores, y no en datos estadísticos.
Hasta ahora no podemos dar, como se hace más adelante en estas páginas para Francia y Alemania, el número exacto de fábricas y talleres que emplean, digamos, de 1.000 a 2.000 personas, de 500 a 1.000, de 50 a 500, menos de 50, y así sucesivamente.
No es sino hasta que la inspección de fábricas fue introducida por la Ley de Fábricas (Factory Act) de 1895 que empezamos a encontrar, en los informes publicados desde 1900 por los inspectores de fábricas (Annual Report of the Chief Inspector of Factories and Workshops for the year 1898: Londres, 1900), información que nos permite hacernos una idea general sobre la distribución de los obreros en fábricas de diferentes tamaños y la extensión que los pequeños oficios han conservado en este país hasta el presente.
Puede verse ya por el siguiente pequeño cuadro para el año 1897, que tomo del informe recién mencionado. Estas cifras aún no están completas, especialmente en lo que se refiere a los talleres, pero ya contienen la mayor parte de las industrias inglesas.
| 1897 | Número de fábricas y talleres. | Número de operarios de ambos sexos. | Número medio de operarios por establecimiento. |
|---|---|---|---|
| Total... | 178.756 | 4.483.800 | 25 |
| Fábricas textiles.. | 10.883 | 1.051.564 | 97 |
| Fábricas no textiles | 79,059 | 2.755.460 | 35 |
| Varios talleres. | 88.814 | 676.776 | 8 |
Permítame señalar que los Inspectores Fabriles consideran como taller todo establecimiento industrial que no cuenta con fuerza motriz mecánica, y como fábrica todo establecimiento provisto de energía de vapor, gas, hidráulica o eléctrica.
Estas cifras, sin embargo, no son completas, porque solo se incluyen aquellos talleres en los que se emplea a mujeres y niños, así como a todas las panaderías. Los demás no fueron sometidos a inspección en el momento en que se confeccionó esta tabla.
Existe, no obstante, un medio para averiguar el número aproximado de obreros empleados en los talleres. El número de mujeres y niñas empleadas en los talleres en 1897 era de 356.098, y el número de hombres y niños era de 320.678.
Pero, como la proporción de trabajadores varones respecto a las mujeres en todas las fábricas era de 2.654.716 varones frente a 1.152.308 mujeres, podemos admitir que la misma proporción prevalece en los talleres. Esto daría para estos últimos algo así como 820.000 trabajadores varones y 1.176.000 personas de ambos sexos, empleadas en 147.000 talleres.
Al mismo tiempo, el gran total de personas empleadas en la industria (excluida la minería) sería de 4.983.000.
Podemos afirmar así que casi una cuarta parte (el 24 por ciento) de todos los trabajadores industriales de este país trabaja en talleres que cuentan con menos de ocho a diez trabajadores por establecimiento.
También debe señalarse que, de los 4.483.800 trabajadores registrados en las tablas antes mencionadas, cerca de 60.000 eran niños que trabajaban solo media jornada, 401.000 eran niñas menores de dieciocho años, 463.000 eran muchachos de trece a dieciocho años que hacían jornadas completas como los adultos, y 1.077.115 eran considerados como mujeres (de más de dieciocho años). En otras palabras, la quinta parte de todos los trabajadores industriales de este país eran niñas y muchachos, y más de las dos quintas partes (el 41 por ciento) eran mujeres o niños. Toda la producción industrial del Reino Unido, con sus inmensas exportaciones, daba así trabajo a menos de tres millones de hombres adultos —2.983.000 de una población de 42.000.000, a los que debemos añadir 972.200 personas que trabajaban en las minas—. En cuanto a la industria textil, que proporciona casi la mitad de las exportaciones inglesas, hay menos de 300.000 hombres adultos que encuentran empleo en ella. El resto es obra de niños, muchachos, niñas y mujeres.
Un hecho que nos llama la atención es que los 1.051.564 obreros —hombres, mujeres y niños— que trabajaban en 1897 en las industrias textiles del Reino Unido estaban distribuidos en 10.883 fábricas, lo que da un promedio de tan solo noventa y tres personas por fábrica en toda esta gran industria, a pesar de que la «concentración» ha progresado más en esta industria, y de que en ella encontramos fábricas que emplean hasta 5.000 y 6.000 personas.
Es verdad que los Inspectores de Fábrica representan a cada rama separada de una industria determinada como un establecimiento especial.
Así, si un empleador o una sociedad posee una hilandería, una fábrica de tejidos y un edificio especial para el apresto y el acabado, los tres están representados como fábricas separadas. Pero esto es precisamente lo que se requiere para darnos una idea exacta sobre el grado de concentración de una industria dada.
Además, también se sabe que, por ejemplo, en la industria del algodón, en las cercanías de Mánchester, el hilado, el tejido, el apresto y demás pertenecen muy a menudo a diferentes empleadores, que se envían mutuamente las telas en diferentes grados de fabricación; aquellas fábricas que combinan bajo la misma dirección las tres o cuatro fases consecutivas de la manufactura son una excepción.
Pero es especialmente en la división de las industrias no textiles donde encontramos un desarrollo enorme de las pequeñas fábricas.
Los 2.755.460 obreros que están empleados en todas las ramas no textiles con la excepción de la minería, están dispersos en 79.059 fábricas, cada una de las cuales tiene un promedio de solo treinta y cinco trabajadores.
Además, los Inspectores de Fábricas tenían en sus listas a 676.776 obreros empleados en 88.814 talleres (sin fuerza mecánica), lo que hace un promedio de solo ocho personas por taller. Estas últimas cifras están, sin embargo, como vimos, por debajo de las reales, ya que otros sesenta mil talleres que ocupaban a medio millón más de obreros todavía no estaban tabulados.
Promedios tales como el de noventa y tres y treinta y cinco obreros por fábrica, y el de ocho por taller, distribuidos en 178.756 establecimientos industriales, destruyen ya la leyenda según la cual las grandes fábricas habrían absorbido ya a la mayoría de las pequeñas.
Las cifras muestran, por el contrario, qué inmenso número de pequeñas fábricas y talleres se resisten a la absorción por parte de las grandes fábricas, y cómo se multiplican al lado de la gran industria en diversas ramas, especialmente en aquellas de origen reciente.
Si tuviéramos para el Reino Unido estadísticas completas que ofrecieran listas de todas las fábricas, con el número de obreros empleados en cada una de ellas, tal como las tenemos para Francia y Alemania (véase más abajo), habría sido fácil hallar el número exacto de fábricas que emplean a más de 1.000.000, 500, 100 y 50 trabajadores. Pero tales listas solo se publican para la industria minera. En cuanto a las estadísticas publicadas por los Inspectores de Fábricas, no contienen dichos datos, tal vez porque los inspectores no tienen tiempo de tabular sus cifras, o no tienen el derecho de hacerlo. Sea como fuere, el informe del Sr. Whitelegge de 1897 da el número de fábricas (textiles y no textiles) y talleres para cada uno de los 119 condados del Reino Unido y para cada una de las casi cien subdivisiones de todas las industrias, así como el número de obreros en cada una de estas más de 10.000 subdivisiones. Así que se me permitió calcular los promedios de personas empleadas en las fábricas y talleres para cada rama industrial separada en cada condado. Además, el Sr. Whitelegge ha tenido la amabilidad de darme dos cifras muy importantes —a saber, el número de fábricas que emplean a más de 1.000 obreros, y el número de aquellas fábricas donde se emplea a menos de diez trabajadores—.
Tomemos, en primer lugar, las industrias TEXTILES, que incluyen el algodón, la lana, la seda, el lino, el yute y el cáñamo, así como el encaje hecho a máquina y el género de punto.
Muchos de mis lectores se sorprenderán probablemente al saber que, incluso en la industria del algodón, un gran número de fábricas bastante pequeñas siguen existiendo hasta el día de hoy.
Incluso en el distrito de West Riding, que solo es superado por Lancashire en cuanto al número de sus hilanderías de algodón, y donde encontramos a casi un tercio de todos los obreros empleados en la industria del algodón (237.444 personas), el promedio para las 3.210 fábricas de este distrito es de solo setenta y tres personas por fábrica.
Y aun en Lancashire, donde encontramos a casi la mitad de todos los obreros empleados en los textiles, estos 434.609 hombres, mujeres y niños están repartidos en 3.132 fábricas, cada una de las cuales cuenta así con un promedio de tan solo 139 trabajadores.
Si recordamos que en este número hay fábricas que emplean de 2.000 a 6.000 personas, uno no puede dejar de sorprenderse ante la cantidad de pequeñas fábricas que emplean a menos de 100 personas, y que siguen existiendo junto a las grandes hilanderías de algodón.
Pero ya veremos que lo mismo ocurre en todas las industrias.
En cuanto a Nottinghamshire, que es un centro de encaje mecánico y de punto, sus 18.434 obreros trabajan, en su mayoría, en pequeñas fábricas.
El promedio para los 386 establecimientos de este condado es de solo cuarenta y ocho personas por fábrica. La gran industria está, por tanto, muy lejos de haber absorbido a la pequeña.
La distribución de las fábricas textiles en los demás condados del Reino Unido es aún más instructiva. Sabemos que hay cerca de 2.000 fábricas textiles en cuarenta y nueve condados, y cada una de estas fábricas tiene mucho menos de 100 obreros; mientras que un número muy considerable de ellas emplean únicamente de cuarenta a cincuenta, de diez a veinte, e incluso menos de diez personas.132
Esto podría haber sido previsto por todos los que poseen algún conocimiento práctico de la industria, pero es pasado por alto por los teóricos, que conocen la industria principalmente por los libros.
En todos los países del mundo existen, junto a las grandes fábricas, un gran número de pequeñas, cuyo éxito se debe a la variedad de sus productos y a las facilidades que ofrecen para seguir los caprichos de la moda.
Esto es especialmente cierto en lo que respecta a los géneros de lana y a los tejidos mixtos de lana y algodón.
Además, es bien sabido por los fabricantes británicos que, en la época en que se establecieron las grandes hilanderías de algodón, los fabricantes de maquinaria de hilar y tejer, al ver que ya no recibían más pedidos tras haber suministrado dicha maquinaria a las grandes fábricas, comenzaron a ofrecerla a precio reducido y a crédito a los pequeños tejedores.
Estos últimos se asociaron —tres, cinco o más de ellos— para comprar la maquinaria, y esta es la razón por la que tenemos ahora en Lancashire toda una región donde un gran número de pequeñas hilanderías de algodón siguen existiendo hasta el día de hoy, sin que haya motivo alguno para prever su desaparición. A veces son incluso bastante prósperas.
Por otro lado, cuando examinamos las diversas ramas de la industria textil (algodón, lana, seda, yute, etc.), vemos que si las grandes fábricas dominan en el hilado y tejido del algodón, la lana peinada y el lino, así como en el hilado de seda (cuyo resultado es que el promedio para estas ramas alcanza los 150 trabajadores por fábrica para el algodón, y 267 para el hilado de lino), todas las demás industrias textiles pertenecen al dominio de la mediana y la pequeña industria.
En otras palabras, en la fabricación de tejidos de lana, trapería (shoddy), cáñamo, pelo, encaje hecho a máquina y punto mecánico, así como en el tejido de sedas, existen, por supuesto, grandes fábricas; pero la mayoría de estos establecimientos pertenecen al dominio de la pequeña industria.
Así, para las 3.274 fábricas de lana, el promedio es de solo veinte a cincuenta trabajadores por fábrica; también es de veintisiete a treinta y ocho para la trapería, y de treinta y siete a setenta y seis para las otras ramas. Solo en la industria del punto los promedios ascienden a noventa y tres personas por fábrica; pero estamos a punto de ver que la pequeña industria reaparece en esta rama con fuerza bajo el nombre de talleres.
Todas estas importantes ramas de la industria textil británica, que dan trabajo a más de 240.000 hombres y mujeres, han permanecido así hasta ahora en la etapa de la pequeña y mediana industria.
Si tomamos ahora las industrias NO TEXTILES, hallamos, por un lado, un número inmenso de pequeñas industrias que han surgido alrededor de las grandes y debido a ellas; y, por otro lado, que una gran parte de las industrias fundamentales han permanecido en la etapa de los pequeños establecimientos.
El promedio para todas estas ramas, que dan ocupación a tres cuartas partes de todos los trabajadores industriales del Reino Unido —es decir, 2.755.460 trabajadores— apenas alcanza, como vimos, a treinta y cinco personas por fábrica (sin incluir aún los talleres en esta división).
Sin embargo, es especialmente cuando entramos en detalles y analizamos las cifras que he calculado para cada rama por separado, cuando comprendemos plenamente la importancia de los pequeños oficios en Inglaterra. Esto es lo que vamos a hacer, mencionando primero lo que corresponde a la gran industria y estudiando a continuación la pequeña.
Siguiendo la clasificación adoptada por los Inspectores de Fábrica, vemos en primer lugar que las fábricas de gas pertenecen al dominio de los establecimientos bastante grandes (setenta y ocho personas de promedio). Las fábricas de caucho pertenecen a la misma categoría (125 trabajadores de promedio); y entre las 456 cristalerías del Reino Unido debe de haber algunas grandes, ya que el promedio es de ochenta y siete obreros.
Siguen la minería y la metalurgia, que se llevan a cabo, por regla general, a gran escala; pero ya en las fundiciones de hierro encontramos un gran número de establecimientos pertenecientes a la mediana y pequeña industria.
Así, en Sheffield vi yo mismo varias fundiciones que daban empleo únicamente a cinco o seis obreros. Para la fabricación de maquinaria pesada hay, por supuesto, una serie de talleres muy grandes, como los de Armstrong, Whitworth, o los del Estado en Woolwich.
Pero es muy instructivo ver cómo los talleres muy pequeños prosperan al lado de los grandes; son lo suficientemente numerosos como para reducir el promedio a setenta trabajadores por establecimiento para los 5.318 talleres de esta categoría.
La construcción naval y la fabricación de tubos metálicos pertenecen evidentemente a la gran industria (promedios, 243 y 156 personas por establecimiento); y lo mismo se aplica a los dos grandes establecimientos metalúrgicos del Estado, que emplean entre ambos a 23.455 obreros.
Pasando a la industria química, encontramos de nuevo una gran industria en la fabricación de álcalis y de cerillas (solo veinticinco establecimientos); pero, por el contrario, la fabricación de jabón y velas, así como de abonos y toda clase de otros productos químicos, que representa cerca de 2.000 fábricas, pertenece casi por entero al ámbito de la pequeña industria.
El promedio es de solo veintinueve obreros por fábrica. Hay, por supuesto, media docena de jaboneras muy grandes —se las conoce demasiado bien por su publicidad en los acantilados y en los campos—, pero el bajo promedio de veintinueve trabajadores demuestra cuántas pequeñas fábricas deben de existir junto a los reyes del jabón.
Las 2.500 fábricas dedicadas a la fabricación de muebles, tanto de madera como de hierro, pertenecen de nuevo principalmente a la pequeña industria. Las fábricas pequeñas y muy pequeñas pululan junto a unas pocas grandes, por no hablar de los millares de talleres todavía más pequeños. Los grandes almacenes de nuestras ciudades son, en su mayor parte, meras exposiciones de muebles fabricados en muy pequeñas fábricas y talleres.
En la fabricación de productos alimenticios encontramos varias grandes fábricas de azúcar, chocolate y conservas; pero junto a ellas hallamos también un número muy elevado de pequeños establecimientos, que no parecen quejarse de la proximidad de los grandes, ya que ocupan casi dos tercios de los trabajadores empleados en este ramo.
No hablo, por supuesto, de los molinos de viento rurales, pero uno no puede dejar de sorprenderse ante el inmenso número de pequeñas cervecerías (2.076 cervecerías tienen una media de veinticuatro trabajadores cada una) y de los establecimientos dedicados a la fabricación de aguas aireadas (ascienden a 3.365 y tienen una media de solo once operarios por establecimiento).
En la estampación de indianas entramos una vez más en el dominio de las grandes fábricas; pero a su lado encontramos un número bastante grande de pequeñas, de modo que el promedio para toda esta categoría es de 144 obreros por fábrica.
Encontramos también catorce grandes fábricas, con un promedio de 394 obreros cada una, dedicadas al teñido en rojo de Adrianópolis. Pero hallamos asimismo a su lado más de 100.000 obreros empleados en 2.725 pequeños establecimientos de esta clase —blanqueo, apresto, empaquetado, etcétera—, lo que nos ofrece un ejemplo más de numerosas pequeñas industrias que crecen en torno a las principales.
En la confección de prendas de vestir confeccionadas y en la fabricación de sombreros, ropa blanca, botas y zapatos, y guantes, vemos que los promedios de las fábricas de este tipo ascienden a 80, 100 y 150 personas por fábrica.
Pero es aquí también donde intervienen innumerables talleres pequeños. Debe señalarse asimismo que la mayoría de las fábricas de ropa confeccionada poseen un carácter propio y especial.
La fábrica compra la tela y efectúa el corte mediante maquinaria especial; pero la costura corre a cargo de mujeres, que acuden a trabajar a la fábrica. Pagan tanto por la máquina de coser, tanto por la fuerza motriz (si la hay), tanto por el gas, tanto por la plancha, etcétera, y trabajan a destajo.
Muy a menudo esto se convierte en un «sistema de explotación» (sweating system) a gran escala. Alrededor de las grandes fábricas se agrupa un gran número de pequeños talleres.
Y, finalmente, encontramos grandes fábricas para la fabricación de pólvora y explosivos (emplean a menos de 12.000 operarios), botones de tela y paraguas (tan solo 6.000 empleados). Pero también encontramos en la tabla de talleres que en estas dos últimas ramas hay miles de ellos junto a unas pocas grandes fábricas.
Todo tomado, el señor Whitelegge me escribe que, de las fábricas que emplean a más de 1.000 obreros cada una, solo encuentra sesenta y cinco en las industrias textiles (102.600 obreros) y solo 128 (355.208 obreros) en todas las industrias no textiles.
En esta breve enumeración hemos recorrido todo lo que pertenece a la gran industria. El resto pertenece casi en su totalidad al dominio de la pequeña, y a menudo de la muy pequeña industria.
Tales son todas las fábricas de carpintería y ebanistería, que tienen por término medio solo quince hombres por establecimiento, pero representan un contingente de más de 100 000 obreros y más de 6 000 empresarios.
Las tenerías, la fabricación de toda clase de pequeños objetos de marfil y hueso, e incluso las tenerías de ladrillo y las alfarerías, que representan un total de 260 000 trabajadores y 11 200 empresarios, pertenecen, con muy pocas excepciones, a la pequeña industria.
Luego tenemos las fábricas dedicadas al bruñido y esmaltado de metales, que también pertenecen principalmente a la pequeña industria —con un promedio de sólo veintiocho operarios por fábrica.
Pero lo que resulta especialmente llamativo es el desarrollo de la pequeña y muy pequeña industria en la fabricación de maquinaria agrícola (treinta y dos trabajadores por fábrica), de todo tipo de herramientas (veintidós de promedio), agujas y alfileres (cuarenta y tres), ferretería, aparatos sanitarios e instrumentos diversos (veinticinco), e incluso de calderas (cuarenta y ocho por fábrica), cadenas, cables y anclajes (en muchos distritos este trabajo, al igual que la fabricación de clavos, es realizado a mano por mujeres).
Huelga decir que la fabricación de muebles, que ocupa a cerca de 64.000 operarios, pertenece principalmente —en más de sus tres cuartas partes— a la pequeña industria.
El promedio para las 1.979 fábricas de esta rama es de tan solo veintiún obreros, sin incluir los talleres en este número.
Lo mismo ocurre con las fábricas de curado de pescado, repostería industrial y demás, que ocupan a 38.030 obreros en más de 2.700 fábricas, teniendo así un promedio de catorce operarios cada una.
La joyería y la fabricación de relojes, aparatos fotográficos y toda clase de artículos de lujo pertenecen, a su vez, a la pequeña y muy pequeña industria, y dan ocupación a 54.000 personas.
Todo lo que pertenece a la imprenta, la litografía, la encuadernación y la papelería representa de nuevo un vasto campo ocupado por la pequeña industria, que prospera junto a un pequeño número de establecimientos muy grandes. Más de 120.000 personas están empleadas en estas ramas en más de 6.000 fábricas (talleres aún no incluidos).
Y, por fin, encontramos un gran dominio ocupado por la guarnicionería, la fabricación de cepillos y brochas, la confección de velas, la cestería y la fabricación de mil pequeñas cosas de cuero, papel, madera, metal, etcétera. Esta clase no es ciertamente insignificante, ya que comprende a más de 4.300 patronos y a cerca de 130.000 obreros, empleados en una multitud de fábricas muy pequeñas junto a unas pocas muy grandes, siendo la media de tan solo veinticinco a treinta y cinco personas por fábrica.
En resumen, en las distintas industrias no textiles, los inspectores han contabilizado 32.042 fábricas que emplean, cada una de ellas, a menos de diez trabajadores.
En total, encontramos 270.000 obreros empleados en pequeñas fábricas que tienen menos de cincuenta e incluso de veinte trabajadores cada una, siendo el resultado que la gran industria (las fábricas que emplean a más de 1.000 obreros por fábrica) y la muy pequeña (menos de diez trabajadores) emplean casi el mismo número de operarios.
El importante papel desempeñado por la pequeña industria en este país se desprende claramente de este rápido esbozo. Y todavía no he hablado de los talleres.
Los Inspectores de Fábrica mencionaban, como vimos, en su primer informe, 88.814 talleres, en los que 676.776 obreros (356.098 mujeres) estaban empleados en 1897. Pero, como ya hemos visto, estas cifras están incompletas. El número de talleres es de unos 147.000, y debe de haber en ellos cerca de 1.200.000 personas empleadas (820.000 hombres y unos 356.000 mujeres y niños).
Es evidente que esta clase comprende un número muy considerable de panaderos, pequeños carpinteros, sastres, zapateros, carroceros, herreros de aldea, y así sucesivamente. Pero también hay en esta clase un número inmenso de talleres pertenecientes a la industria, propiamente dicha —es decir, talleres que fabrican para el gran mercado comercial—. Algunos de estos talleres pueden, por supuesto, emplear a cincuenta personas o más, pero la inmensa mayoría emplea tan solo de cinco a veinte obreros cada uno.
Encontramos así en esta categoría 1.348 pequeños establecimientos, dispersos tanto en los pueblos como en los suburbios de las grandes ciudades, donde cerca de 14.000 personas hacen encajes, tricotados, bordados y tejidos en telares de mano; más de 100 pequeñas tenerías, más de 20.000 carroceros de carros y 746 pequeños fabricantes de bicicletas.
En la cuchillería, en la fabricación de herramientas y armas ligeras, clavos y tornillos, e incluso anclas y cadenas para anclas, volvemos a encontrar muchos miles de pequeños talleres que emplean a algo así como 60.000 obreros.
Todo eso, recordémoslo, sin contar aquellos talleres que no emplean a mujeres ni a niños, y por consiguiente no están sometidos a los Inspectores de Fábricas.
En cuanto a la fabricación de ropa, que da trabajo a más de 350.000 hombres y mujeres, distribuidos en cerca de 45.000 talleres, nótese que aquí no se habla de los pequeños sastres, sino de esa masa de talleres que pululan en Whitechapel y en los suburbios de todas las grandes ciudades, y donde encontramos de cinco a cincuenta mujeres y hombres confeccionando ropa para las tiendas de sastre, grandes y pequeñas.
En estos talleres se toma la medida, y a veces se hace el corte; pero la ropa se cose en los pequeños talleres, que muy a menudo se encuentran en algún lugar del campo. Incluso partes de los encargos de ropa blanca y de ropa para el ejército encuentran su camino hacia talleres en lugares rurales.
En cuanto a la ropa interior y la pasamanería que se venden en los grandes almacenes, son fabricadas en pequeños talleres, que deben contarse por millares.
Lo mismo ocurre con los muebles, los colchones y cojines, los sombreros, las flores artificiales, los paraguas, las zapatillas e incluso la bisutería barata. Los grandes comercios, incluso los almacenes más vastos, por lo general solo mantienen un surtido de muestras. Todo se fabrica a muy bajo precio y, día a día, en miles de pequeños talleres.
Puede decirse, por tanto, que si excluimos de la clase de empleados de los talleres a 100.000 o incluso 200.000 obreros que no trabajan para la industria propiamente dicha, y si añadimos por otro lado a los casi 500.000 trabajadores que aún no habían sido tabulados por los inspectores en 1897, encontramos una población de más de 1.000.000 de hombres y mujeres que pertenecen enteramente al ámbito de la pequeña industria, y que por tanto deben sumarse a aquellos que encontramos trabajando en las pequeñas fábricas.
Los artesanos que trabajan solos no fueron incluidos en este esbozo.
Vemos así que incluso en este país, que puede considerarse como representante del más alto desarrollo de la gran industria, el número de personas empleadas en el pequeño comercio sigue siendo inmenso.
Las pequeñas industrias son un rasgo tan distintivo de la industria británica como sus pocas fábricas e instalaciones siderúrgicas inmensas.
Pasando ahora a lo que se conoce sobre las pequeñas industrias de este país a partir de la observación directa, encontramos que los suburbios de Londres, Glasgow y otras grandes ciudades bullen de pequeños talleres, y que hay regiones donde los oficios artesanales están tan desarrollados como lo están en Suiza o en Alemania.
Sheffield es un ejemplo muy conocido al respecto. La cuchillería de Sheffield —una de las glorias de Inglaterra— no está hecha a máquina: se hace principalmente a mano.
Hay en Sheffield varias firmas que fabrican cuchillería de principio a fin, desde la elaboración del acero hasta el acabado de las herramientas, y emplean a trabajadores asalariados; y, sin embargo, incluso estas firmas —según me cuenta Edward Carpenter, quien amablemente recopiló para mí información sobre el gremio de Sheffield— subcontratan una parte de su trabajo a los «pequeños maestros».
Pero con mucho, el mayor número de los cuchilleros trabaja en sus casas con sus familiares, o en pequeños talleres provistos de fuerza motriz por rueda, que alquilan por unos pocos chelines a la semana.
Inmensos patios están cubiertos de edificios, los cuales están subdivididos en multitud de pequeños talleres. Algunos de estos apenas cubren unas pocas yardas cuadradas, y allí vi a herreros martillando, durante todo el día, hojas de cuchillos sobre un pequeño yunque, muy cerca del resplandor de sus fuegos; de vez en cuando, el herrero puede tener uno o dos ayudantes.
En los pisos superiores, decenas de pequeños talleres reciben energía motriz, y en cada uno de ellos, tres, cuatro o cinco trabajadores y un «maestro» fabrican, con la ayuda ocasional de unas pocas máquinas sencillas, toda clase de herramientas: limas, sierras, hojas de cuchillo, navajas, etcétera.
El amolado y el pulido se realizan en otros pequeños talleres, y hasta el acero se funde en una pequeña fundición cuyo personal de trabajo consta únicamente de cinco o seis hombres.
Cuando caminaba por estos talleres, fácilmente me imaginaba en un pueblo cuchillero ruso, como Pávlovo o Vórsma.
La cuchillería de Sheffield ha mantenido así su antigua organización, y el hecho es tanto más notable cuanto que las ganancias de los cuchilleros son bajas por regla general; pero, aun cuando se ven reducidas a unos pocos chelines a la semana, el cuchillero prefiere vegetar con sus escasas ganancias antes que entrar como jornalero en una «casa».
El espíritu de las antiguas organizaciones comerciales, de las que tanto se habló en la década de 1860 del siglo XIX, sigue así vivo.
Hasta hace poco, Leeds y sus alrededores eran también la cuna de extensas industrias domésticas.
Cuando Edward Baines escribió, en 1857, su primera relación sobre las industrias de Yorkshire (en el libro de Th. Baines Yorkshire, Past and Present), la mayor parte de los paños de lana fabricados en aquella región se tejían a mano.133
Dos veces por semana, el paño hecho a mano era llevado a la Lonja de Paeros (Clothiers’ Hall) y al mediodía se vendía a los comerciantes, quienes hacían que lo enfurtieran y acabaran en sus fábricas.
Fábricas de capital social conjunto (joint-stock mills) eran gestionadas por paeros asociados con el fin de preparar e hilar la lana, pero esta era tejida en los telares de mano por los propios paeros y los miembros de sus familias.
Doce años más tarde, el telar de mano fue desplazado en gran medida por el telar mecánico; mas los paeros, ansiosos por mantener su independencia, recurrieron a una peculiar organización: alquilaban una habitación, o parte de una habitación, y a veces también los telares mecánicos, y trabajaban de forma independiente —una organización característica que se ha mantenido en parte hasta el día de hoy, y que ilustra bien los esfuerzos de los pequeños comerciantes por conservar su terreno, a pesar de la competencia de la fábrica—.
Y hay que decir que los triunfos de la fábrica se lograron demasiado a menudo únicamente mediante la más fraudulenta adulteración y el trabajo mal pagado de los niños.
La variedad de industrias domésticas que se llevan a cabo en el Distrito de los Lagos es mucho mayor de lo que cabría esperar, pero aún aguardan a exploradores minuciosos. Solo mencionaré a los fabricantes de aros, el comercio de la cestería, los carboneros, los fabricantes de bobinas, los pequeños hornos de hierro que trabajan con carbón vegetal en Backbarrow, y así sucesivamente.134
En conjunto, no conocemos bien los pequeños oficios de este país y, por tanto, a veces nos topamos con hechos totalmente inesperados. Pocos escritores continentales sobre temas industriales adivinarían, en verdad, que hace veinticinco años los clavos eran fabricados a mano por miles de hombres, mujeres y niños en el Black Country de el sur de Staffordshire, así como en Derbyshire,135 y que parte de esta industria todavía sigue existiendo, o que las mejores agujas se hacen a mano en Redditch.
También se hacen cadenas a mano en Dudley y Cradley, y aunque la prensa se conmueve periódicamente para hablar de las míseras condiciones de los fabricantes de cadenas —hombres y mujeres—, el oficio aún se mantiene; mientras que cerca de 7.000 hombres se afanaban en 1890 en sus pequeños talleres fabricando cerraduras, incluso de la clase más corriente, en Walsall, Wolverhampton y Willenhall. Los diversos artículos de ferretería relacionados con la guarnicionería —frenos, espuelas, bridas, etcétera— también se elaboran en gran parte a mano en Walsall.
Las industrias de armas de fuego y rifles de Birmingham, que también pertenecen al mismo ámbito de las pequeñas industrias, son bien conocidas.
En cuanto a las diversas ramas del vestido, todavía hay divisiones importantes del Reino Unido donde una variedad de industrias domésticas relacionadas con el vestido se lleva a cabo a gran escala. Solo necesito mencionar las industrias artesanales de Irlanda, así como algunas de ellas que han sobrevivido en los condados de Buckingham, Oxford y Bedford; la sombrerería y la calcetería son una ocupación común en las aldeas de los condados de Nottingham y Derby; y varias grandes empresas de Londres envían tela para ser confeccionada como ropa en las aldeas de Sussex y Hampshire.
La calcetería de lana es propia de las aldeas de Leicester, y especialmente de Escocia; el trenzado de paja y la sombrerería, en muchas partes del país; mientras que en Northampton, Leicester, Ipswich y Stafford la zapatería fue, hasta hace muy poco, una ocupación doméstica muy extendida, o se llevaba a cabo en pequeños talleres; incluso en Norwich sigue siendo un pequeño comercio en cierta medida, a pesar de la competencia de las fábricas.
Hay que decir también que la reciente aparición de grandes fábricas de botas y zapatos ha aumentado considerablemente el número de niñas y mujeres que cosen los «cortes» y bordan las zapatillas, ya sea en sus propias casas o en talleres de intermediarios (sweaters), mientras que últimamente se han desarrollado nuevas pequeñas fábricas para la fabricación de tacones, cajas de cartón y demás.
Los pequeños oficios son, por tanto, un factor importante de la vida industrial incluso en la Gran Bretaña, aunque muchos de ellos se hayan concentrado en las ciudades.
Pero si en este país hallamos muchas menos industrias rurales que en el continente, no debemos imaginar que su desaparición se deba únicamente a una competencia más aguda de las fábricas. La causa principal fue el éxodo forzoso de las aldeas.
Como todo el mundo sabe por la obra de Thorold Rogers, el crecimiento del sistema fabril en Inglaterra estuvo íntimamente relacionado con ese éxodo forzoso. Industrias enteros, que habían prosperado hasta entonces, quedaron completamente aniquiladas por el despeje forzoso de latifundios.136
Los talleres, mucho más incluso que las fábricas, se multiplican allí donde encuentran mano de obra barata; y el rasgo específico de este país es que la mano de obra más barata —es decir, el mayor número de personas desamparadas— se encuentra en las grandes ciudades.
La agitación suscitada (sin resultado alguno) en relación con las «Viviendas de los Pobres», los «Desempleados» y el «Sistema de Explotación» (Sweating System), ha puesto plenamente de manifiesto ese rasgo característico de la vida económica de Inglaterra y Escocia; y las minuciosas investigaciones realizadas por el Sr. Charles Booth han demostrado que una cuarta parte de la población de Londres —es decir, 1.000.000 de los 3.800.000 que entraron en el ámbito de su estudio— sería feliz si los cabezas de familia pudieran obtener unos ingresos regulares de algo así como una libra esterlina a la semana durante todo el año. La mitad de ellos se conformaría con incluso menos que eso. El Sr. Seebohm Rowntree halló el mismo estado de cosas en York.137
La mano de obra barata se ofrece en tales cantidades en los suburbios de todas las grandes ciudades de Gran Bretaña que los oficios pequeños y domésticos, que en el continente se hallan dispersos por los pueblos, se concentran en las ciudades de este país.
Faltan cifras exactες en cuanto a las pequeñas industrias, pero un simple paseo por los suburbios de Londres bastaría para darse cuenta de la variedad de pequeños oficios que pululan en la metrópoli y, de hecho, en todas las principales aglomeraciones urbanas.
Los testimonios ofrecidos ante el “Comité del Sistema de Explotación (Sweating System Committee)” han demostrado hasta qué punto los palacios de muebles y de confección y los bazares del “Bonheur des Dames” de Londres no son más que meras exposiciones de muestras o mercados para la venta de los productos de las pequeñas industrias. Miles de sweaters [explotadores], algunos con sus propios talleres y otros limitándose a repartir trabajo entre subexplotadores que a su vez lo distribuyen entre los más desamparados, abastecen a dichos palacios y bazares con mercancías elaboradas en los suburbios o en talleres muy pequeños.
El comercio está centralizado en esos bazares, no la industria. Los palacios de muebles y los bazares desempeñan así meramente el papel que antiguamente desempeñaba el castillo feudal en la agricultura: centralizan los beneficios, no la producción.
En realidad, la extensión de los pequeños oficios, codo a codo con las grandes fábricas, no tiene nada de extraño. Es una necesidad económica.
La absorción de los pequeños talleres por las grandes empresas es un hecho que ya había llamado la atención de los economistas en los años cuarenta del siglo pasado, especialmente en la industria textil. Continúa todavía hoy en muchos otros sectores, y resulta especialmente llamativa en una serie de empresas muy grandes dedicadas a los metales y a los suministros de guerra para los diferentes Estados.
Pero hay otro proceso que se desarrolla paralelamente al primero, y que consiste en la continua creación de nuevas industrias, que habitualmente hacen su aparición a pequeña escala.
Cada nueva fábrica hace surgir una serie de pequeños talleres, en parte para abastecer sus propias necesidades y en parte para someter su producto a una nueva transformación.
Así, por citar un solo ejemplo, las hilanderías de algodón han creado una inmensa demanda de bobinas y carretes de madera, y miles de hombres en el Distrito de los Lagos se pusieron a fabricarlos —al principio a mano, y más tarde con la ayuda de alguna maquinaria sencilla—.
Tan solo muy recientemente, tras haber dedicado años a inventar y mejorar la maquinaria, las bobinas comenzaron a fabricarse a mayor escala en las fábricas. E incluso ahora, como las máquinas son muy costosas, una gran cantidad de bobinas se elaboran en pequeños talleres, con escasa ayuda de las máquinas, mientras que las fábricas mismas son relativamente pequeñas y rara vez emplean a más de cincuenta operarios, principalmente niños.
En cuanto a los carretes de forma irregular, todavía se fabrican a mano, o en parte con la ayuda de pequeñas máquinas inventadas continuamente por los trabajadores.
Nuevas industrias surgen así para suplantar a las viejas; cada una de ellas atraviesa una fase preliminar a pequeña escala antes de alcanzar la etapa de la gran fábrica; y cuanto más activo es el genio inventivo de una nación, más posee de estas industrias en ciernes.
Los innumerables y pequeños talleres de bicicletas que han surgido últimamente en este país, y que son abastecidos de piezas prefabricadas de bicicleta por las fábricas más grandes, son un claro ejemplo de ello. La fabricación doméstica y en pequeños talleres de cajas para cerillas, botas, sombreros, confitería, artículos de ultramarinos, etcétera, es otro ejemplo conocido.
Además, la gran fábrica estimula el nacimiento de pequeños oficios actuales al crear nuevas necesidades. La baratura de los tejidos de algodón y lana, del papel y del latón, ha creado cientos de nuevas industrias pequeñas. Nuestros hogares están llenos de sus productos —en su mayoría cosas de invención bastante moderna—. Y aunque algunos de ellos ya se producen por millones en la gran fábrica, todos han pasado por la etapa del pequeño taller antes de que la demanda fuera lo suficientemente grande como cuanto para requerir la organización de la gran fábrica. Cuanto más tengamos de nuevas inversiones, más tendremos de tales pequeñas industrias; y a su vez, cuanto más tengamos de ellas, más tendremos del genio inventivo, cuya falta se lamenta con tanta justicia en este país (por W. Armstrong, entre muchos otros). No debemos extrañarnos, por tanto, de ver tantos pequeños oficios en este país; pero sí debemos lamentar que el gran número haya abandonado los pueblos como consecuencia de las malas condiciones de la propiedad de la tierra, y que hayan migrado en tal número a las ciudades, en detrimento de la agricultura.
En Inglaterra, como en todas partes, las pequeñas industrias son un factor importante en la vida industrial del país; y es principalmente en la infinita variedad de los pequeños oficios, que utilizan los productos semielaborados de las grandes industrias, donde se desarrolla el genio inventivo y se elaboran los rudimentos de las futuras grandes industrias.
Los pequeños talleres de bicicletas, con los cientos de pequeñas mejoras que introdujeron, han sido ante nuestros propios ojos las células primarias a partir de las cuales ha crecido la gran industria de los automóviles y, más tarde, la de los aeroplanos.
Los pequeños fabricantes de mermelada de los pueblos fueron los precursores y los rudimentos de las grandes fábricas de conservas que hoy dan empleo a cientos de trabajadores. Y pronto.
Por consiguiente, afirmar que las pequeñas industrias están condenadas a desaparecer, mientras vemos nacer otras nuevas todos los días, no es más que repetir una generalización apresurada formulada en la primera parte del siglo XIX por quienes presenciaron la absorción del trabajo artesanal por el trabajo mecánico en la industria algodonera; una generalización que, como ya vimos y vamos a ver aún mejor en las páginas siguientes, no halla confirmación en el estudio de las industrias, grandes y pequeñas, y queda desmentida por los censos de fábricas y talleres.
Lejos de mostrar una tendencia a desaparecer, las pequeñas industrias muestran, por el contrario, una tendencia a un mayor desarrollo, ya que el suministro municipal de energía eléctrica —como el que tenemos, por ejemplo, en Mánchester— permite al propietario de una pequeña fábrica disponer de un suministro barato de fuerza motriz, exactamente en la proporción requerida en un momento dado, y pagar únicamente por lo que realmente consume.
# Los pequeños oficios en Francia
En Francia se encuentra una gran variedad de pequeñas industrias, las cuales representan un rasgo muy importante de la economía nacional. Se calcula, de hecho, que mientras que la mitad de la población de Francia vive de la agricultura y un tercio de la industria, esta tercera parte se divide equitativamente entre la gran industria y la pequeña.138
Esta última ocupa a cerca de 1.650.000 trabajadores y sustenta de 4.000.000 a 5.000.000 de personas. A las cifras recién mencionadas habría que añadir un número considerable de campesinos que recurren a las pequeñas industrias sin abandonar la agricultura, y los ingresos adicionales que estos campesinos obtienen de la industria son tan importantes que en varias regiones de Francia la pequeña propiedad campesina no podría mantenerse sin la ayuda derivada de las industrias rurales.
Los pequeños campesinos saben lo que les espera el día en que se convierten en peones de fábrica en una ciudad; y mientras el prestamista no los haya despojado de sus tierras y casas, y mientras no se hayan perdido los derechos de la aldea sobre los pastos comunales o los bosques, se aferran a una combinación de industria y agricultura.
Como, en la mayoría de los casos, no tienen caballos para arar la tierra, recurren a un arreglo muy extendido, si no universal, entre los pequeños propietarios franceses, incluso en distritos puramente rurales (lo vi incluso en la Alta Saboya). Uno de los campesinos que mantiene un arado y una yunta de caballos labra todos los campos por turno.
Al mismo tiempo, debido a la amplia conservación del espíritu comunal, que he descrito en otra parte,139 se encuentra un apoyo adicional en el pastor comunal, el lagar comunal y diversas formas de «ayudas» entre los campesinos. Y dondequiera que se mantenga el espíritu de la comunidad rural, las pequeñas industrias persisten, al tiempo que no se escatima ningún esfuerzo para llevar las pequeñas parcelas a un cultivo más avanzado.
La horticultura y el cultivo de frutas suelen ir de la mano con las pequeñas industrias. Y dondequiera que se encuentra el bienestar en un suelo relativamente poco productivo, casi siempre se debe a la combinación de las dos artes hermanas.
Las más maravillosas adaptaciones de las pequeñas industrias a las nuevas necesidades, y un sustancial progreso técnico en los métodos de producción, pueden observarse al mismo tiempo.
Puede decirse incluso de Francia, como se ha dicho de Rusia, que cuando una industria rural se extingue, la causa de su decadencia se halla mucho menos en la competencia de las fábricas rivales —en centenares de localidades la pequeña industria experimenta una modificación completa, o cambia de carácter en tales casos— que en la decadencia de la población como agricultor.
Continuamente vemos que solo cuando los pequeños propietarios se han arruinado, en tanto que tales, por un conjunto de causas —la pérdida de los prados comunales, o alquileres anormalmente altos, o los estragos causados en alguna localidad por los marchands de biens (especuladores que incitan a los campesinos a comprar tierras a crédito), o la quiebra de alguna compañía de accionistas cuyas acciones habían sido ávidamente adquiridas por los campesinos 140—, solo entonces abandonan tanto la tierra como la industria rural y emigran hacia las ciudades.
De otro modo, surge siempre una nueva industria cuando la competencia de la fábrica se vuelve demasiado aguda —manifestando las pequeñas industrias una adaptabilidad maravillosa y apenas sospechada—; o bien los artesanos rurales recurren a alguna forma de agricultura intensiva, horticultura, etc., y entretanto hace su aparición alguna otra industria. Un estudio más detallado de Francia bajo este aspecto resulta sumamente instructivo.
Es evidente que en la mayor industria textil el telar mecánico suplanta al telar manual, y la fábrica ocupa, o ya ha ocupado, el lugar de la industria doméstica.
Los algodones, los tejidos lisos de lino y los encajes hechos a máquina se producen hoy a un coste tan bajo mediante maquinaria que el tejido a mano se convierte evidentemente en un anacronismo para las clases más sencillas de tales mercancías.
En consecuencia, aunque en Francia había en el año 1876 unos 328.300 telares manuales frente a 121.340 mecánicos, se puede dar por sentado con seguridad que el número de los primeros se ha reducido considerablemente en los veinte años siguientes.
Sin embargo, la lentitud con la que se está llevando a cabo este cambio es uno de los rasgos más llamativos de la actual organización industrial de los oficios textiles en Francia.
Las causas de este poder de resistencia del tejido a mano se hacen especialmente patentes cuando se consultan obras como Le Coton de Reybaud, escrita en 1863, hace casi medio siglo, es decir, en una época en la que las industrias domésticas aún estaban en pleno apogeo.
Aunque él mismo era un ardiente admirador de la gran industria, Reybaud señaló fielmente la llamativa superioridad del bienestar en las casas de los tejedores en comparación con la miseria de los obreros fabriles en las ciudades.
Ya entonces, las ciudades de San Quintín, Lille, Roubaix y Amiens eran grandes centros de hilaturas y fábricas de tejido de algodón. Pero, al mismo tiempo, todo tipo de algodones se tejían en telares manuales, en los mismísimos suburbios de San Quintín y en un centenar de pueblos y aldeas de sus alrededores, para ser vendidos y recibir los últimos acabados en la ciudad. Y Reybaud observó que las horribles viviendas de la ciudad y la situación general de los obreros fabriles contrastaban maravillosamente con el bienestar relativo de los tejedores rurales. Casi cada uno de estos últimos tenía su propia casa y un pequeño campo que seguía cultivando.141
Aun en una rama como la fabricación de terciopelos de algodón lisos, en la que la competencia de las fábricas se sentía con especial agudeza, el trabajo a domicilio estaba muy extendido, en 1863 y aun en 1878, en los pueblos situados en torno a Amiens.
Aunque las ganancias de los tejedores rurales eran escasas, por regla general, los tejedores preferían permanecer en sus propias casitas, junto a sus propias cosechas y a su propio ganado; y solo las repetidas crisis comerciales, así como varias de las causas anteriormente mencionadas, hostiles al pequeño campesino, obligaron a la mayoría de ellos a abandonar la lucha y a buscar empleo en las fábricas, mientras que una parte de ellos, para cuando llegó el momento, volvió de nuevo a la agricultura o se dedicó a la horticultura comercial.
Otro centro importante de industrias rurales se encontraba en las cercanías de Ruan, donde no menos de 110.000 personas estaban empleadas, en 1863, en el tejido de algodones para las fábricas de acabado de dicha ciudad.
En el valle del Andelle, en el departamento de Eure, cada pueblo era por entonces una colmena industrial; cada pequeño arroyo se utilizaba para poner en marcha una pequeña fábrica.
Reybaud describió la condición de los campesinos que combinaban la agricultura con el trabajo en la fábrica rural como de lo más satisfactoria, especialmente en comparación con la condición de los habitantes de los suburbios de Ruan, e incluso mencionó un par de casos en los que las fábricas de los pueblos pertenecían a las comunidades rurales.
Diecisiete años más tarde, Baudrillart142 describía la misma región con casi idénticas palabras; y aunque las fábricas rurales habían tenido que ceder en gran medida ante las grandes fábricas, la industria rural todavía se valoraba por mostrar una producción anual de 85.000.000 de francos (£2.400.000).
En la actualidad, las fábricas habrán hecho nuevos progresos; pero aún vemos por las excelentes descripciones de M. Ardouin Dumazet, cuya obra tendrá en el futuro casi el mismo valor que los Viajes de Arthur Young,143 que una porción considerable de los tejedores rurales todavía ha sobrevivido; al mismo tiempo que invariablemente se encuentra, incluso hoy en día, la observación de que el bienestar relativo predomina en las aldeas en las que el tejido se combina con la agricultura.
Hasta el presente, escribe M. Ardouin Dumazet, «hay una industria que da trabajo a muchos telares manuales en las aldeas; es el tejido de diversas telas para paraguas y botas de señora». Amiens es el centro principal de este tejido.144
En otros lugares se hacen vestidos con terciopelo de Amiens y diversas telas tejidas en Roubaix. Es una industria nueva; ha tomado el lugar de la antigua, que estaba convirtiendo a Amiens en un segundo Lyon.
En el distrito de Le Thelle, al sur de Beauvais, hay «una multitud de pequeños oficios cuya importancia apenas se imagina. He visto», dice el señor Dumazet, «pequeñas fábricas de botones de hueso, marfil o nácar, cepillos, calzadores, teclas para pianos, dominós, fichas y dados, estuches para gafas, pequeños artículos de escritorio, mangos para herramientas, metros, tacos de billar... ¡y qué sé yo!
No hay un solo pueblo, por pequeño que sea, cuya población no tenga su propia industria.”145
Al mismo tiempo no debe olvidarse que miles de pequeños artículos para el escritorio y para los dibujantes se fabrican a gran escala en las pequeñas fábricas de la misma región. Algunos de los talleres están situados en casas particulares, y en algunos de ellos se realiza trabajo artístico; pero la mayoría se encuentran en casas especiales, donde la energía necesaria es alquilada por el dueño del taller.
Aquí se ve «una actividad fantástica» —la palabra es de M. Dumazet—; la división del trabajo es muy grande, y en todas partes se inventan nuevas máquinas-herramienta.
Por último, en los pueblos del distrito de Vermandois (departamento de Aisne), encontramos un número considerable de telares manuales (más de 3.000) en los que se tejen telas mixtas hechas de algodón, lana y seda.146
Por supuesto, debe reconocerse que, por regla general, en el norte de Francia, donde los algodones se fabrican a gran escala en ciudades fabriles, el tejido a mano en las aldeas casi ha desaparecido. Pero, como ya se desprende de lo anterior, han surgido nuevas pequeñas industrias en su lugar, y este es también el caso en muchas otras partes de Francia.
Tomando la región situada entre Ruan en el nordeste, Orleans en el sudeste, Rennes en el noroeste y Nantes en el sudoeste —es decir, las antiguas provincias de Normandía, Perche y Maine, y en parte Turena y Anjou, tal como las vio Ardouin Dumazet en 1895—, encontramos allí una gran variedad de industrias domésticas y menores, tanto en los pueblos como en las ciudades.
En Laval (al sureste de Rennes), donde antiguamente se tejían driles (coutils) de lino en telares manuales, y en Alenzón, que fue un gran centro de tejido de lino casero, así como de encaje hecho a mano, Ardouin Dumazet encontró la industria del lino, tanto doméstica como fabril, en un estado agonizante.
El algodón lleva la delantera. Los driles se hacen ahora de algodón en las fábricas, y la demanda de artículos de lino es muy pequeña. En consecuencia, tanto el tejido doméstico como el industrial de artículos de lino se encuentran en mal estado.
Los aldeanos abandonaron esa rama del tejido, y las grandes fábricas que se habían erigido en Alenzón con la intención de crear una industria de telas de lino y cáñamo tuvieron que cerrar. Solo queda una fábrica, que da empleo a 250 operarios; mientras que cerca de 23.000 tejedores, que encontraban ocupación en Mans, Fresnay y Alenzón en telas de cáñamo y lino fino, tuvieron que abandonar dicha industria.
Quienes trabajaban en las fábricas han emigrado a otras ciudades, mientras que aquellos que no se habían desvinculado de la agricultura volvieron a ella. En esta lucha entre el algodón versus el lino y el cáñamo, el primero resultó victorioso.
En cuanto al encaje, se fabrica en tales cantidades mediante maquinaria en Calais, Caudry, St. Quentin y Tarare que solo la fabricación de encaje artístico de alta clase subsiste a pequeña escala en Alençon misma, pero sigue siendo una ocupación secundaria en la región circundante.
Además, en Flers y en Ferté-Macé (una pequeña ciudad al sur de la primera), el tejido a mano todavía se realiza en unos 5.400 telares manuales, aunque todo el oficio, tanto en las fábricas como en las aldeas, se encuentra en un estado lamentable desde que se perdieron los mercados españoles. España cuenta ahora con un sinfín de fábricas de algodón propias.
Doce grandes hilanderías en Condé (donde se hilaron 4.000 toneladas de algodón en 1883) fueron abandonadas en 1893, y los trabajadores quedaron sumidos en una situación de extrema miseria.147
Por el contrario, en una industria que abastece al mercado interior —concretamente, en la fabricación de pañuelos de lino, de origen bastante reciente— vemos que el tejido a domicilio se encuentra, aún hoy, en plena prosperidad.
Cholet (en Maine y Loira, al suroeste de Angers) es el centro de ese comercio. Cuenta con una hilandería y una curtiduría de tejido, pero ambas emplean a bastante menos mano de obra que el tejido doméstico, extendido por nada menos que 200 aldeas de la región circundante.148
Ni en Ruan ni en las ciudades industriales del norte de Francia se fabrican tantos pañuelos de lino como en esta región en telares manuales, según nos cuenta Ardouin Dumazet.
Dentro de la curva que forma el Loira a su paso por Orleans encontramos otro próspero centro de industrias domésticas relacionadas con el algodón.
«Desde Romorantin [en el departamento de Loir y Cher, al sur de Orleans] hasta Argenton y Le Blanc», dice el mismo escritor, «tenemos un inmenso taller donde se bordan pañuelos y se cosen o bordan camisas, puños, cuellos y toda clase de ropa blanca para señora. No hay ni una sola casa, ni siquiera en las aldeas más diminutas, donde las mujeres no se ocupen en ese oficio... y si este trabajo es un mero passe-temps en las regiones vitícolas, aquí se ha convertido en el principal recurso de la población».149
Incluso en la propia Romorantin, donde 400 mujeres y niñas trabajan en una sola fábrica, hay más de 1.000 mujeres que cosen ropa blanca en sus casas.
Lo mismo puede decirse de un grupo de aldeas industriales pobladas por fabricantes de paños en las inmediaciones de otra ciudad normanda, Elbeuf. Cuando Baudrillart las visitó en 1878-1880, le llamaron la atención las indudables ventajas que ofrecía la combinación de la agricultura con la industria. Casas limpias, ropa limpia y un sello general de bienestar eran característicos de estas aldeas.
Por fortuna, el tejido no es la única pequeña industria de esta región y de Bretaña. Por el contrario, gran cantidad de otras pequeñas industrias animan los pueblos y aldeas.
En Fougères (en Ille y Vilaine, al noreste de Reims) se ve cómo la fábrica ha contribuido al desarrollo de diversos oficios pequeños y domésticos.
- En 1830 esta ciudad era un gran centro para la fabricación doméstica de los llamados chaussons de tresse.
- Sin embargo, la competencia de las prisiones mató esta industria primitiva; pero pronto fue sustituida por la fabricación de calcetines suaves de fieltro (chaussons de feutre).
- Esta última industria también decayó, y entonces se introdujo la fabricación de botas y zapatos, dando esta última origen, a su vez, a las fábricas de calzado, de las cuales hay ahora treinta y tres en Fougères, que emplean a 8.000 trabajadores150 (con una producción anual de unos 5.000.000 de pares).
Pero al mismo tiempo las industrias domésticas cobraron un nuevo desarrollo. Miles de mujeres se emplean ahora en sus casas cosiendo los «cortes» y bordando zapatos de fantasía. Además, un buen número de talleres más pequeños surgieron en las inmediaciones para la fabricación de cajas de cartón, tacones de madera, etcétera, así como un número de tenerías, grandes y pequeñas.
Y la observación de M. Ardouin Dumazet es que uno se sorprende al encontrar, gracias a estas industrias, un nivel de bienestar indudablemente más alto en las aldeas —del todo imprevisto en el centro de esta región puramente agrícola—.151
En Bretaña, en las cercanías de Quimperlé, un gran número de pequeños talleres para la fabricación de los sombreros de fieltro que usan los campesinos se encuentra disperso por las aldeas; y una agricultura que progresa rápidamente marcha de la mano de ese oficio. El bienestar es un rasgo distintivo de estas aldeas.152
En Hennebont (en la costa sur de Bretaña), 1400 trabajadores están empleados en una inmensa fábrica para la fabricación de latas para conservas, y cada año de veintidós a veintitrés toneladas de hierro son transformadas en acero, y a continuación en latas, que son enviadas a París, Burdeos, Nantes, etcétera.
Pero la fábrica ha creado «todo un mundo de diminutos talleres» en esta región puramente agrícola:
- pequeños talleres de hojalatería,
- tenerías,
- alfarerías,
- y así sucesivamente,
mientras que las escorias se transforman en pequeñas fábricas en abono.
La agricultura y la industria van así aquí de la mano; la importancia de no romper esta unión se ve tal vez mejor en Loudéac, una pequeña ciudad en el centro de Bretaña (departamento de Côtes-du-Nord).
Antiguamente, los pueblos de esta vecindad eran industriales, y todas las aldeas estaban pobladas por tejedores que fabricaban el conocido lino bretón. Ahora, habiendo decaído mucho esta industria, los tejedores simplemente han regresado a la tierra.
De ciudad industrial, Loudéac se ha convertido en una localidad de mercado agrícola; 153 y, lo que es más interesante, estas poblaciones conquistan nuevas tierras para la agricultura y transforman los landes antes totalmente improductivos en ricos campos de trigo; mientras que en la costa norte de Bretaña, alrededor de Dol, en terrenos que comenzaron a ser ganados al mar en el siglo XII, la horticultura comercial se lleva a cabo ahora en gran medida para la exportación a Inglaterra.
En conjunto, es llamativo observar, al leer los pequeños volúmenes de M. Ardouin Dumazet, cómo las industrias domésticas van de la mano con toda clase de pequeñas industrias agrícolas —jardinería, avicultura, fabricación de conservas de frutas, etcétera— y cómo se introducen fácilmente toda clase de asociaciones para la venta y la exportación. Le Mans es, como se sabe, un gran centro para la exportación de gansos y aves de corral de todo tipo a Inglaterra.
Parte de Normandía (a saber, los departamentos de Eure y Orne) está salpicada de pequeños talleres donde se fabrican todo tipo de pequeños artículos de latón y tornillería en las aldeas.
Por supuesto, la fabricación doméstica de alfileres casi ha desaparecido, y en cuanto a las agujas, solo se ha mantenido en las aldeas el pulido, en una forma muy primitiva.
Pero toda clase de pequeña tornillería, incluidos clavos, medallones, etc., en gran variedad, se fabrican en las aldeas, especialmente alrededor de Laigle. Los corsés también se cosen en pequeños talleres en muchos pueblos, a pesar de la competencia del trabajo penitenciario.154
Tinchebrai (al oeste de Flers) es un verdadero centro de una gran variedad de pequeños artículos de hierro, nácar y cuerno.
- Toda clase de ferretería y cerraduras son fabricadas por los campesinos durante el tiempo que pueden sustraer a la agricultura, y verdaderas obras de arte, algunas de las cuales fueron muy admiradas en la exposición de 1889, son producidas por estos humildes escultores campesinos en cuerno, nácar y hierro.
Más al sur, el pulido de artículos de mármol se lleva a cabo en numerosos pequeños talleres, dispersos alrededor de Solesmes y agrupados en torno a un establecimiento central donde las piezas de mármol son desbastadas con la ayuda de vapor, para ser terminadas en los pequeños talleres de las aldeas.
En Sablé, los trabajadores de esa rama, que son todos propietarios de sus casas y jardines, disfrutan de un verdadero bienestar especialmente observado por nuestro viajero.155
En las regiones boscosas del Perche y del Maine encontramos toda clase de industrias madereras que evidentemente solo han podido mantenerse gracias a la posesión comunal de los bosques. Cerca del bosque de Perseigne hay un pequeño burgo, Fresnaye, que está poblado enteramente por trabajadores de la madera.
“No hay una sola casa —escribe Ardouin Dumazet— en la que no se fabriquen artículos de madera. Hace algunos años había poca variedad en sus productos; solo se hacían cucharas, saleros, cajas para pastores, balanzas, diversas piezas de madera para tejedores, flautas y óboes, husos, medidas de madera, embudos y cuencos de madera. Pero París quiso tener mil cosas en las que la madera se combinara con el hierro: ratoneras, perchas para abrigos, cucharillas para mermelada, escobas... Y ahora cada casa tiene un taller que contiene ya sea un torno, o algunas máquinas herramientas para cortar madera, para hacer celosías, etcétera... Nació una industria completamente nueva y ahora se fabrican las cosas más coquetas. Gracias a esta industria, la población es feliz. Las ganancias no son altas, pero cada trabajador posee su casa y su jardín, y de vez en vez un trozo de campo.” 156
En Neufchatel se hacen zuecos de madera, y la pequeña aldea, según nos cuentan, presenta un aspecto de lo más risueño. A cada casa le corresponde un jardín, y no se vislumbra nada de la miseria de las grandes ciudades. En Jupilles y en los alrededores se producen otras variedades de artículos de madera: espiches, cajas de diferentes tipos, junto con zuecos; mientras que en el bosque de Vibraye se han erigido dos talleres para fabricar mangos de paraguas por millones para toda Francia. Como uno de estos talleres fue fundado por un obrero escultor, este ha inventado e introducido en su taller las máquinas-herramienta más ingeniosas. Cerca de 150 hombres trabajan en esta fábrica; pero es evidente que media docena de talleres más pequeños, dispersos por las aldeas, habrían dado el mismo resultado.
Y pasando ahora a una región bastante diferente, la de Nièvre, en el centro de Francia, y la del Alto Marne, en el este, hallamos que ambas regiones son grandes centros de una variedad de pequeñas industrias, algunas de las cuales se sostienen mediante asociaciones de trabajadores, mientras que otras han crecido a la sombra de las fábricas.
Los pequeños talleres siderúrgicos que antiguamente cubrían el país no han desaparecido: han experimentado una transformación; y ahora el campo está salpicado de pequeños talleres donde se fabrican maquinaria agrícola, productos químicos y cerámica; «habría que ir hasta Guérigny y Fourchambault para encontrar la gran industria» 157, mientras que una serie de pequeños talleres dedicados a la fabricación de diversos artículos de ferretería prosperan junto a los centros industriales y debido a la proximidad a estos.
La alfarería constituye la fortuna del valle del Loira en las inmediaciones de Nevers. En esta ciudad se elabora cerámica artística de gran calidad, mientras que en los pueblos se fabrica loza corriente que es exportada por comerciantes que recorren los ríos en sus barcos para venderla.
En Gien se ha establecido recientemente una gran fábrica de botones de porcelana (hechos de polvo de felpato aglutinado con leche), que da empleo a 1.500 obreros, los cuales producen de 3.500 a 4.500 libras de botones al día. Y, como suele suceder a menudo, una parte del trabajo se realiza en los pueblos.
A lo largo de muchas millas en ambas orillas del Loira, en todas las aldeas, los ancianos, las mujeres y los niños cosen los botones a las cartulinas. Por supuesto, ese tipo de labor está miserablemente pagado; pero se recurre a él únicamente porque no existe ningún otro tipo de industria en las inmediaciones a la que los campesinos puedan dedicar su tiempo libre.
En la misma región del Alto Marne, especialmente en los alrededores de Nogent, encontramos la cuchillería como una ocupación secundaria a la agricultura. La propiedad territorial está muy fraccionada en esa parte de Francia, y un gran número de campesinos posee apenas de dos a tres acres por familia, o incluso menos.
En consecuencia, en treinta pueblos alrededor de Nogent, unos 5.000 hombres se dedican a la cuchillería, principalmente de la más alta calidad (a veces se venden cuchillos artísticos por hasta 20 libras esterlinas la pieza), mientras que las clases inferiores se fabrican en los alrededores de Thiers, en Puy-de-Dôme (Auvernia).
La industria de Nogent se ha desarrollado espontáneamente, sin ayuda exterior, y en su parte técnica muestra un progreso considerable. 158
En Thiers, donde se fabrican las clases de cuchillería más baratas, la división del trabajo, la baratura de los alquileres para pequeños talleres provistos de fuerza motriz por el río Durolle o por pequeños motores de gas, la ayuda de una gran variedad de máquinas-herramienta especialmente inventadas y la combinación existente del trabajo a máquina con el trabajo a mano han dado como resultado tal perfección en la parte técnica del oficio que se considera dudoso que el sistema fabril pudiera economizar aún más el trabajo. 159
Durante doce millas a la redonda de Thiers, en todas direcciones, todos los pequeños arroyos están salpicados de pequeños talleres en los que trabajan campesinos que continúan cultivando sus campos.
La cestería vuelve a ser una importante industria doméstica en varias regiones de Francia, concretamente en Aisne y en Haute-Marne. En este último departamento, en Villaines, todo el mundo es cestero, «y todos los cesteros pertenecen a una sociedad cooperativa», señala Ardouin Dumazet.160
«No hay patronos; toda la producción se lleva una vez cada quince días a los almacenes de la cooperativa y allí se vende para la asociación. Unas 150 familias pertenecen a ella, y cada una posee una casa y algunos viñedos».
En Fays-Billot, también en Haute-Marne, 1.500 cesteros pertenecen a una asociación; mientras que en Thiérache, donde varios miles de hombres se dedican al mismo oficio, no se ha formado ninguna asociación, siendo los ingresos consecuentemente extremadamente bajos.
Otro centro muy importante de pequeños oficios es el Jura francés, o la parte francesa de las montañas del Jura, donde la industria relojera ha alcanzado, como es sabido, un alto desarrollo. Cuando visité estos pueblos entre la frontera suiza y Besanzón en el año 1878, me llamó la atención el alto grado de bienestar relativo que pude observar, aun cuando estaba perfectamente familiarizado con los pueblos suizos del Val de Saint Imier. Es muy probable que los relojes hechos a máquina hayan provocado una crisis en la relojería francesa, al igual que lo han hecho en Suiza. Pero se sabe que una parte, al menos, de los relojeros suizos ha luchado enérgicamente contra la necesidad de ser incorporados a las fábricas, y que mientras las fábricas de relojes crecían en Ginebra y en otros lugares, un número considerable de relojeros se ha dedicado a diversos otros oficios que continúan desarrollándose como industrias domésticas o de pequeña escala. Solo debo añadir que en el Jura francés un gran número de relojeros era al mismo tiempo propietario de sus casas y jardines, muy a menudo de parcelas de campo y, especialmente, de prados comunales, y que las fruitières, o lecherías comunales, para la venta en común de mantequilla y queso, están muy extendidas en esa parte de Francia.
Por lo que pude averiguar, el desarrollo de la industria de relojes hechos a máquina no ha destruido las pequeñas industrias de las colinas del Jura. Los relojeros se han volcado en nuevas ramas y, al igual que en Suiza, han creado varias industrias nuevas. De los viajes de Ardouin Dumazet podemos, en cualquier caso, extraer una visión del estado actual de la parte meridional de esta región.
En los barrios de Nantua y Cluses se teje seda en casi todos los pueblos, y los campesinos dedican a la textilería el tiempo libre que les deja la agricultura, mientras que un buen número de pequeños talleres (en su mayoría de menos de veinte telares, y uno de cien) se encuentran dispersos por los pueblecitos, junto a los arroyos que bajan de las colinas.
Numerosos pequeños aserraderos se han construido también a lo largo del arroyo Merloz, para la fabricación de toda clase de pequeños y bonitos objetos de madera.
En Oyonnax, una pequeña localidad a orillas del Ain, tenemos un gran centro de fabricación de peines, una industria con más de 200 años de antigüedad que ha cobrado un nuevo desarrollo desde la última guerra gracias a la invención del celuloide.
Nada menos que de 100 a 120 «maestros» emplean de dos a quince trabajadores cada uno, mientras que más de 1.200 personas trabajan en sus casas, fabricando peines con cuerno irlandés y celuloide francés.
La fuerza motriz se alquilaba antiguamente en pequeños talleres, pero últimamente se ha introducido la electricidad, generada por una cascada, y ahora se distribuye en las casas para poner en marcha pequeños motores de un cuarto a doce caballos de fuerza.
Y es notable observar que tan pronto como la electricidad dio la posibilidad de regresar al trabajo doméstico, 300 obreros abandonaron de inmediato los pequeños talleres y se pusieron a trabajar en sus casas.
La mayoría de estos trabajadores tienen sus propias casitas y jardines, y muestran un espíritu de asociación muy interesante. También han erigido cuatro talleres para la fabricación de cajas de cartón, y su producción está valorada en 2.000.000 de francos cada año. 161
En Saint-Claude, que es un gran centro de pipas de brezo (que se venden en grandes cantidades en Londres con marcas comerciales inglesas y, por tanto, son ávidamente compradas por los franceses que visitan Londres como un recuerdo del otro lado del canal), talleres grandes y pequeños, abastecidos con fuerza motriz por el arroyo Tacon, prósperan unos al lado de otros.
Más de 4.000 hombres y mujeres están empleados en este oficio, mientras que todo tipo de pequeños oficios auxiliares han crecido a su lado (boquillas de ámbar y cuerno, fundas, etc.).
Incontables talleres pequeños se afanan también, a la orilla de los dos arroyos, en la fabricación de todo tipo de artículos de madera: cerillas, cuentas, estuches para gafas, pequeños objetos de cuerno y demás, por no hablar de una fábrica bastante grande (200 trabajadores) donde se fabrican medidas métricas para todo el mundo.
Al mismo tiempo, miles de personas en Saint-Claude, en los pueblos vecinos y en las aldeas de montaña más pequeñas, se ocupan en tallar diamantes (una industria con apenas quince años de existencia en esta región), y otros miles se dedican a tallar diversas piedras menos preciosas. Todo esto se realiza en talleres bastante pequeños abastecidos por energía hidráulica. 162
La extracción de hielo de algunos lagos y la recolección de corteza de roble para las tenerías completan el cuadro de estos bulliciosos pueblos, donde la industria da la mano a la agricultura, y las máquinas y aparatos modernos se ponen tan bien al servicio de los pequeños talleres.
Por otra parte, en Besançon, que era, en 1878, cuando la visité, un gran centro relojero, «en conjunto, aún no se ha cambiado nada en los hábitos de la clase obrera», escribía M. Dumazet en 1901. Los relojeros continuaban trabajando en sus casas o en pequeños talleres. 163
Solo que no existía una fabricación completa del reloj o del péndulo. Muchas piezas importantes —las ruedas, etc.— se importaban de Suiza o de diferentes ciudades de Francia. Y, como ocurre siempre, numerosos pequeños talleres secundarios para la fabricación de las cajas de los relojes, las agujas, etcétera, surgieron en ese vecindario.
Lo mismo hay que decir de Montbéliard, otro centro importante de la relojería.
Junto a las fábricas, donde todas las piezas del mecanismo del reloj se fabrican mediante maquinaria, existe un buen número de talleres donde diversos componentes del reloj son elaborados por artesanos cualificados; y esta industria ya ha dado a luz a una nueva rama: la fabricación de diversas herramientas para estos talleres, así como para otros diferentes oficios.
En otras partes de la misma región, como en Héricourt, toda una serie de pequeñas industrias ha crecido junto a las grandes fábricas de ferretería.
La ciudad se extiende hacia las aldeas, donde la población fabrica molinillos de café, molinillos de especias, máquinas para triturar el grano para el ganado, así como guarnicionería, pequeña ferretería o incluso relojes.
En otras partes, habiendo sido monopolizada la fabricación de diferentes piezas pequeñas del reloj por las fábricas, los talleres comenzaron a fabricar las piezas pequeñas de las bicicletas, y más tarde de los automóviles.
En resumen, tenemos aquí todo un mundo de industrias de origen moderno, y con ellas de inventos hechos para simplificar el trabajo de la mano.
Por último, omitiendo una multitud de pequeños oficios, solo nombraré a los sombreros de la Loira, la papelería de la Ardèche, la fabricación de ferretería en el Doubs, los guanteros de la Isère, los fabricantes de escobas y cepillos de la Oise (valorados en 800.000 libras esterlinas al año) y la tejeduría mecánica doméstica en los alrededores de Troyes.
Pero debo decir algunas palabras más sobre dos centros importantes de pequeñas industrias: la región de Lyon y París.
En la actualidad, la región industrial de la que Lyon es el centro 164 abarca los departamentos de Rhône, Loire, Drôme, Saône-et-Loire, Ain, la parte meridional del departamento de Jura y la parte occidental de Saboya, hasta Annecy, mientras que la cría del gusano de seda se extiende hasta los Alpes, las montañas de las Cévennes y los alrededores de Mâcon.
Además de llanuras fértiles, comprende grandes zonas montañosas, por lo general también muy fértiles, pero cubiertas de nieve durante una parte del invierno, por lo que las poblaciones rurales se ven obligadas a recurrir a alguna ocupación industrial además de la agricultura; la encuentran en el tejer la seda y en diversas pequeñas industrias.
En conjunto, puede decirse que la région lyonnaise se caracteriza como un centro independiente de la civilización y el arte franceses, y que en ella se ha desarrollado un notable espíritu de investigación, descubrimiento e invención en todas las direcciones: científica e industrial.
La Croix-Rousse en Lyon, donde los tejedores de seda (canuts) tienen sus barrios principales, es el centro de esa industria, y en 1895 toda esa colina, densamente poblada de casas de cinco, seis, ocho y diez pisos, resonaba con el ruido de los telares que funcionaban sin descanso en cada rincón de esa gran aglomeración.
Recientemente se ha incorporado la electricidad al servicio de esta industria doméstica, suministrando fuerza motriz a los telares.
Al sur de Lyon, en la ciudad de Vienne, el tejido a mano está desapareciendo.
El «shoddy» (paño regenerado) es ahora el principal producto, y solo quedan veintiocho empresas de las 120 fabriques que existían hace treinta años. Viejos trapos de lana, jirones de alfombras y todo el polvo procedente del cardado y la hilatura en las fábricas de lana y algodón del norte de Francia, con una pequeña adición de algodón, se transforman aquí en telas que fluyen desde Vienne hacia todas las grandes ciudades de Francia —20 000 yardas de «shoddy» cada día— para abastecer a las fábricas de confección de ropa.
Evidentemente, el tejido a mano no tiene cabida en esa industria y, en 1890, solo funcionaban 1300 telares manuales de los 4000 que estaban en marcha en 1870. Grandes fábricas, que emplean a un total de 1800 trabajadores, han ocupado el lugar de estos tejedores manuales, mientras que el «shoddy» ha sustituido a la tela. Toda clase de franelas, sombreros de fieltro, tejidos de crin de caballo y demás se fabrican al mismo tiempo.
Pero mientras la gran fábrica conquistaba así la ciudad de Vienne, sus suburbios y su entorno más cercano se convirtieron en el centro de una próspera horticultura y arboricultura frutal, que ya se ha mencionado en el capítulo IV.
Las orillas del Ródano, entre Ampuis y Condrieu, son una de las regiones más ricas de toda Francia, debido a los arbustos y viveros, la horticultura, la fruticultura, el cultivo de la vid y la elaboración de queso de leche de cabra.
Las industrias domésticas van allí de la mano de un cultivo inteligente de la tierra; Condrieu, por ejemplo, es un centro famoso de bordados, que se hacen en parte a mano, como antiguamente, y en parte a máquina.
Al oeste de Lyon, en L’Arbresle, han surgido fábricas para la producción de sedas y terciopelos; pero una gran parte de la población sigue tejiendo en sus casas; mientras que más al oeste, Panissières es el centro de un buen número de pueblos en los que el lino y las sedas se tejen como industria doméstica.
No todos estos trabajadores son dueños de sus casas, pero se dice que aquellos, al menos, que poseen o alquilan un pequeño terreno o jardín, o mantienen un par de vacas, están en buena situación, y por regla general se dice que la tierra está admirablemente cultivada por estos tejedores.
El principal centro industrial de esta parte de la región lionesa es ciertamente Tarare. En la época en que Reybaud escribió su ya mencionada obra, Le Coton, era un centro de fabricación de muselinas y ocupaba en esta industria la misma posición que Leeds ocupaba antiguamente en este país en el comercio de tejidos de lana.
Las hilanderías y las grandes fábricas de apresto estaban en Tarare, mientras que el tejido de las muselinas y su bordado se realizaban en los pueblos de los alrededores, especialmente en las zonas montañosas del Beaujolais y el Forez.
Cada casa campesina, cada granja y métayerie eran pequeños talleres en aquella época, y se podía ver, escribía Reybaud, al muchacho de veinte años bordando muselina fina después de terminar de limpiar los establos de la granja, sin que el trabajo perdiera delicadeza por la combinación de dos ocupaciones tan variadas.
Por el contrario, la delicadeza de la labor y la extrema variedad de los diseños eran un rasgo distintivo de las muselinas de Tarare y una causa de su éxito. Todos los testimonios coincidían al mismo tiempo en reconocer que, mientras la agricultura encontraba apoyo en la industria, la población agrícola gozaba de un bienestar relativo.
Para esta época la industria ha sufrido una transformación total, pero todavía nada menos que 60.000 personas, que representan una población de unas 250.000 almas, trabajan para Tarare en las regiones montañosas, tejiendo toda clase de muselinas para todas partes del mundo, y ganan cada año 480.000 libras esterlinas de este modo.
Amplepuis, a pesar de sus propias fábricas de sedas y mantas, sigue siendo uno de los centros locales de tales muselinas; mientras que muy cerca, Thizy es un centro para una variedad de forros, franelas, «sargas peruanas», «oxfords» y otros tejidos mixtos de lana y algodón que son tejidos en las montañas por los campesinos.
No menos de 3.000 telares manuales se encuentran así dispersos en veintidós pueblos, y alrededor de 600.000 libras esterlinas en varios tejidos son tejidas cada año por los tejedores rurales solo en esta vecindad; mientras que 15.000 telares mecánicos están en funcionamiento tanto en Thizy como en la gran ciudad de Roanne, en cuyas dos ciudades se tejen por millones de yardas todas las variedades de algodones (forros, flanelitas, tela para delantales) y mantas de seda en las fábricas.
En Cours, 1.600 obreros se emplean en la fabricación de «mantas», principalmente de la peor especie (incluso de las que se venden a 2 chelines y hasta a 10 peniques la pieza, para la exportación a Brasil); todos los trapos y despojos posibles e imaginables de toda clase de fábricas textiles (yute, algodón, lino, cáñamo, lana y seda) se utilizan en esa industria, en la cual la fábrica resulta, por supuesto, plenamente victoriosa.
Pero incluso en Roanne, donde la fabricación de algodones ha alcanzado un gran grado de perfección y 9.000 telares mecánicos están en funcionamiento, produciendo cada año más de 30.000.000 de yardas, incluso en Roanne se descubre con asombro que las industrias domésticas no están muertas, sino que rinden cada año la respetable cantidad de más de 10.000.000 de yardas de tejidos.
Al mismo tiempo, en los alrededores de esa gran ciudad, la industria del tricotado de fantasía ha tomado en los últimos treinta años un desarrollo repentino. Solo 2.000 mujeres se empleaban en ella en 1864, pero sus números fueron estimados por el señor Dumazet en 20.000; y, sin abandonar su trabajo rural, encuentran tiempo para tejer, con la ayuda de pequeñas máquinas de tricotar, toda clase de artículos de fantasía en lana, cuyo valor anual alcanza las 6360.000 libras esterlinas.
No ha de pensarse, sin embargo, que los textiles y los oficios relacionados son las únicas pequeñas industrias de esta localidad.
Decenas de diversas industrias rurales continúan existiendo además, y en casi todas ellas los métodos de producción se mejoran continuamente. Así, cuando la fabricación rural de sillas sencillas dejó de ser rentable, se empezaron a fabricar en los pueblos artículos de lujo y sillas con estilo, y transformaciones similares se encuentran en todas partes.
Más detalles sobre esta región sumamente interesante se encontrarán en el Apéndice, pero es preciso hacer una observación en este lugar.
A pesar de sus grandes industrias y minas de carbón, esta parte de Francia ha conservado enteramente su aspecto rural, y es hoy una de las zonas mejor cultivadas del país.
Lo que más merece admiración no es tanto el desarrollo de las grandes industrias, que, al fin y al cabo, aquí como en todas partes, son en gran medida internacionales en sus orígenes, como las facultades creativas e inventivas y la capacidad de adaptación que se manifiestan entre la gran masa de estas poblaciones laboriosas.
A cada paso, en el campo, en el jardín, en el huerto, en la lechería, en las artes industriales, en los cientos de pequeñas invenciones dentro de estas artes, se vislumbra el genio creador del pueblo.
En estas regiones se comprende mejor por qué Francia, tomando la masa de su población, es considerada el país más rico de Europa.166
El principal centro de los pequeños oficios en Francia es, sin embargo, París. Allí encontramos, junto a las grandes fábricas, la mayor variedad de pequeños oficios para la fabricación de mercancías de toda clase, tanto para el mercado nacional como para la exportación.
Los pequeños oficios en París predominan de tal modo sobre las fábricas que el número medio de obreros empleados en las 98.000 fábricas y talleres de París es inferior a seis, mientras que el número de personas empleadas en talleres que cuentan con menos de cinco operarios es casi el doble que el número de personas empleadas en los establecimientos mayores. 167
De hecho, París es una gran colmena donde cientos de miles de hombres y mujeres fabrican en pequeños talleres toda suerte de artículos posibles que requieren destreza, gusto e inventiva.
Estos pequeños talleres, en los que tanto se alaban el acabado artístico y la rapidez en el trabajo, estimulan necesariamente las facultades mentales de los productores; y podemos admitir sin riesgo a equivocarnos que si los obreros de París son considerados por lo general, y lo son en realidad, más desarrollados intelectualmente que los trabajadores de cualquier otra capital europea, esto se debe en gran medida a la índole del trabajo que realizan —un trabajo que implica gusto artístico, destreza y, sobre todo, inventiva, siempre alerta para idear nuevos modelos de productos y para aumentar y perfeccionar constantemente los métodos técnicos de producción—.
También parece muy probable que si encontramos una población trabajadora altamente desarrollada en Viena y Varsovia, esto dependa a su vez, en muy gran medida, del desarrollo considerable de industrias pequeñas similares, que estimulan la invención y contribuyen tanto a desarrollar la inteligencia del obrero.
La Galerie du travail en las exposiciones de París es siempre un espectáculo de lo más notable. En ella se puede apreciar tanto la variedad de las pequeñas industrias que se llevan a cabo en las ciudades francesas como la habilidad y las facultades inventivas de los trabajadores.
Y surge necesariamente la pregunta:
¿Deben ser barridas toda esta habilidad y toda esta inteligencia por la fábrica, en vez de convertirse en una nueva y fecunda fuente de progreso bajo una mejor organización de la producción? ¿Deben desaparecer toda esta independencia y capacidad de inventiva del obrero ante la nivelación fabril? y, si así fuera, ¿sería tal transformación un progreso, como tantos economistas que solo han estudiado cifras y no seres humanos están dispuestos a sostener?
Sea como fuere, es muy seguro que, aun cuando la absorción de los pequeños oficios franceses por las grandes fábricas fuera posible —lo que parece sumamente dudoso—, dicha absorción no se llevaría a cabo tan pronto. La pequeña industria de París lucha duramente por su subsistencia, y demuestra su vitalidad mediante las innumerables máquinas herramienta que los obreros inventan continuamente para mejorar y abatar el producto.
El número de motores que se exhibieron en las últimas exposiciones de la Galerie du travail da testimonio del hecho de que un motor barato, destinado a la pequeña industria, es uno de los principales problemas de la época. En 1889 se expusieron motores que pesaban tan solo cuarenta y cinco libras, incluida la caldera, para responder a esa necesidad. Los pequeños motores de dos caballos de fuerza, fabricados por los ingenieros del Jura (antiguos relojeros) en sus pequeños talleres, fueron en ese momento otro intento de resolver el problema, por no hablar de los motores de agua, gas y eléctricos. 168 La transmisión de energía de vapor a 230 pequeños talleres efectuada por la Société des Immeubles industriels constituyó otro intento en la misma dirección, y los crecientes esfuerzos de los ingenieros franceses por hallar los mejores medios de transmitir y subdividir la energía mediante aire comprimido, «cables tole-dinámicos» y electricidad son indicativos de los empeños de la pequeña industria por mantener su posición frente a la competencia de las fábricas. (Véase el Apéndice V.)
Tales son las pequeñas industrias en Francia, tal como han sido descritas por observadores que las vieron sobre el terreno. Es, sin embargo, de gran interés poseer datos estadísticos exactos relativos a la expansión de las pequeñas industrias, y conocer su importancia en comparación con la gran industria.
Por fortuna, en el año 1896 se realizó un censo general de las industrias francesas; sus resultados se han publicado íntegramente bajo el título de Résultats statistiques du recensement des industries et des professions, y en el cuarto volumen de esta obra fundamental encontramos un excelente resumen de los principales resultados del censo, escrito por M. Lucien March.
Doy un résumé de estos resultados en el Apéndice, ya que de otro modo me habría visto obligado, al hablar de la distribución de la gran y la pequeña industria en Francia, a repetir en gran medida lo que ya he dicho en este mismo capítulo al hablar del Reino Unido. Hay tantas cosas en común en la distribución de las pequeñas y grandes fábricas en las diferentes ramas industriales de ambos países que habría resultado una repetición tediosa. Así pues, doy aquí únicamente los datos principales y remito al lector al Apéndice W.
La distribución general de la población obrera en grandes, medianas y *pequeñas fábricas en el año 1896 fue la siguiente.
Antes que nada existía la gran división de artesanos independientes que trabajaban solos, y de obreros y obreras que carecían de empleo permanente el día del censo. Parte de esta gran división pertenece a la agricultura pero, tras haber deducido los establecimientos agrícolas, el Sr. March llega a la cifra de 483.000 establecimientos pertenecientes a esta categoría en la industria, y 1.047.000 personas de ambos sexos que trabajaban en estos establecimientos, o adscritas temporalmente a algún establecimiento industrial.
A estos debemos añadir 37.705 establecimientos industriales, donde no se emplea a ningún obrero asalariado, sino que el jefe del establecimiento trabaja con la ayuda de los miembros de su propia familia. Tenemos así, en estas dos divisiones, unos 520.700 establecimientos y 1.084.700 personas que inscribo en la siguiente tabla bajo el título de «Sin operarios asalariados». La tabla aparece entonces de la siguiente manera: —
| Número de establecimientos y dependientes | Número de agentes | |
|---|---|---|
| Total (con primera división) | 1.096.229 | 4.196.400 |
| Ningún agente contratado | 520.700 | 1.084.700 |
| De 1 a 10 empleados | 539,449 | 1.134.700 |
| Del 11 al 50 ” | 28,626 | 585.000 |
| Del 51 al 100 ” | 3.865 | 268.000 |
| Del 101 al 500 ” | 3.145 | 616.000 |
| Del 501 al 1000 ” | 295 | 195.000 |
| Más de 1000 ” | 149 | 313.000 |
| 575.529 | 3.111.700 |
Estas cifras hablan por sí mismas y muestran la inmensa importancia que la pequeña industria tiene en Francia.
Más detalles, que muestran la distribución de la gran, mediana y pequeña industria en las diferentes ramas, se encontrarán en el Apéndice, y allí el lector también verá qué parecido tan sorprendente ofrece bajo este aspecto la industria de Francia y la del Reino Unido.
En el próximo capítulo se verá por un censo similar que Alemania se encuentra exactamente en la misma posición.
Habría sido muy interesante comparar la distribución actual de las industrias en Francia con la que existía anteriormente. Pero M. Lucien March nos dice que «ninguna estadística anterior a 1896 nos ha proporcionado el conocimiento de dicha distribución».
Aun así, una encuesta realizada entre 1840 y 1845, y que M. March considera «muy completa en cuanto a los establecimientos más importantes que empleaban a más de cincuenta obreros», fue elaborada por él, y descubrió que tales establecimientos ascendían a 3.300 en 1840; en 1896 ya habían alcanzado la cifra de 7.400, y en ellos trabajaba más del cincuenta y cinco por ciento de todos los obreros empleados en la industria.
En cuanto a los establecimientos que empleaban a más de 500 personas —los cuales sumaban 133 en 1840 (el seis por ciento de todos los obreros)—, alcanzaron la cifra de 444 en 1896, y en ellos estaba empleado el dieciséis por ciento de todos los obreros.
La conclusión que hay que sacar de estos hechos la formula así el Sr. March:
“En resumen, durante los últimos cincuenta años ha tenido lugar una concentración notable de las fábricas en los grandes establecimientos; pero los resultados recién mencionados, respaldados por las estadísticas de las patentes, nos permiten reconocer que esta concentración no impide el mantenimiento de una masa de pequeñas empresas, cuyos tamaños medios aumentan solo muy lentamente”.
Esto último es, de hecho, lo que acabamos de ver a partir de nuestro breve esbozo para el Reino Unido, y solo podemos preguntarnos si —siendo tales los hechos— la palabra «concentración» está bien elegida.
Lo que vemos en realidad es la aparición, en algunas ramas de la industria, de un cierto número de grandes establecimientos y, especialmente, de fábricas de tamaño mediano. Pero esto no impide en lo más mínimo que sigan existiendo un gran número de pequeñas fábricas, ya sea en otras ramas o en esas mismas ramas donde han aparecido las grandes fábricas (los textiles, el trabajo en metal), o bien en ramas vinculadas a las principales, que tienen su origen en estas principales, del mismo modo que la industria de la confección tiene su origen en la de los textiles.
Esta es la única conclusión que un análisis serio nos permite extraer de los hechos sacados a la luz por el censo de 1896 y las observaciones posteriores.
En cuanto a las grandes deducciones sobre la «concentración» hechas por ciertos economistas, no son más que hipótesis —útiles, por supuesto, para estimular la investigación, pero que resultan bastante odiosas cuando se presentan como leyes económicas, cuando en realidad no están confirmadas en absoluto por el testimonio de hechos cuidadosamente observados.
Las diversas industrias que aún han conservado en Alemania los caracteres de oficios pequeños y domésticos han sido objeto de muchas exploraciones exhaustivas, especialmente por parte de A. M. Thun y el prof. Issaieff, en nombre de la Comisión Rusa de Pequeños Oficios, Emanuel Hans Sax, Paul Voigt y muchísimos otros.
Para este momento el tema cuenta con una literatura voluminosa, y se han trazado a partir de la vida real cuadros tan impresionantes y sugestivos para diferentes regiones y oficios que me sentí tentado a resumir estas descripciones fieles a la vida. Sin embargo, como en un resumen así tendría que repetir mucho de lo que ya se ha dicho e ilustrado en el capítulo precedente, probablemente le interese más al lector general conocer algo sobre las conclusiones que pueden extraerse de las obras de los investigadores alemanes,169 y conocer las conclusiones que pueden extraerse de los tres censos de industrias que se han realizado en Alemania en los años 1882, 1895 y 1907. Esto es lo que voy a hacer.
Desgraciadamente, la discusión sobre este importante tema ha asumido a menudo en Alemania un carácter apasionado y hasta de agresión personal. 170
Por un lado, los elementos ultraconservadores de la política alemana intentaron, y lograron en cierta medida, hacer de los pequeños oficios y de las industrias domésticas un instrumento para asegurar el retorno a los «viejos y buenos tiempos». Incluso aprobaron una ley destinada a preparar la reintroducción de las corporaciones tradicionales, cerradas y patriarcales, que pudieran quedar bajo la estrecha supervisión y tutela del Estado, y vieron en dicha ley un arma contra la socialdemocracia.
Por otro lado, los socialdemócratas, justamente opuestos a tales medidas, pero inclinados a su vez a adoptar un punto de vista demasiado abstracto sobre las cuestiones económicas,atacan encarnizadamente a todos aquellos que no se limitan a repetir las frases estereotipadas de que «los pequeños oficios están en decadencia» y «cuanto antes desaparezcan, mejor», puesto que dejarán espacio a la centralización capitalista, la cual, según el credo socialdemócrata, «pronto logrará su propia ruina». En esta aversión hacia las pequeñas industrias coinciden, por supuesto, con los economistas de la escuela ortodoxa, a quienes combaten en casi todos los demás puntos. 171
Bajo tales condiciones, las polémicas sobre los pequeños oficios y las industrias domésticas están evidentemente condenadas a seguir siendo de lo más infructuosas.
Sin embargo, es gratificante ver que se ha realizado una cantidad considerable de trabajo de la mayor conciencia para la investigación de los pequeños oficios en Alemania; y, junto a tales monografías, de las cuales nada puede aprenderse salvo que los trabajadores de los pequeños oficios se encuentran en una condición miserable, y nada en absoluto puede extraerse para explicar por qué estos trabajadores prefieren sus condiciones a las de los obreros fabriles, no faltan monografías muy detalladas (como las de Thun, Em. H. Sax, Paul Voigt sobre los ebanistas de Berlín, etc.), en las cuales se contempla toda la vida de estas clases de trabajadores, las dificultades con las que tienen que lidiar y las condiciones técnicas del oficio, y se hallan todos los elementos para un juicio independiente sobre el asunto.
Es evidente que una serie de pequeños oficios están ya condenados a desaparecer; pero hay otros, por el contrario, que están dotados de una gran vitalidad, y todas las probabilidades están a favor de que sigan existiendo y adquieran un mayor desarrollo durante muchos años. En la fabricación de aquellos tejidos que se tejen por millones de yardas, y que se producen mejor con la ayuda de una maquinaria compleja, la competencia del telar de mano frente al telar mecánico no es evidentemente más que una supervivencia, que puede mantenerse durante algún tiempo debido a ciertas condiciones locales, pero que al final ha de extinguirse.
Lo mismo ocurre con respecto a muchas ramas de las industrias del hierro, la fabricación de ferretería, la alfarería, etcétera.
Pero dondequiera que se requiere la intervención directa del gusto y la inventiva, dondequiera que deben introducirse continuamente nuevos modelos de artículos que exigen una renovación constante de la maquinaria y las herramientas para alimentar la demanda, como ocurre con todos los textiles de fantasía, aun cuando se fabriquen para abastecer a los millones; dondequiera que se da una gran variedad de bienes y la invención ininterrumpida de otros nuevos, como sucede en el comercio de juguetes, en la fabricación de instrumentos, la relojería, la fabricación de bicicletas, etcétera; y finalmente, dondequiera que el sentimiento artístico del trabajador individual constituye la mejor parte de sus productos, como sucede en cientos de ramas de pequeños artículos de lujo, existe un amplio campo para los pequeños oficios, los talleres rurales, las industrias a domicilio y similares.
Más aire fresco, más ideas, más concepciones generales y más cooperación se requieren evidentemente en esas industrias. Pero donde el espíritu de iniciativa se ha despertado de un modo u otro, vemos que las pequeñas industrias cobran un nuevo desarrollo en Alemania, como acabamos de ver que ocurre en Francia.
Ahora bien, en casi todos los pequeños oficios de Alemania, la situación de los trabajadores se describe unánimemente como de la mayor miseria, y los numerosos admiradores de la centralización que encontramos en Alemania insisten siempre en esta miseria para predecir, y exigir, la desaparición de «esos vestigios medievales» que la «centralización capitalista» debe suplantar en beneficio del trabajador.
La realidad es, sin embargo, que cuando comparamos las miserables condiciones de los trabajadores de los pequeños oficios con las condiciones de los asalariados en las fábricas, en las mismas regiones y en los mismos oficios, vemos que esa misma miseria prevalece entre los trabajadores de las fábricas.
Viven con salarios de entre nueve y once chelines a la semana, en los barrios marginales de las ciudades en lugar del campo. Trabajan once horas al día, y también están expuestos a la miseria adicional que se les impone durante las crisis que se repiten con frecuencia.
Solo después de haber sufrido todo tipo de sufrimientos en sus luchas contra sus patronos, algunos trabajadores de las fábricas logran, más o menos, aquí y allá, arrancar a sus patronos un «salario de subsistencia», y esto, de nuevo, solo en ciertos oficios.
Dar la bienvenida a todos estos sufrimientos, viendo en ellos la acción de una «ley natural» y un paso necesario hacia la concentración necesaria de la industria, sería sencillamente absurdo.
Por otra parte, sostener que la pauperización de todos los trabajadores y la ruina de todas las industrias rurales son un paso necesario hacia una forma superior de organización industrial no sería solo afirmar mucho más de lo que a uno le está permitido bajo el actual estado imperfecto del conocimiento económico, sino demostrar una absoluta falta de comprensión del sentido de las leyes tanto naturales como económicas.
Todo el mundo, por el contrario, que haya estudiado la cuestión del crecimiento de las grandes industrias por sus propios méritos, coincidirá indudablemente con Thorold Rogers, quien consideraba que los sufrimientos infligidos a las clases trabajadoras con ese fin no habían tenido ninguna necesidad en absoluto, y simplemente se habían infligido para satisfacer los intereses temporales de unos pocos —de ningún modo los de la nación—. 172
Además, todo el mundo sabe hasta qué punto se recurre al trabajo de los niños y las niñas, incluso en las fábricas más prósperas —incluso en este país que ocupa el primer puesto en el desarrollo industrial—. En el capítulo anterior se dieron algunas cifras relativas a este tema. Y este hecho no es un accidente que pueda eliminarse fácilmente, como intenta representar Maurice Block, un gran admirador, por supuesto, del sistema fabril. 173
Los bajos salarios pagados a los niños y jóvenes son hoy uno de los elementos necesarios en la baratura de los textiles producidos en fábrica y, por consiguiente, de la propia competencia de la fábrica con los pequeños oficios.
He mencionado además, al hablar de Francia, cuáles son los efectos de las «industrias» concentradas sobre la vida en las aldeas y, tanto en la obra de Thun como en muchas otras, se pueden encontrar suficientes ejemplos espantosos de cuáles son los efectos de las acumulaciones de muchachas en las fábricas.
Idealizar la fábrica moderna, con el fin de denigrar las formas llamadas «medievales» de las pequeñas industrias, es por consiguiente —por decirlo suavemente— tan absurdo como idealizar estas últimas e intentar hacer retroceder a la humanidad al hilado y tejido domésticos y aislados en cada hogar campesino.
Un hecho domina todas las investigaciones que se han realizado sobre las condiciones de las pequeñas industrias. Lo encontramos tanto en Alemania como en Francia o en Rusia. En un número inmenso de oficios no es la superioridad de la organización técnica del oficio en una fábrica, ni las economías realizadas en el motor principal, lo que milita en contra de la pequeña industria y a favor de las fábricas, sino las condiciones más ventajosas para la venta de los productos y para la compra de la materia prima que están a disposición de las grandes empresas. Siempre que se ha superado esta dificultad, ya sea mediante la asociación, o como consecuencia de haberse asegurado un mercado para la venta de los productos, se ha comprobado siempre —primero, que las condiciones de los trabajadores o artesanos mejoraban inmediatamente; y segundo, que se realizaba un rápido progreso en los aspectos técnicos de las industrias respectivas. Se introdujeron nuevos procesos para mejorar el producto o aumentar la rapidez de su fabricación; se inventaron nuevas máquinas herramienta; o se recurrió a nuevos motores; o se reorganizó el oficio de modo que se disminuyeran los costes de producción.
Por el contrario, allí donde los artesanos y trabajadores desvalidos y aislados siguen estando a merced de los compradores al por mayor, quienes siempre —desde los tiempos de Adam Smith— “abierta o tácitamente” acuerdan actuar como un solo hombre para reducir los precios casi hasta un nivel de inanición —y tal es el caso de la inmensa cantidad de pequeñas industrias y de la industria rural—, su condición es tan pésima que solo el anhelo de los trabajadores por una cierta independencia relativa, y su conocimiento de lo que les aguarda en la fábrica, les impide unirse a las filas de los obreros fabriles.
Sabiendo que en la mayoría de los casos la llegada de la fábrica significaría no tener trabajo en absoluto para la mayoría de los hombres, y la incorporación de los niños y las muchachas a la fábrica, hacen todo lo posible por evitar que aparezca siquiera en la aldea.
En cuanto a las combinaciones en las aldeas, la cooperación y cosas por el estilo, nunca hay que olvidar cuán celosamente los gobiernos alemán, francés, ruso y austriaco han impedido hasta ahora que los trabajadores, y en especial los trabajadores rurales, formen cualquier tipo de combinación con fines económicos.
En Francia, los sindicatos campesinos solo fueron permitidos por la ley de 1884. Mantener al campesino en el nivel más bajo posible, mediante impuestos, servidumbre y cosas semejantes, ha sido, y sigue siendo, la política de la mayoría de los Estados continentales.
Fue recién en 1876 cuando se concedió cierta ampliación de los derechos de asociación en Alemania, e incluso ahora una simple asociación cooperativa para la venta de la obra de los artesanos es pronto catalogada como «asociación política» y sometida como tal a las limitaciones habituales, como la exclusión de las mujeres y otras similares.174
Un ejemplo sorprendente de esa política con respecto a una asociación rural fue dado por el prof. Isaíev, quien también mencionó las severas medidas adoptadas por los compradores al por mayor en el comercio de juguetes para impedir que los trabajadores entrasen en contacto directo con compradores extranjeros.
Cuando se examina con algo más que una atención superficial la vida de las pequeñas industrias y sus luchas por la existencia, se ve que, cuando perecen, perecen —no porque «pueda realizarse una economía utilizando un motor de cien caballos de fuerza en vez de cien pequeños motores» (este inconveniente nunca deja de mencionarse, aunque se evita fácilmente en Sheffield, París y muchos otros lugares alquilando talleres con fuerza motriz de poleas suministrada por una máquina central y, más aún, como observó con tanto acierto el prof. W. Unwin, mediante la transmisión eléctrica de potencia).
No perecen porque pueda realizarse una economía sustancial en la producción fabril —en muchos más casos de los que se suele suponer, el hecho es incluso el opuesto—, sino porque el capitalista que establece una fábrica se emancipa de los comerciantes mayoristas y minoristas de materias primas; y, sobre todo, porque se emancipa de los compradores de su producto y puede tratar directamente con el comprador al por mayor y el exportador; o bien concentra en una sola empresa las diferentes etapas de fabricación de un producto determinado.
Las páginas que Schulze-Gäwernitz dedicó a la organización de la industria del algodón en Inglaterra, y a las dificultades con las que tuvieron que lidiar los propietarios de las hilanderías de algodón alemanas mientras dependieron de Liverpool para el algodón en bruto, son de lo más instructivas en este sentido. Y lo que caracteriza al comercio del algodón prevalece también en todas las demás industrias.
Si los cuchilleros de Sheffield que ahora trabajan en sus diminutos talleres, en uno de los edificios antes mencionados provistos de fuerza motriz, fueran incorporados a una gran fábrica, la principal ventaja que se realizaría en la fábrica no sería una economía en los costes de producción, en comparación con la calidad del producto; con una sociedad anónima, los costes tal vez incluso aumentarían.
Y, sin embargo, los beneficios (incluidos los salarios) probablemente serían mayores que las ganancias agregadas de los trabajadores, como consecuencia de la reducción de los costes de compra de hierro y carbón, y de las facilidades para la venta del producto. La gran empresa encontraría así sus ventajas no en factores tales como los impuestas por las necesidades técnicas del oficio en un momento dado, sino en factores que podrían eliminarse mediante una organización cooperativa.
Todas estas son nociones elementales entre los hombres prácticos.
Apenas es necesario añadir que una ventaja adicional que tiene el propietario de una fábrica es que puede encontrar salida incluso para los productos de la calidad más inferior, siempre que haya una cantidad considerable de ellos para vender.
Todos aquellos que están familiarizados con el comercio saben, en efecto, de qué inmenso volumen del comercio mundial consisten los «traperos», patraque, las «mantas de pieles rojas» y artículos similares, enviados en barcos a países lejanos.
Ciudades enteras —acabamos de verlo— no producen otra cosa que «traperos».
En conjunto, puede considerarse como uno de los hechos fundamentales de la vida económica de Europa que la derrota de una serie de pequeños oficios, del trabajo artesanal y de las industrias domésticas se debió a su incapacidad para organizar la venta de sus productos, y no a la producción en sí.
Lo mismo se repite en cada página de la historia económica. La incapacidad de organizar la venta, sin ser esclavizados por el mercader, fue el rasgo principal de las ciudades medievales, que cayeron gradualmente bajo el yugo económico y político del Gremio de Comerciantes, simplemente porque no fueron capaces de mantener la venta de sus manufacturas por parte de la comunidad en su conjunto, ni de organizar la venta de un nuevo producto en interés de la comunidad.
Cuando los mercados para tales productos pasaron a ser Asia por un lado, y el Nuevo Mundo por el otro, tal fue fatalmente el caso; dado que el comercio había dejado de ser comunal y se había vuelto individual, las ciudades se convirtieron en presa de las rivalidades de las principales familias de mercaderes.
Aun hoy en día, cuando vemos que las sociedades cooperativas empiezan a tener éxito en sus talleres de producción, mientras que hace cincuenta años fracasaban invariable y sistemáticamente en su condición de productoras, podemos deducir que la causa de sus anteriores fracasos no residía en su incapacidad para organizar la producción de forma adecuada y económica, sino en su ineptitud para actuar como vendedoras y exportadoras de los productos que habían fabricado.
Sus éxitos actuales, por el contrario, se explican plenamente por la red de sociedades de distribución de la que disponen. La venta se ha simplificado y la producción se ha hecho posible organizando primero el mercado.
Tales son algunas de las conclusiones que pueden extraerse del estudio de las pequeñas industrias en Alemania y en otros lugares.
Y puede afirmarse con seguridad, respecto a Alemania, que si no se adoptan medidas para expulsar a los campesinos de la tierra a la misma escala en que se han adoptado en este país; si, por el contrario, el número de pequeños propietarios se multiplica, estos recurrirán necesariamente a diversos pequeños oficios, además de a la agricultura, como lo han hecho y lo están haciendo en Francia.
Cada paso que se dé, ya sea para despertar la vida intelectual en las aldeas o para garantizar los derechos de los campesinos o del país sobre la tierra, impulsará necesariamente el crecimiento de las industrias en los pueblos.
En este sentido, es sumamente interesante observar las cifras relativas a la distribución de las industrias alemanas en pequeña, mediana y gran industria, aportadas por tres censos industriales realizados durante los últimos treinta años. Pero para estas cifras remito al lector al Apéndice. 175
# Pequeños oficios en otros países
Si valiera la pena ampliar nuestra investigación a otros países, hallaríamos un vasto campo para las observaciones más interesantes en Suiza. Allí veríamos la misma vitalidad en una variedad de pequeñas industrias, y podríamos mencionar lo que se ha hecho en los diferentes cantones para mantener los pequeños oficios mediante tres series diferentes de medidas: la extensión de la cooperación; una amplia difusión de la educación técnica en las escuelas y la introducción de nuevas ramas de producción semuartística en distintas partes del país; y el suministro de fuerza motriz barata en los hogares mediante la transmisión hidráulica o eléctrica de la energía tomada de las cascadas. Podría escribirse un libro aparte, del mayor interés y valor, sobre este tema, especialmente acerca del impulso dado a una serie de pequeños oficios, antiguos y nuevos, mediante el suministro barato de fuerza motriz. Dicho libro ofrecería también un gran interés por cuanto mostraría hasta qué punto esa combinación de la agricultura con la industria, que describí en la primera edición de este libro como «la fábrica en medio de los campos», ha avanzado últimamente en Suiza. Hoy en día llama la atención incluso del viajero ocasional. 176
Bélgica ofrecería un interés igual.
Bélgica es ciertamente un país de industria centralizada, y un país en el que la productividad del trabajador se encuentra en un nivel elevado, alcanzando ahora la elevada cifra de una productividad anual media por cada obrero industrial —hombres, mujeres y niños— de al menos 250 libras esterlinas por cabeza.
- Las minas de carbón en las que se emplean más de mil trabajadores son numerosas, y
- hay un buen número de fábricas textiles en cada una de las cuales ocupan de 300 a 700 trabajadores.
Y sin embargo, si excluimos de la población obrera industrial de Bélgica, que ascendía a 823.920 personas en 1896 (1.102.240 con los empleados, viajeros, supervisores y demás), a los 116.300 trabajadores empleados en las minas de carbón y a los cerca de 165.000 artesanos que trabajan solos o con la ayuda de sus familias, hallamos que de los 565.200 trabajadores restantes, casi exactamente la mitad —es decir, 270.200 personas— trabaja en establecimientos donde se emplea a menos de cincuenta personas, mientras que 95.000 personas de estas últimas están empleadas en 54.500 talleres, los cuales tienen así un promedio de menos de tres trabajadores por taller. 177
Podemos decir, por tanto, que —dejando a un lado las minas— más de una sexta parte de los obreros industriales belgas está empleada en pequeños talleres que cuentan, por término medio, con menos de tres trabajadores cada uno, además del patrón, y que las cuatro décimas partes de todos los trabajadores están empleadas en fábricas y talleres que cuentan, por término medio, con menos de trece trabajadores cada uno. 178
Lo que es aún más notable es que el número de pequeños talleres, en los cuales el maestro emplea únicamente de uno a cuatro ayudantes, alcanza la considerable cifra de 1.867 (2.293 en 1880) en las industrias textiles, a pesar de la alta concentración de una cierta parte 179 de estas industrias.
En cuanto a las fábricas de maquinaria y los comercios de ferretería, los pequeños talleres en los que el maestro trabaja con de dos a cuatro asistentes u oficiales son muy numerosos (más de 13.300), por no hablar de la industria de armas, que es un pequeño oficio por excelencia, y la industria del mueble, que recientemente ha adquirido un gran desarrollo.
Una industria altamente concentrada y una alta productividad, así como un considerable comercio de exportación, que atestiguan el elevado desarrollo industrial del país, van así de la mano con un gran desarrollo de los oficios domésticos y de las pequeñas industrias en general.
Huelga decir que en Austria, Hungría, Italia y hasta en los Estados Unidos, los pequeños oficios ocupan un lugar prominente y desempeñan en el conjunto de la actividad industrial un papel aún mucho mayor que en Francia, Bélgica o Alemania. Pero es sobre todo en Rusia donde podemos apreciar plenamente la importancia de las industrias rurales y los terribles sufrimientos que se infligirán de forma totalmente inútil a la población, si la política del Estado pasa a ser ahora la defendida por una serie de terratenientes y dueños de fábricas —a saber, si el Estado inclina su tremendo peso a favor del empobrecimiento de los campesinos y de la aniquilación artificial de los oficios rurales, con el fin de crear una gran industria centralizada—. 180
Las investigaciones más exhaustivas sobre el estado actual, el crecimiento, el desarrollo técnico de las industrias rurales y las dificultades con las que tienen que lidiar, se han llevado a cabo en Rusia.
Una encuesta casa por casa que abarca a cerca de 1.000.000 de hogares campesinos se ha realizado en varias provincias de Rusia, y sus resultados ya representan 450 volúmenes, impresos por diversos consejos provinciales (Zemstvos).
Además, en los quince volúmenes publicados por el Comité de Artes Menores, y más aún en las publicaciones del Comité Estadístico de Moscú y de muchas asambleas provinciales, encontramos listas exhaustivas que dan el nombre de cada trabajador, la extensión y el estado de sus campos, su ganado, el valor de su producción agrícola e industrial, sus ganancias de ambas fuentes y su presupuesto anual; mientras que cientos de oficios independientes han sido descritos en monografías separadas desde los puntos de vista técnico, económico y sanitario.
Los resultados obtenidos en estas investigaciones fueron verdaderamente imponentes, ya que parecía que de los 80 o 90 millones de habitantes de la propia Rusia europea, nada menos que 7.500.000 personas se dedicaban a los oficios domésticos, y que su producción alcanzaba, según la estimación más baja, a más de 150.000.000 de libras, y muy probablemente a 200.000.000 de libras (2.000.000.000 de rublos) cada año. 181
Superaba así la producción total de la gran industria. En cuanto a la importancia relativa de ambas para las clases trabajadoras, basta decir que incluso en la gobernación de Moscú, que es la principal región manufacturera de Rusia (sus fábricas producen más de una quinta parte del valor de la producción industrial total de la Rusia europea), los ingresos totales obtenidos por la población de las industrias domésticas son tres veces mayores que los salarios totales ganados en las fábricas.
El rasgo más llamativo de los comercios nacionales rusos es que el repentino despegue de las fábricas en Rusia no perjudicó a las industrias nacionales. Por el contrario, dio un nuevo impulso a su expansión; crecieron y se desarrollaron precisamente en aquellas regiones donde las fábricas crecían con mayor rapidez.
Otro rasgo de lo más sugerente es el siguiente: aunque las provincias infértiles de la Rusia central han sido desde tiempos inmemoriales la sede de toda clase de pequeños oficios, en aquellas provincias más favorecidas por el suelo y el clima se están desarrollando varias industrias domésticas de origen moderno.
Así, la gobernación de Stávropol, en el norte del Cáucaso, donde los campesinos disponen de abundante tierra fértil, se ha convertido repentinamente en la sede de una industria de tejeduría de seda de amplio desarrollo en los hogares campesinos, y ahora abastece a Rusia de sedas baratas que han desplazado por completo del mercado a las sedas lisas importadas anteriormente de Francia.
En Oremburgo y en el mar Negro, la fabricación artesanal de maquinaria agrícola, surgida recientemente, es otro ejemplo significativo al respecto.
La capacidad de organización cooperativa de los trabajadores industriales nacionales rusos merecería más que una simple mención de pasada. En cuanto a la baratura de los productos manufacturados en las aldeas, que es realmente asombrosa, no puede explicarse por completo mediante las horas de trabajo extraordinariamente largas y los salarios de hambre, porque el exceso de trabajo y los salarios muy bajos son también característicos de las fábricas rusas. Depende asimismo de la circunstancia de que el campesino que cultiva su propio alimento, pero sufre de una escasez constante de dinero, vende el producto de su trabajo industrial a cualquier precio.
Por lo tanto, todos los bienes manufacturados que utiliza el campesinado ruso, salvo los algodones estampados, son producto de los fabricantes rurales. Pero muchos artículos de lujo también se elaboran en las aldeas, especialmente en los alrededores de Moscú, por campesinos que continúan cultivando sus parcelas.
- Los sombreros de copa que se venden en las mejores tiendas de Moscú, y llevan el sello de Nouveautés Parisiennes, son fabricados por los campesinos de Moscú;
- lo mismo ocurre con los muebles «Viena» de las mejores tiendas «Viena», incluso si se destinan a abastecer los palacios.
Y lo que resulta más sorprendente no es la habilidad de los campesinos —el trabajo agrícola no es ningún obstáculo para adquirir destreza industrial—, sino la rapidez con la que la fabricación de artículos finos se ha extendido en aldeas que antiguamente solo producían artículos de la peor calaña. 182
Mucho más debería decirse con respecto a las industrias rurales de Rusia, especialmente en cuanto a «lo fácil que es para los campesinos asociarse para comprar maquinaria nueva, o para evitar al intermediario en sus compras de materia prima —tan pronto como la miseria deja de ser un obstáculo para la asociación» 183.
Bélgica, y especialmente Suiza, también podrían citarse con ejemplos similares, pero lo anterior bastará para dar una idea general de la importancia, las fuerzas vitales y la perfectibilidad de las industrias rurales.
# Conclusiones
Los hechos que hemos pasado brevemente en revista muestran, hasta cierto punto, los beneficios que podrían derivarse de la combinación de la agricultura con la industria, si esta última llegara a la aldea, no bajo su forma actual de fábrica capitalista, sino en la forma de una producción industrial organizada socialmente, con la plena ayuda de la maquinaria y el conocimiento técnico. De hecho, el rasgo más destacado de los pequeños oficios es que solo se encuentra un bienestar relativo allí donde se combinan con la agricultura: donde los trabajadores han permanecido en posesión de la tierra y continúan cultivándola. Incluso entre los tejedores de Francia o de Moscú, que tienen que contar con la competencia de la fábrica, reina un bienestar relativo siempre que no se vean obligados a desprenderse de la tierra. Por el contrario, tan pronto como los elevados impuestos o el empobrecimiento durante una crisis han obligado al trabajador a domicilio a abandonar su último trozo de tierra al usurero, la miseria se instala en su hogar. El explotador se vuelve todopoderoso, se recurre a un espantoso exceso de trabajo y todo el oficio suele entrar en decadencia.
Tales hechos, así como la pronunciada tendencia de las fábricas a migrar hacia las aldeas, la cual se hace cada vez más patente hoy en día y ha encontrado recientemente su expresión en el movimiento de las «Ciudades Jardín», son muy sugerentes.
Por supuesto, sería un gran error imaginar que la industria deba regresar a su etapa de trabajo manual para poder combinarse con la agricultura. Siempre que se pueda lograr un ahorro de trabajo humano por medio de una máquina, la máquina será bienvenida y se recurrirá a ella; y no hay casi ni una sola rama de la industria en la que el trabajo mecánico no pueda introducirse con gran ventaja, al menos en algunas de las fases de la fabricación.
En el estado caótico actual de la industria, los clavos y las navajas baratas pueden hacerse a mano, y los algodones lisos pueden tejerse en el telar manual; pero tal anomalía no durará. La máquina reemplazará al trabajo manual en la fabricación de artículos corrientes.
Pero al mismo tiempo, el trabajo manual muy probablemente ampliará su dominio en el acabado artístico de muchas cosas que hoy se hacen enteramente en la fábrica; y seguirá siendo siempre un factor importante en el crecimiento de miles de oficios nuevos y jóvenes.
Pero surge la pregunta: ¿Por qué los algodones, los tejidos de lana y las sedas, que ahora se tejen a mano en las aldeas, no han de tejerse a máquina en esas mismas aldeas, sin dejar de estar vinculados al trabajo de los campos?
¿Por qué cientos de industrias domésticas, que hoy se realizan enteramente a mano, no han de recurrir a máquinas que ahorran trabajo, como ya lo hacen en la industria del tejido de punto y en muchas otras?
No hay razón para que el pequeño motor no sea de un uso mucho más general de lo que es ahora, siempre que no haya necesidad de tener una fábrica; y no hay razón para que la aldea no tenga su pequeña fábrica, siempre que el trabajo fabril sea preferible, como ya lo vemos ocasionalmente en ciertas aldeas de Francia.
Más que eso. No hay razón para que la fábrica, con su fuerza motriz y su maquinaria, no pertenezca a la comunidad, como ya ocurre con la fuerza motriz en los talleres y pequeñas fábricas antes mencionados de la parte francesa de las colinas del Jura. Es evidente que ahora, bajo el sistema capitalista, la fábrica es la maldición de la aldea, ya que llega a sobrecargar de trabajo a los niños y a empobrecer a sus habitantes varones; y es perfectamente natural que los trabajadores se opongan a ella por todos los medios, si han conseguido mantener sus antiguas organizaciones de oficios (como en Sheffield o Solingen), o si aún no han sido reducidos a la miseria absoluta (como en el Jura). Pero bajo una organización social más racional, la fábrica no encontraría tales obstáculos: sería una bendición para la aldea. Y ya existen pruebas inequívocas que demuestran que se está avanzando en esta dirección en unas pocas comunidades rurales.
Las ventajas morales y físicas que el hombre obtendría al dividir su trabajo entre el campo y el taller son evidentes por sí mismas.
Pero la dificultad, según se nos dice, radica en la centralización necesaria de las industrias modernas. ¡Tanto en la industria como en la política, la centralización tiene tantos admiradores!
Sin embargo, en ambos ámbitos el ideal de los centralizadores necesita urgentemente una revisión. De hecho, si analizamos las industrias modernas, pronto descubrimos que para algunas de ellas la cooperación de cientos, o incluso miles, de trabajadores reunidos en el mismo lugar es realmente necesaria. Las grandes obras de hierro y las empresas mineras pertenecen decididamente a esa categoría; los vapores transatlánticos no pueden construirse en fábricas de aldea.
Pero muchísimas de nuestras grandes fábricas no son otra cosa que aglomeraciones, bajo una dirección común, de varias industrias distintas; mientras que otras son meras aglomeraciones de cientos de copias de exactamente la misma máquina; tales son la mayoría de nuestros gigantescos establecimientos de hilatura y tejeduría.
Siendo la fabricación una empresa estrictamente privada, sus dueños consideran ventajoso tener todas las ramas de una industria dada bajo su propia dirección; así acumulan las ganancias de las transformaciones sucesivas de la materia prima. Y cuando varios millares de telares mecánicos se combinan en una sola fábrica, el propietario encuentra su ventaja en poder mantener el control del mercado. Pero desde un punto de vista técnico, las ventajas de tal acumulación son insignificantes y a menudo dudosas. Una industria tan centralizada como la del algodón no sufre en absoluto por la división de la producción de un tipo determinado de mercancías en sus diferentes etapas entre varias fábricas separadas: lo vemos en Manchester y sus ciudades vecinas. En cuanto a los pequeños oficios, no se experimenta ningún inconveniente debido a una subdivisión aún mayor entre los talleres en la relojería y en muchísimos otros.
A menudo se oye decir que un caballo de fuerza cuesta mucho en un motor pequeño, y mucho menos en uno diez veces más potente; que la libra de hilo de algodón cuesta mucho más barato cuando la fábrica duplica el número de sus husos. Pero, en opinión de las mejores autoridades en ingeniería, como el profesor W. Unwin, la distribución hidráulica, y especialmente la eléctrica, de la energía desde una central desestima la primera parte del argumento. 184
En cuanto a su segunda parte, los cálculos de este tipo solo son válidos para aquellas industrias que preparan el producto semimanufacturado para transformaciones posteriores. En cuanto a esas incontables descripciones de mercancías que derivan su valor principalmente de la intervención de mano de obra calificada, estas pueden fabricarse mejor en fábricas más pequeñas que emplean a unos pocos cientos, o incluso a unas pocas decenas de operarios.
Es por esto que la «concentración» de la que tanto se habla no es a menudo más que una amalgama de capitalistas con el propósito de dominar el mercado, no de abatar el proceso técnico.
Aun bajo las condiciones actuales, las fábricas leviatán presentan grandes inconvenientes, ya que no pueden reformar rápidamente su maquinaria de acuerdo con las demandas constantemente variables de los consumidores. ¡Cuántos fracasos de grandes empresas, demasiado conocidas en este país como para necesitar ser nombradas, se debieron a esta causa durante la crisis de 1886-1890!
En cuanto a las nuevas ramas de la industria que he mencionado al principio del capítulo anterior, siempre deben comenzar a pequeña escala; y pueden prosperar tanto en pueblos pequeños como en grandes ciudades, si las aglomeraciones menores están provistas de instituciones que estimulen el gusto artístico y el genio de la invención.
Los progresos logrados últimamente en la fabricación de juguetes, así como la gran perfección alcanzada en la fabricación de instrumentos matemáticos y ópticos, de muebles, de pequeños artículos de lujo, de cerámica y demás, son claros ejemplos de ello. El arte y la ciencia ya no son monopolio de las grandes ciudades, y el progreso futuro consistirá en diseminarlos por todo el país.
La distribución geográfica de las industrias en un determinado país depende, por supuesto, en gran medida, de un conjunto de condiciones naturales; es obvio que hay lugares que son más idóneos para el desarrollo de ciertas industrias. Las orillas del Clyde y del Tyne son sin duda las más apropiadas para los astilleros, y los astilleros deben estar rodeados por una variedad de talleres y fábricas. Las industrias siempre encontrarán ciertas ventajas en agruparse, hasta cierto punto, de acuerdo con las características naturales de las distintas regiones. Pero debemos reconocer que hoy en día no están agrupadas en absoluto según esas características. Las causas históricas —principalmente las guerras religiosas y las rivalidades nacionales— han tenido mucho que ver en su crecimiento y en su distribución actual; y aún más, los empleadores se guiaron por consideraciones relativas a las facilidades de venta y exportación, es decir, por consideraciones que ya están perdiendo su importancia con las mayores facilidades de transporte, y la perderán aún más cuando los productores produzcan para sí mismos y no para clientes lejanos.
¿Por qué, en una sociedad racionalmente organizada, Londres ha de seguir siendo un gran centro para el comercio de mermeladas y conservas, y fabricar paraguas para casi todo el Reino Unido?
¿Por qué los innumerables pequeños comercios de Whitechapel han de permanecer donde están, en vez de repartirse por todo el país?
No hay razón alguna para que las mantillas que visten las damas inglesas deban coserse en Berlín y en Whitechapel, en lugar de en Devonshire o Derbyshire.
¿Por qué París ha de refinar azúcar para casi toda Francia?
¿Por qué la mitad de las botas y zapatos utilizados en los Estados Unidos ha de fabricarse en los 1.500 talleres de Massachusetts?
No hay absolutamente ninguna razón para que estas y otras anomalías semejantes persistan. Las industrias deben repartirse por todo el mundo; y a la dispersión de las industrias entre todas las naciones civilizadas le seguirá necesariamente una mayor dispersión de las fábricas por los territorios de cada nación.
En el curso de esta evolución, el producto natural de cada región y sus condiciones geográficas serán sin duda uno de los factores que determinarán el carácter de las industrias que vayan a desarrollarse en dicha región.
Pero cuando vemos que Suiza se ha convertido en una granexportadora de máquinas de vapor, locomotoras y barcos de vapor —a pesar de no tener mineral de hierro ni carbón para la obtención de acero, y de no tener siquiera un puerto de mar para importarlos—; cuando vemos que Bélgica ha logrado ser una gran exportadora de uvas, y que Mánchester se las ha ingeniado para convertirse en un puerto de mar, comprendemos que en la distribución geográfica de las industrias, los dos factores de los productos locales y de una posición ventajosa junto al mar no son todavía los factores dominantes.
Empezamos a comprender que, en definitiva, es el factor intelectual —el espíritu de invención, la capacidad de adaptación, la libertad política, etcétera— el que cuenta más que todos los demás.
Que todas las industrias encuentran una ventaja en llevarse a cabo en estrecho contacto con una gran variedad de otras industrias, ya lo ha visto el lector a partir de numerosos ejemplos.
Toda industria requiere un entorno técnico. Pero lo mismo ocurre también con la agricultura.
La agricultura no puede desarrollarse sin la ayuda de la maquinaria, y el uso de una maquinaria perfecta no puede generalizarse sin un entorno industrial: sin talleres mecánicos fácilmente accesibles para el agricultor, el uso de maquinaria agrícola no es posible. El herrero del pueblo no sirve. Si el trabajo de una trilladora tiene que detenerse durante una semana o más porque se ha roto uno de los dientes de un rueda, y si para conseguir una rueda nueva hay que enviar un mensajero especial a la provincia vecina, entonces el uso de una trilladora no es posible. Pero esto es precisamente lo que vi en mi infancia en la Rusia central; y hace muy poco he encontrado el mismo hecho mencionado en una autobiografía inglesa de la primera mitad del siglo XIX. Además, en toda la parte septentrional de la zona templada, los cultivadores del suelo deben tener algún tipo de empleo industrial durante los largos meses de invierno. Esto es lo que ha provocado el gran desarrollo de las industrias rurales, de las que acabamos de ver ejemplos tan interesantes. Pero esta necesidad también se siente en el clima templado de las islas del Canal, a pesar de la expansión que ha tomado la horticultura bajo vidrio. «Necesitamos tales industrias. ¿Podría sugerirnos alguna?», me escribió uno de mis corresponsales en Guernsey.
Pero esto no es aún todo. La agricultura está tan necesitada de ayuda por parte de quienes habitan las ciudades, que cada verano miles de hombres abandonan sus suburbios en las poblaciones y van al campo para la temporada de las cosechas. Los desheredados de Londres van por millares a Kent y Sussex como segadores y recolectores de lúpulo, calculándose que solo Kent requiere 80.000 hombres y mujeres adicionales para la recolección del lúpulo; aldeas enteras en Francia y sus industrias domésticas son abandonadas en verano, y los campesinos deambulan hacia las partes más fértiles del país; cientos de miles de seres humanos son transportados cada verano a las praderas de Manitoba y Dakota.
Cada verano muchos miles de polacos se extienden en la época de la cosecha por las llanuras de Mecklemburgo, Westfalia e incluso Francia; y en Rusia hay todos los años un éxodo de varios millones de hombres que viajan desde el norte hacia las praderas del sur para cosechar los cultivos; mientras que muchos fabricantes de San Petersburgo reducen su producción en verano, porque los operarios regresan a sus pueblos nativos para el cultivo de sus parcelas.
La agricultura no puede llevarse a cabo sin manos adicionales en verano; pero necesita aún más de ayudas temporales para mejorar el suelo, para multiplicar por diez sus poderes productivos.
La excavación a vapor, el drenaje y el abonado harían de las pesadas arcillas del noroeste de Londres un suelo mucho más rico que el de las praderas americanas. Para volverse fértiles, esas arcillas solo necesitan mano de obra humana corriente y no cualificada, como la necesaria para cavar la tierra, colocar tubos de drenaje, pulverizar fosforitas y cosas por el estilo; y esa labor la realizarían con gusto —los trabajadores de las fábricas si estuviera debidamente organizada en una comunidad libre para el beneficio de toda la sociedad.
El suelo reclama ese tipo de ayuda, y la tendría bajo una organización adecuada, incluso si fuera necesario detener muchas fábricas en verano para ese fin.
Sin duda, los actuales propietarios de fábricas considerarían una ruina tener que parar sus molinos durante varios meses cada año, porque se espera que el capital invertido en una fábrica bombee dinero todos los días y a todas horas, de ser posible. Pero esa es la perspectiva del capitalista sobre el asunto, no la de la comunidad.
En cuanto a los trabajadores, que deberían ser los verdaderos administradores de las industrias, les resultará saludable no realizar el mismo trabajo monótono durante todo el año, y lo abandonarán durante el verano, si es que no encuentran los medios para mantener la fábrica funcionando relevándose en grupos.
La dispersión de las industrias por todo el país —con el fin de llevar la fábrica en medio de los campos, de hacer que la agricultura obtenga todos aquellos beneficios que siempre halla en su combinación con la industria (véanse los Estados Unidos orientales) y de producir una combinación del trabajo industrial con el agrícola— es sin duda el siguiente paso que debe darse, tan pronto como sea posible una reorganización de nuestras condiciones actuales.
Ya se está dando, aquí y allá, como vimos en las páginas precedentes. Este paso es impuesto por la propia necesidad de producir para los propios productores; es impuesto por la necesidad de que cada hombre y mujer sanos pasen una parte de sus vidas en el trabajo manual al aire libre; y se hará tanto más necesario cuando los grandes movimientos sociales, que ahora se han vuelto inevitables, vengan a perturbar el comercio internacional actual y obliguen a cada nación a recurrir a sus propios recursos para su propio sostenimiento.
La humanidad en su conjunto, así como cada individuo por separado, saldrán ganando con el cambio, y el cambio se llevará a cabo.
Sin embargo, semejante cambio también implica una modificación profunda de nuestro actual sistema educativo. Implica una sociedad compuesta por hombres y mujeres, cada uno de los cuales es capaz de trabajar con sus manos, así como con su cerebro, y de hacerlo en más de una dirección. Esta «integración de capacidades» y «educación integral» es lo que voy a analizar ahora.