Bajo los nombres de beneficios, renta, interés sobre el capital, plusvalía y similares, los economistas han debatido con entusiasmo sobre las ventajas que los propietarios de la tierra o del capital, o algunas naciones privilegiadas, pueden obtener, ya sea del trabajo mal pagado del asalariado, o de la posición inferior de una clase de la comunidad respecto a otra clase, o del desarrollo económico inferior de una nación respecto a otra.
Como estos beneficios se reparten en proporción muy desigual entre los distintos individuos, clases y naciones dedicados a la producción, se han tomado considerables molestias para estudiar la actual distribución de los beneficios, sus consecuencias económicas y morales, así como los cambios en la actual organización económica de la sociedad que podrían propiciar una distribución más equitativa de una riqueza que se acumula con rapidez.
Es sobre cuestiones relativas al derecho a ese incremento de la riqueza donde se libran ahora las batallas más encarnizadas entre economistas de distintas escuelas.
Mientras tanto, la gran cuestión «¿Qué hemos de producir, y cómo?» permanecía necesariamente en un segundo plano.
La economía política, a medida que emerge gradualmente de su etapa semicientífica, tiende cada vez más a convertirse en una ciencia dedicada al estudio de las necesidades de los hombres y de los medios para satisfacerlas con el menor desperdicio posible de energía; es decir, una especie de fisiología de la sociedad.
Pero pocos economistas, hasta ahora, han reconocido que este es el dominio propio de la economía, y han intentado tratar su ciencia desde este punto de vista. El tema principal de la economía social —es decir, la economía de energía requerida para la satisfacción de las necesidades humanas— es, en consecuencia, el último tema que uno espera encontrar tratado de forma concreta en los tratados de economía.
Las páginas siguientes son una contribución a una parte de este vasto tema. Contienen una discusión sobre las ventajas que las sociedades civilizadas podrían obtener de la combinación de las ocupaciones industriales con la agricultura intensiva, y del trabajo intelectual con el trabajo manual.
La importancia de tal combinación no ha pasado inadvertida para varios estudiosos de las ciencias sociales. Se discutió con entusiasmo hace unos cincuenta años bajo los nombres de «trabajo armonizado», «educación integral», etcétera.
Se señaló en aquel entonces que la mayor suma total de bienestar puede obtenerse cuando una variedad de ocupaciones agrícolas, industriales e intelectuales se combinan en cada comunidad; y que el ser humano se muestra en su mejor forma cuando se encuentra en condiciones de aplicar sus capacidades —por lo general variadas— a diversas tareas en la granja, el taller, la fábrica, el estudio o el gabinete, en lugar de estar encadenado de por vida a una sola de estas ocupaciones.
En una fecha mucho más reciente, en los años «setenta», la teoría de la evolución de Herbert Spencer dio origen en Rusia a una obra notable, La teoría del progreso, de M. M. Mijailovski. La parte que corresponde en la evolución progresiva a la diferenciación, y la parte que le corresponde a una integración de aptitudes y actividades, fueron discutidas por el autor ruso con profundidad de pensamiento, y la fórmula de diferenciación de Spencer quedó completada en consecuencia.
Y, por último, entre una serie de monografías más pequeñas, debo mencionar un librito sugerente de J. R. Dodge, el estadístico de los Estados Unidos (Farm and Factory: Aids derived by Agriculture from Industries, Nueva York, 1886). En él se discutía la misma cuestión desde un punto de vista práctico norteamericano.
Hace medio siglo, una unión armoniosa entre las ocupaciones agrícolas e industriales, así como entre el trabajo intelectual y el manual, solo podía ser un desiderata remoto.
Las condiciones bajo las cuales el sistema fabril se impuso, así como las formas obsoletas de agricultura que prevalecían en aquella época, impidieron que tal unión fuera viable. La producción sintética era imposible.
Sin embargo, la maravillosa simplificación de los procesos técnicos tanto en la industria como en la agricultura, debida en parte a una división del trabajo en constante aumento —por analogía con lo que vemos en la biología— ha hecho posible la síntesis; y en la evolución económica moderna se manifiesta ahora una clara tendencia hacia la síntesis de las actividades humanas.
Esta tendencia se analiza en los capítulos siguientes —atribuyendo un peso especial a las posibilidades actuales de la agricultura, ilustradas con una serie de ejemplos tomados de diferentes países, y a las pequeñas industrias a las que los nuevos métodos de transmisión de la fuerza motriz están dando un nuevo impulso.
El contenido esencial de estos ensayos fue publicado entre 1888 y 1890 en la revista Nineteenth Century, y el de uno de ellos en el Forum. Sin embargo, las tendencias allí señaladas se han visto confirmadas durante los últimos diez años por tal acumulación de pruebas que fue necesario introducir una cantidad muy considerable de material nuevo, mientras que los capítulos sobre la agricultura y los pequeños artes debieron ser redactados de nuevo.
Aprovecho esta oportunidad para expresar mi más sincero agradecimiento a los editores del Nineteenth Century y del Forum por su amable permiso para reproducir estos ensayos en una nueva forma, así como a aquellos amigos y corresponsales que me han ayudado a recopilar información sobre la agricultura y los pequeños oficios.