¿Quién no recuerda el notable capítulo con el que Adam Smith abre su investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones? Incluso aquellos de nuestros economistas contemporáneos que rara vez recurren a las obras del padre de la economía política, y a menudo olvidan las ideas que las inspiraron, se saben ese capítulo casi de memoria, tantas veces ha sido copiado y recopiado desde entonces. Se ha convertido en un artículo de fe; y la historia económica del siglo transcurrido desde que Adam Smith escribió ha sido, por decirlo así, un comentario real sobre él.
“División del trabajo” era su consigna. Y la división y subdivisión —la subdivisión permanente— de las funciones se ha llevado tan lejos que ha dividido a la humanidad en castas casi tan firmemente establecidas como las de la antigua India.
Tenemos, en primer lugar, la gran división entre productores y consumidores: productores de escaso consumo, por un lado, y consumidores de escasa producción, por el otro.
Luego, en medio de los primeros, una serie de subdivisiones ulteriores:
- el trabajador manual y el trabajador intelectual, tajantemente separados el uno del otro en detrimento de ambos;
- los braceros agrícolas y los obreros de las fábricas;
- y, en el seno de la masa de estos últimos, innumerables subdivisiones de nuevo —tan minuciosas, en verdad, que el ideal moderno de un obrero parece ser un hombre o una mujer, o incluso una niña o un niño, sin el conocimiento de ningún oficio artesanal, sin concepción alguna de la industria en la que está empleado, que solo es capaz de fabricar todo el día y durante toda la vida la misma parte infinitesimal de algo: alguien que desde los trece hasta los sesenta años empuja la vagoneta de carbón en un punto dado de la mina o fabrica el muelle de una navaja, o “la décimo octava parte de un alfiler”.
Simples servidores de alguna máquina de características dadas; meras piezas de carne y hueso de alguna maquinaria inmensa; sin la menor idea de cómo y por qué la maquinaria realiza sus movimientos rítmicos.
La artesanía experta está siendo barrida como una supervivencia de un pasado condenado a desaparecer. El artista que antiguamente encontraba goce estético en la obra de sus manos es sustituido por el esclavo humano de un esclavo de hierro.
¡Pues bien!, incluso el trabajador agrícola, que antiguamente solía hallar un alivio para las penurias de su vida en el hogar de sus antepasados —el futuro hogar de sus hijos— en su amor por el campo y en un estrecho trato con la naturaleza, incluso él ha sido condenado a desaparecer en aras de la división del trabajo. Es un anacronismo, se nos dice; debe ser sustituido, en una gran explotación (Bonanza farm), por un sirviente ocasional contratado para el verano y despedido al llegar el otoño: un vagabundo que jamás volverá a ver el campo que cosechó una vez en su vida.
«Un asunto de pocos años», dicen los economistas, «para reformar la agricultura de acuerdo con los verdaderos principios de la división del trabajo y la organización industrial moderna».
Deslumbrados por los resultados obtenidos por un siglo de maravillosas invenciones, especialmente en Inglaterra, nuestros economistas y hombres políticos fueron aún más lejos en sus sueños de división del trabajo. Proclamaron la necesidad de dividir a toda la humanidad en talleres nacionales, teniendo cada uno de ellos su propia especialidad. Se nos enseñó, por ejemplo, que Hungría y Rusia están predestinadas por la naturaleza a cultivar trigo para alimentar a los países manufactureros; que Bretaña tenía que proveer al mercado mundial de algodones, artículos de hierro y carbón; Bélgica de paños de lana, y así sucesivamente. Es más, dentro de cada nación, cada región tenía que tener su propia especialidad. Así ha sido durante algún tiempo; así debe permanecer. Se han hecho fortunas de este modo, y se seguirán haciendo de la misma manera. Habiéndose proclamado que la riqueza de las naciones se mide por la cantidad de beneficios obtenidos por unos pocos, y que los mayores beneficios se obtienen mediante una especialización del trabajo, la cuestión ni siquiera se planteaba sobre si los seres humanos se someterían siempre a tal especialización; sobre si las naciones podían ser especializadas como obreros aislados. La teoría era buena para hoy; ¿por qué habríamos de preocuparnos por el mañana. ¡El mañana podría traer su propia teoría!
Y así fue. La estrecha concepción de la vida que consistía en pensar que los beneficios son el único motivo rector de la sociedad humana, y la obstinada visión que supone que lo que ha existido ayer durará para siempre, demostraron estar en desacuerdo con las tendencias de la vida humana; y la vida tomó otra dirección.
Nadie negará el alto grado de producción que puede alcanzarse mediante la especialización. Pero, precisamente en la misma proporción en que el trabajo exigido al individuo en la producción moderna se vuelve más simple y fácil de aprender, y, por lo tanto, también más monótono y tedioso, las necesidades del individuo de variar su trabajo, de ejercitar todas sus capacidades, se tornan cada vez más prominentes.
La Humanidad percibe que no hay ventaja alguna para la comunidad en encadenar a un ser humano durante toda su vida a un lugar determinado, en un taller o en una mina; ni beneficio en privarle de un trabajo que lo ponga en libre contacto con la naturaleza, que haga de él una parte consciente del gran todo, un socio en los más altos goces de la ciencia y el arte, del trabajo libre y la creación.
Las naciones, asimismo, se niegan a ser especializadas. Cada nación es un agregado compuesto de gustos e inclinaciones, de necesidades y recursos, de capacidades y poderes inventivos. El territorio ocupado por cada nación es, a su vez, una textura de lo más variada de suelos y climas, de colinas y valles, de laderas que conducen a una variedad aún mayor de territorios y razas. La variedad es el rasgo distintivo, tanto del territorio como de sus habitantes; y esa variedad implica una variedad de ocupaciones.
La agricultura hace nacer las manufacturas, y las manufacturas apoyan a la agricultura. Ambas son inseparables: y la combinación, la integración de ambas produce los más grandiosos resultados.
A medida que el conocimiento técnico se convierte en el dominio virtual de todos, a medida que se vuelve internacional y ya no puede ser ocultado, cada nación adquiere la posibilidad de aplicar toda la variedad de sus energías a toda la variedad de sus ocupaciones industriales y agrícolas.
El conocimiento ignora las fronteras políticas artificiales. Lo mismo hacen las industrias; y la tendencia actual de la humanidad es tener la mayor variedad posible de industrias reunidas en cada país, en cada región separada, codo a codo con la agricultura. Las necesidades de las aglomeraciones humanas corresponden así a las necesidades del individuo; y mientras que una división temporal de funciones sigue siendo la garantía más segura de éxito en cada empresa separada, la división permanente está condenada a desaparecer y a ser sustituida por una variedad de ocupaciones —intelectuales, industriales y agrícolas— que correspondan a las diferentes capacidades del individuo, así como a la variedad de capacidades dentro de cada agregado humano.
Cuando así volvemos de la escolástica de nuestros manuales y examinamos la vida humana en su conjunto, pronto descubrimos que, si bien deben mantenerse todos los beneficios de una división temporal del trabajo, ya es hora de reivindicar los de la integración del trabajo.
La economía política ha insistido hasta ahora principalmente en la división. Nosotros proclamamos la integración; y sostenemos que el ideal de sociedad —es decir, el estado hacia el cual la sociedad ya está marchando— es una sociedad de trabajo integrado y combinado.
Una sociedad en la que cada individuo sea productor de trabajo tanto manual como intelectual; en la que cada ser humano apto sea un trabajador, y en la que cada trabajador trabaje tanto en el campo como en el taller industrial; en la que cada agrupamiento de individuos, lo suficientemente grande como para disponer de una cierta variedad de recursos naturales —ya sea una nación, o más bien una región— produzca y consuma por sí mismo la mayor parte de su propia producción agrícola y manufacturera.
Por supuesto, mientras la sociedad siga organizada de manera que permita a los propietarios de la tierra y del capital apropiarse, bajo la protección del Estado y de los derechos históricos, del excedente anual de la producción humana, ningún cambio de este tipo podrá llevarse a cabo por completo.
Pero el actual sistema industrial, basado en una especialización permanente de funciones, ya lleva en su propio seno los gérmenes de su ruina.
- Las crisis industriales, que se vuelven más agudas y prolongadas, y son agravadas aún más por los armamentos y las guerras que el sistema actual conlleva, hacen que su mantenimiento sea cada vez más difícil.
- Además, los trabajadores manifiestan claramente su intención de no seguir soportando pacientemente la miseria ocasionada por cada crisis.
Y cada crisis acelera el día en que las actuales instituciones de propiedad y producción individuales se verán sacudidas hasta sus cimientos con luchas internas tales que dependerán del mayor o menor buen sentido de las clases hoy privilegiadas.
Pero sostenemos asimismo que cualquier intento socialista de remodelar las relaciones actuales entre el Capital y el Trabajo será un fracaso si no tiene en cuenta las tendencias antes mencionadas hacia la integración.
Estas tendencias aún no han recibido, en nuestra opinión, la debida atención por parte de las diferentes escuelas socialistas, pero deben recibirla.
Una sociedad reorganizada tendrá que abandonar la falacia de las naciones especializadas en la producción de artículos agrícolas o manufacturados.
Tendrá que confiar en sí misma para la producción de alimentos y de muchas, si no la mayoría, de las materias primas; debe encontrar los mejores medios para combinar la agricultura con la manufactura —el trabajo en el campo con una industria descentralizada—, y tendrá que proveer una «educación integrada», la única educación que, al enseñar tanto la ciencia como los trabajos manuales desde la más tierna infancia, puede dar a la sociedad los hombres y mujeres que realmente necesita.
Cada nación —su propio agricultor y fabricante; cada individuo trabajando en el campo y en algún arte industrial; cada individuo combinando el conocimiento científico con el conocimiento de un oficio manual—, tal es, lo afirmamos, la tendencia actual de las naciones civilizadas.
El prodigioso crecimiento de las industrias en Gran Bretaña, y el desarrollo simultáneo del tráfico internacional que hoy permite el transporte de materias primas y artículos alimenticios a escala gigantesca, han creado la impresión de que unas pocas naciones de Europa occidental estaban destinadas a convertirse en los fabricantes del mundo.
Solo necesitaban —se argüía— abastecer al mercado con productos manufacturados, y extraerían de toda la superficie de la tierra el alimento que no pueden cultivar por sí mismas, así como las materias primas que necesitan para sus manufacturas.
La velocidad constantemente creciente de las comunicaciones transoceánicas y las facilidades también constantemente crecientes de la navegación han contribuido a reforzar la impresión anterior.
Si tomamos los entusiastas cuadros del tráfico internacional, trazados de manera tan magistral por Neumann Spallart —el estadístico y casi el poeta del comercio mundial—, nos sentimos verdaderamente inclinados a caer en el éxtasis ante los resultados alcanzados.
«¿Por qué vamos a cultivar trigo, criar bueyes y ovejas, cultivar huertos, pasar por el penoso trabajo del jornalero y el granjero, y mirar ansiosos al cielo temiendo una mala cosecha, cuando podemos obtener, con mucho menos dolor, montañas de trigo de la India, América, Hungría o Rusia, carne de Nueva Zelanda, verduras de las Azores, manzanas de Canadá, uvas de Málaga y así sucesivamente?»,
exclaman los eurooccidentales.
«Ya ahora», dicen, «nuestro alimento consiste, incluso en los hogares modestos, en productos recolectados de todo el globo.
Nuestro paño está hecho de fibras cultivadas y lana esquilada en todas partes del mundo. Las praderas de América y Australia; las montañas y estepas de Asia; los desiertos helados de las regiones árticas; los desiertos de África y las profundidades de los océanos; los trópicos y las tierras del sol de medianoche son nuestros tributarios.
Todas las razas de hombres contribuyen con su parte para abastecernos de nuestros alimentos básicos y artículos de lujo, de ropa sencilla y vestidos elegantes, ¡mientras que nosotros les enviamos a cambio el producto de nuestra inteligencia superior, nuestro conocimiento técnico, nuestras potentes capacidades de organización industrial y comercial!
¿No es un espectáculo grandioso este animado e intrincado intercambio de productos en toda la tierra que ha surgido repentinamente en pocos años?».
Grandiosa podrá ser, ¿pero acaso no es una mera pesadilla? ¿Es necesaria? ¿A qué precio se ha obtenido, y cuánto durará?
Volvamos cien años atrás. Francia yacía desangrada al final de las guerras napoleónicas. Su joven industria, que había empezado a crecer a finales del siglo 18, estaba aplastada. Alemania e Italia eran impotentes en el terreno industrial. Los ejércitos de la gran República habían asestado un golpe mortal a la servidumbre en el continente; pero con el regreso de la reacción se hicieron esfuerzos por revivir la institución decadente, y la servidumbre significaba que no había industria digna de mención.
Las terribles guerras entre Francia e Inglaterra, guerras que a menudo se explican por causas meramente políticas, tenían un significado mucho más profundo: un significado económico. Eran guerras por la supremacía en el mercado mundial, guerras contra la industria y el comercio franceses, respaldados por una poderosa armada que Francia había empezado a construir, y Gran Bretaña ganó la batalla. Se convirtió en la potencia suprema de los mares. Burdeos dejó de ser una rival para Londres; en cuanto a las industrias francesas, parecieron ser ahogadas en el berceo.
Y, ayudada por el poderoso impulso dado a las ciencias naturales y a la tecnología por una gran era de inventos, al no encontrar competidores serios en Europa, Gran Bretaña comenzó a desarrollar sus manufacturas.
Producir a gran escala y en inmensas cantidades se convirtió en la consigna.
Las fuerzas humanas necesarias estaban a mano en el campesinado, en parte expulsado por la fuerza de la tierra, en parte atraído a las ciudades por los altos salarios.
Se creó la maquinaria necesaria, y la producción británica de bienes manufacturados prosiguió a un ritmo gigantesco.
En el transcurso de menos de setenta años —de 1810 a 1878—, la producción de carbón creció de 10 a 133.000.000 de toneladas; las importaciones de materias primas aumentaron de 30 a 380.000.000 de toneladas; y las exportaciones de productos manufacturados, de 46 a 200.000.000 de libras.
- El tonelaje de la flota mercante casi se triplicó.
- Se construyeron quince mil millas de vías férreas.
Es inútil repetir ahora a qué precio se lograron los resultados anteriores.
Las terribles revelaciones de las comisiones parlamentarias de 1840-1842 sobre la atroz condición de las clases manufactureras, los relatos de «latifundios despejados» y de niños secุuestrados aún están frescos en la memoria. Permanecerán como monumentos perdurables que muestran por qué medios se implantó la gran industria en este país.
Pero la acumulación de riqueza en manos de las clases privilegiadas se estaba produciendo a una velocidad nunca antes imaginada. Las riquezas increíbles que hoy asombran al extranjero en las residencias privadas de Inglaterra se acumularon durante aquel período; el nivel de vida sumamente costoso que hace que una persona considerada rica en el continente parezca de recursos modestos en Bretaña se introdujo en esa época.
La propiedad gravada por impuestos se duplicó por sí sola durante los últimos treinta años del período mencionado, mientras que, en esos mismos años (1810 a 1878), nada menos que 1.112.000.000 de libras —casi 2.000.000.000 de libras a estas alturas— fueron invertidas por los capitalistas ingleses ya sea en industrias extranjeras o en empréstitos extranjeros.1
Pero el monopolio de la producción industrial no podía pertenecer a Inglaterra para siempre. Ni los conocimientos industriales ni la iniciativa empresarial podían mantenerse para siempre como un privilegio de estas islas. Necesaria, fatalmente, comenzaron a cruzar el Canal y a extenderse por el continente.
La Gran Revolución había creado en Francia una numerosa clase de propietarios campesinos, que disfrutaron de casi medio siglo de bienestar comparativo, o, al menos, de un trabajo garantizado.
Las filas de los trabajadores urbanos sin hogar aumentaron lentamente. Pero la revolución de la clase media de 1789-1793 ya había establecido una distinción entre los cabezas de familia campesinos y los prolétaires de las aldeas, y, al favorecer a los primeros en detrimento de los segundos, obligó a los jornaleros que no tenían hogar ni tierras a abandonar sus aldeas, formando así el primer núcleo de clases trabajadoras entregadas a la merced de los fabricantes.
Además, los propios campesinos propietarios, tras haber disfrutado de un período de innegable prosperidad, comenzaron a su vez a sentir la presión de los malos tiempos, y sus hijos se vieron obligados a buscar empleo en las manufacturas.
Las guerras y la revolución habían frenado el crecimiento de la industria; pero esta comenzó a crecer de nuevo durante la segunda mitad de nuestro siglo; se desarrolló, se perfeccionó; y ahora, a pesar de la pérdida de Alsacia, Francia ya no es la tributaria de Inglaterra en cuanto a productos manufacturados que era hace sesenta años.
Hoy en día, sus exportaciones de productos manufacturados se valoran en casi la mitad de las de la Gran Bretaña, y dos terceras partes de ellas son textiles; mientras que sus importaciones de los mismos consisten principalmente en las variedades más finas de hilados de algodón y lana —en parte reexportados como tejidos— y una pequeña cantidad de artículos de lana.
Para su propio consumo, Francia muestra una marcada tendencia a convertirse en un país totalmente autosuficiente, y para la venta de sus manufacturas tiende a confiar, no en sus colonias, sino especialmente en su propio y rico mercado interno.2
Alemania sigue las mismas líneas. Durante los últimos cincuenta años, y especialmente desde la última guerra, su industria ha experimentado una reorganización completa.
Habiéndose incrementado rápidamente su población de cuarenta a sesenta millones, este aumento se destinó por entero a incrementar la población urbana —sin detraer mano de obra de la agricultura— y en las ciudades se destinó a aumentar la población dedicada a la industria.
Su maquinaria industrial ha sido profundamente mejorada, y sus manufacturas recién nacidas están provistas ahora de una maquinaria que en su mayoría representa la última palabra del progreso técnico. Cuenta con abundantes obreros y técnicos dotados de una educación técnica y científica superior; y en un ejército de químicos, físicos e ingenieros instruidos, su industria tiene un auxilio potentísimo e inteligente, tanto para mejorarla directamente como para difundir en el país serios conocimientos científicos y técnicos.
En su conjunto, Alemania ofrece hoy el espectáculo de una nación en período de Aufschwung, de un desarrollo repentino, con todas las fuerzas de un nuevo comienzo en todos los ámbitos de la vida.
Hace cincuenta años era cliente de Inglaterra. Ahora ya es un competidor en los mercados europeos y asiáticos, y al actual ritmo acelerado de crecimiento de sus industrias, su competencia pronto se dejará sentir aún con más agudeza de lo que ya se siente.
Al mismo tiempo, la ola de producción industrial, tras tener su origen en el noroeste de Europa, se extiende hacia el este y el sureste, abarcando cada vez un círculo más amplio. Y a medida que avanza hacia el este, penetrando en países más jóvenes, implanta en ellos todas las mejoras debidas a un siglo de inventos mecánicos y químicos; toma prestada de la ciencia toda la ayuda que esta puede brindar a la industria, y encuentra poblaciones ávidas de asimilar los últimos resultados del conocimiento moderno.
Las nuevas manufacturas de Alemania empiezan allí donde Mánchester llegó tras un siglo de experimentos y tanteos; y Rusia empieza allí donde Mánchester y Sajonia han llegado ahora. Rusia, a su vez, intenta emanciparse de su dependencia de Europa occidental, y comienza rápidamente a fabricar todos aquellos productos que antes solía importar, ya sea de Gran Bretaña o de Alemania.
Los aranceles protectores pueden, tal vez, ayudar a veces al nacimiento de nuevas industrias: siempre a expensas de otras industrias en crecimiento, y frenando siempre el perfeccionamiento de las ya existentes; pero la descentralización de las manufacturas sigue su curso con o sin aranceles protectores; incluso diría que a pesar de los aranceles protectores.
Austria, Hungría e Italia siguen los mismos pasos —desarrollan sus industrias nacionales— y hasta España y Serbia van a unirse a la familia de las naciones manufactureras.
Es más, incluso la India, incluso Brasil y México, respaldados por el capital y el saber hacer ingleses, franceses y alemanes, comienzan a levantar industrias nacionales en sus respectivos suelos.
Por último, un terrible competidor para todos los países manufactureros europeos ha surgido últimamente en los Estados Unidos. A medida que la educación técnica se extiende cada vez más, las manufacturas crecen en los Estados; y crecen a tal velocidad —una velocidad americana— que en muy pocos años los mercados hoy neutrales serán invadidos por productos estadounidenses.
El monopolio de los primeros en llegar al campo industrial ha dejado de existir. Y no existirá más, cualesquiera que sean los esfuerzos espasmódicos que se hagan para volver a un estado de cosas que ya pertenece al dominio de la historia.
Nuevos caminos, nuevas salidas deben buscarse: el pasado ha vivido, y no vivirá más.
Antes de avanzar más, permítanme ilustrar la marcha de las industrias hacia el este con algunas cifras. Y, para empezar, tomemos el ejemplo de Rusia.
No porque la conozca mejor, sino porque Rusia es una de las últimas en llegar al terreno industrial. Hace cincuenta años era considerada como el ideal de una nación agrícola, condenada por la propia naturaleza a abastecer a otras naciones con alimentos y a obtener sus productos manufacturados de Occidente.
Así fue, en verdad; pero ya no lo es más.
En 1861 —el año de la emancipación de los siervos—, Rusia y Polonia contaban con solo 14.060 manufacturas, que producían anualmente un valor de 296.000.000 de rublos (unos 36.000.000 de libras esterlinas). Veinte años después, el número de establecimientos se elevó a 35.160, y su producción anual llegó a casi cuatro veces la cifra anterior, es decir, 1.305.000.000 de rublos (unos 131.000.000 de libras); y en 1894, aunque el censo dejó de lado las manufacturas más pequeñas y todas las industrias que pagan impuestos especiales (azúcar, bebidas espirituosas, cerillas), la producción total en el Imperio alcanzó ya los 1.759.000.000 de rublos, es decir, 180.000.000 de libras. El rasgo más notable de este incremento es que, mientras que el número de obreros empleados en las manufacturas ni siquiera se ha duplicado desde 1861 (alcanzó 1.555.000 en 1894, y 1.902.750 en 1910), la producción por obrero se ha más que triplicado en las principales industrias. El promedio era inferior a 70 libras anuales en 1861; hoy alcanza las 219 libras. El aumento de la producción se debe, por tanto, principalmente a la mejora de la maquinaria.3
Si tomamos, sin embargo, ramas separadas, y especialmente las industrias textiles y las fábricas de maquinaria, el progreso parece aún más sorprendente.
Así, si consideramos los dieciocho años que precedieron a 1879 (cuando los derechos de importación se aumentaron en casi un 30 por ciento y se adoptó definitivamente una política proteccionista), hallamos que, incluso sin aranceles protectores, el volumen de producción de algodón se triplicó, mientras que el número de trabajadores empleados en dicha industria aumentó en sólo un 26 por ciento. La producción anual de cada trabajador había crecido así de 45 a 117 libras esterlinas.
Durante los nueve años siguientes (1880-1889) los rendimientos anuales se más que duplicaron, alcanzando la respetable cifra de 49.000.000 de libras esterlinas en valor y 3.200.000 quintales en volumen. Desde entonces, de 1890 a 1900, se ha duplicado una vez más, habiendo aumentado la cantidad de algodón en bruto trabajado en las fábricas rusas de 255.000 a 520.700 quintales, y habiendo crecido el número de husos de 3.457.000 a 6.646.000 en 1900, y a 8.306.000 en 1910.
Debe señalarse asimismo que, con una población de 165.000.000 de habitantes, el mercado interior para los algodones rusos es casi ilimitado; al tiempo que también se exportan algunos algodones a Persia y Asia Central.4
Es verdad que las clases más finas de hilo, así como el hilo de coser, todavía tienen que importarse. Pero los fabricantes de Lancashire pronto se encargarán de eso; ahora instalan sus fábricas en Rusia.
Dos grandes fábricas para hilar las clases más finas de hilo de algodón se abrieron en Rusia en 1897, con la ayuda de capital inglés e ingenieros ingleses, y recientemente ha sido abierta en Moscú una fábrica para producir alambre delgado destinado al cardado de algodón por un conocido fabricante de Mánchester. Varias más le han seguido desde entonces.
El capital es internacional y, con protección o sin protección, cruza las fronteras.
Lo mismo ocurre con los tejidos de lana. En esta rama, Rusia estuvo durante cierto tiempo relativamente atrasada. Sin embargo, en Rusia y Polonia, los propietarios de fábricas ingleses, alemanes y belgas construían cada año hilanderías de lana, de estambre y de hilado y tejido provistas de la mejor maquinaria moderna; de modo que ahora cuatro quintas partes de la lana ordinaria, y otras tantas de las variedades más finas obtenidas en Rusia, se peinan e hilan en el país —enviándose al extranjero tan solo una quinta parte de cada una—. Los tiempos en que Rusia era conocida como exportadora de lana en bruto han desaparecido así irremediablemente.5
En las obras de maquinaria no cabe comparación alguna entre la actualidad y 1861, ni siquiera 1870. Gracias a los ingenieros ingleses y franceses para empezar, y después al progreso técnico dentro del propio país, Rusia ya no necesita importar ninguna pieza de su material ferroviario. Y en cuanto a la maquinaria agrícola, sabemos, por varios informes consulares británicos, que las segadoras y los arados rusos compiten con éxito con los mismos aperos de fabricación estadounidense e inglesa.
Durante los años 1880 a 1890, esta rama de la manufactura se ha desarrollado ampliamente en los Urales meridionales (como industria rural, surgida gracias a la Escuela Técnica de Krasnoufimsk del consejo de distrito local, o zemstvo), y especialmente en las llanuras que descienden hacia el mar de Azov.
Sobre esta última región, el vicecónsul Green informó en 1894 lo siguiente:
«Aparte de unas ocho o diez fábricas de importancia —escribió—, todo el distrito consular está salpicado ahora de pequeños talleres de ingeniería, dedicados principalmente a la fabricación de máquinas y aperos agrícolas, la mayoría de los cuales cuenta con sus propias fundiciones... La ciudad de Berdiansk —añadió— puede ufanarse hoy de la mayor fábrica de segadoras de Europa, con capacidad para producir tres mil máquinas al año».6
Permítame añadir que las cifras antes mencionadas, que incluyen únicamente a aquellas fábricas cuyo rendimiento anual supera las 200 libras esterlinas, no abarcan la inmensa variedad de oficios domésticos que también han crecido considerablemente en los últimos tiempos, paralelamente a las manufacturas.
Las industrias domésticas —tan características de Rusia y tan necesarias bajo su clima— ocupan hoy a más de 7.500.000 campesinos, y su producción total se estimaba hace pocos años en una cifra superior a la producción total de todas las manufacturas. Superaba las 180.000.000 de libras esterlinas al año.
Tendré ocasión de volver más adelante sobre este tema, por lo que seré prudente con las cifras y me limitaré a decir que incluso en las principales provincias manufactureras de Rusia, en los alrededores de Moscú, el tejido doméstico —destinado al comercio— arroja un rendimiento anual de 4.500.000 libras esterlinas; y que incluso en el norte del Cáucaso, donde los pequeños oficios son de origen reciente, hay, en las casas de los campesinos, 45.000 telares que muestran una producción anual de 200.000 libras esterlinas.
En cuanto a las industrias mineras, a pesar de la sobreprotección y de la competencia de la leña y de la nafta,7 la producción de las minas de carbón de Rusia se ha duplicado durante los años 1896-1904, y en Polonia se ha cuadruplicado.8
Casi todo el acero, tres cuartas partes del hierro y dos tercios del hierro colado utilizados en Rusia son de producción nacional, y las ocho fábricas rusas dedicadas a la fabricación de rieles de acero son lo suficientemente fuertes como para arrojar al mercado más de 10.000.000 de quintalesnote_cwts de rieles cada año (10.068.000 quintales en 1910).9
No es de extrañar, por tanto, que las importaciones de productos manufacturados en Rusia sean tan insignificantes, y que desde 1870 —es decir, nueve años antes del aumento general de los aranceles— la proporción de productos manufacturados respecto a las importaciones totales haya estado en constante descenso. Los productos manufacturados constituyen ahora tan solo una quinta parte de las importaciones, y solo ocasionalmente ascienden a un tercio, como ocurrió en 1910, año de importaciones máximas. Además, mientras que las importaciones de Gran Bretaña en Rusia se valoraron en 16.300.000 libras esterlinas en 1872, fueron de solo 6.884.500 a 11.320.000 libras en los años comprendidos entre 1894 y 1909. De ellas, los productos manufacturados se valoraron en poco más de 2.000.000 de libras —el resto eran artículos alimentarios, o bien materias primas y productos semimanufacturados (metales, hilados, etcétera)—. Alcanzaron las 15.300.000 libras en 1910 —un año de máximo— y consistieron principalmente en maquinaria y carbón. De hecho, las importaciones de productos nacionales británicos han disminuido en el transcurso de diez años de 8.800.000 a 5.000.000 de libras, de modo que en 1910 el valor de los productos manufacturados británicos importados en Rusia se redujo a los siguientes elementos insignificantes: maquinaria, 1.320.000 libras; tejidos de algodón e hilados de algodón, 360.000 libras; tejidos de lana e hilados de lana, 480.000 libras; productos químicos, 476.000 libras; y así sucesivamente. Pero la depreciación de los productos británicos importados en Rusia resulta aún más sorprendente. Así, en 1876 Rusia importó 8.000.000 de quintales de metales británicos, por los que se pagaron 6.000.000 de libras; pero en 1884, aunque se importó la misma cantidad, la suma pagada fue de solo 3.400.000 libras. Y la misma depreciación se observa en todos los productos importados, aunque no siempre en la misma proporción.
Sería un grave error imaginar que la disminución de las importaciones extranjeras se debe principalmente a los altos aranceles protectores.
La disminución de las importaciones se explica mucho mejor por el crecimiento de las industrias nacionales. Sin duda, los aranceles protectores han contribuido (junto con otras causas) a atraer fabricantes alemanes e ingleses a Polonia y Rusia.
- Lodz —el Manchester de Polonia— es una ciudad totalmente alemana, y los directorios comerciales rusos están llenos de nombres ingleses y alemanes.
- Capitalistas ingleses y alemanes, ingenieros y capataces ingleses, han establecido en Rusia las manufacturas de algodón mejoradas de sus países de origen; ahora están ocupados en mejorar las industrias de la lana y la producción de maquinaria; mientras que los belgas han creado rápidamente una gran industria del hierro en el sur de Rusia.
Ya no cabe la menor duda —y esta opinión es compartida no solo por economistas, sino también por varios fabricantes rusos— de que una política de libre comercio no frenaría el mayor crecimiento de las industrias en Rusia. Solo reduciría los elevados beneficios de aquellos fabricantes que no mejoran sus fábricas y confían principalmente en la mano de obra barata y las largas jornadas laborales.
Además, tan pronto como Rusia logre obtener más libertad, le seguirá inmediatamente un nuevo crecimiento de sus industrias.
La educación técnica —que, por extraño que parezca, fue reprimida sistemáticamente durante mucho tiempo por el Gobierno— crecería y se extendería rápidamente; y en pocos años, con sus recursos naturales y su juventud laboriosa, que incluso ahora intenta combinar la destreza artesanal con la ciencia, Rusia vería aumentar su potencia industrial por diez.
Ella fara da se en el campo industrial.
Fabricará todo lo que necesita; y, sin embargo, seguirá siendo una nación agrícola.
En la actualidad, poco más de 1.500.000 hombres y mujeres, de la población de 112.000.000 habitantes de la Rusia europea, trabajan en la industria manufacturera, y 7.500.000 combinan la agricultura con la manufactura.
Esta cifra puede triplicarse sin que Rusia deje de ser una nación agrícola; pero si se triplica, no habrá espacio para productos manufacturados de importación, porque un país agrícola puede producirlos más barato que aquellos países que viven de alimentos importados.
No olvidemos que en el Reino Unido 1.087.200 personas, en total, están empleadas en todas las industrias textiles de Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales, y que solo 300.000 de ellas son varones mayores de dieciocho años (311.000 en 1907); que estos operarios mantienen en funcionamiento 53.000.000 de husos y más de 700.000 telares solo en las fábricas de algodón; y que la producción anual de textiles durante los últimos años fue tan formidable que representó un valor de 200.000.000 de libras, y que el valor medio de los textiles exportados cada año alcanzó las 136.257.500 libras en 1905-1910 —por no hablar de los 163.400.000 alcanzados en el extraordinario año de 1911.10
Lo mismo es todavía más cierto con respecto a otras naciones europeas, mucho más avanzadas en su desarrollo industrial, y en especial con respecto a Alemania. Se ha escrito tanto sobre la competencia que Alemania ofrece al comercio británico, incluso en los mercados británicos, y tanto se puede aprender de ella a partir de una mera inspección de las tiendas de Londres, que no necesito entrar en pormenores. Varios artículos en revistas; la correspondencia intercambiada sobre el tema en The Daily Telegraph en agosto de 1886; numerosos informes consulares, resumidos periódicamente en los principales periódicos, y aún más impresionantes cuando se consultan en los originales; y, por último, los discursos políticos, han familiarizado a la opinión pública de este país con la importancia y el poder de la competencia alemana.11 Además, las fuerzas que la industria alemana toma prestadas de la formación técnica de sus obreros, ingenieros y numerosos hombres de ciencia, han sido tan a menudo debatidas por los promotores de la educación técnica en Inglaterra que el repentino crecimiento de Alemania como potencia industrial ya no puede negarse.
Where half a century was required in olden times to develop an industry, a few years are sufficient now.
In the year 1864 only 160,000 cwts. of raw cotton were imported into Germany, and only 16,000 cwts. of cotton goods were exported; cotton spinning and weaving were mostly insignificant home industries.
Twenty years later the imports of raw cotton were already 3,600,000 cwts., and in another twenty years they rose to 7,400,000 cwts.; while the exports of cottons and yarn, which were valued at £3,600,000 in 1883, and £7,662,000 in 1893, attained £19,000,000 in 1905.
A great industry was thus created in less than thirty years, and has been growing since. The necessary technical skill was developed, and at the present time Germany remains tributary to Lancashire for the finest sorts of yarn only.
However, it is very probable that even this disadvantage will soon be equalised.12 Very fine spinning mills have lately been erected, and the emancipation from Liverpool, by means of a cotton exchange established at Bremen, is in fair progress.13
En la industria lanera observamos el mismo rápido incremento, y en 1910 el valor de las exportaciones de productos de lana alcanzó las £13.152.500 (frente a las £8.220.300 en 1894), de las cuales se envió un valor promedio de £1.799.000 al Reino Unido durante los años 1906-1910.14
La industria del lino ha crecido a un ritmo aún más acelerado, y en lo que respecta a la seda, Alemania ocupa el segundo lugar después de Francia.
El progreso realizado en el comercio químico alemán es bien conocido, y se deja sentir de forma demasiado dolorosa en Escocia y Northumberland; mientras que los informes sobre las industrias alemanas del hierro y del acero que se encuentran en las publicaciones del Instituto del Hierro y del Acero (Iron and Steel Institute) y en la investigación realizada por la Asociación Británica del Comercio del Hierro (British Iron Trade Association) muestran cuán formidablemente ha crecido en Alemania la producción de arrabio y de hierro acabado desde 1871. (Véase el Apéndice D.)
No es de extrañar que las importaciones de hierro y acero en Alemania se redujeran a la mitad durante los veinte años transcurridos entre 1874 y 1894, mientras que las exportaciones se multiplicaron casi por cuatro.
En cuanto a la industria de maquinaria, si los comisarios alemanes han cometido el error de copiar con demasiada servilidad los modelos ingleses, en lugar de tomar un nuevo rumbo y crear nuevos diseños, como hicieron los estadounidenses, debemos reconocer aun así que sus copias son buenas y que compiten con muchísimo éxito en baratura con las herramientas y la maquinaria producidas en este país. (Véase el Apéndice E.)
Apenas necesito mencionar la superior factura del instrumental científico alemán. Es bien sabido por los hombres de ciencia, incluso en Francia.
Como consecuencia de lo anterior, las importaciones de productos manufacturados en Alemania se encuentran, por regla general, en declive. Las importaciones totales de textiles (incluyendo el hilo) son tan bajas que se ven compensadas por valores de exportación casi iguales. Y no cabe duda de que no solo los mercados alemanes de textiles se perderán pronto para otros países manufactureros, sino que la competencia alemana se sentirá cada vez con más fuerza tanto en los mercados neutrales como en los de Europa occidental. ¡Uno puede ganarse fácilmente los aplausos de auditorios desinformados exclamando con mayor o menor pathos que la producción alemana nunca podrá igualar a la inglesa! El hecho es que compite en baratura y a veces también —allí donde se necesita— en una mano de obra igualmente buena; y esta circunstancia se debe a muchas causas.
La causa de la «mano de obra barata», a la que tan a menudo se alude en los debates sobre la «competencia alemana» que tienen lugar en este país y en Francia, debe descartarse ya, puesto que muchas investigaciones recientes han demostrado sobradamente que los salarios bajos y las largas jornadas no significan necesariamente una producción barata.
Mano de obra barata y proteccionismo significan simplemente la posibilidad de que cierto número de empresarios sigan trabajando con maquinaria obsoleta y deficiente; pero en las industrias básicas altamente desarrolladas, como la del algodón y la del hierro, la producción más barata se obtiene con salarios altos, jornadas cortas y la mejor maquinaria.
Cuando el número de operarios requerido por cada 1000 husos puede variar de diecisiete (en muchas fábricas rusas) a tres (en Inglaterra), y cuando un tejedor puede encargarse de veinte telares automáticos Northrop, como vemos en Estados Unidos, o de tan solo dos telares mecánicos, como ocurre en las fábricas atrasadas, es evidente que ninguna reducción salarial puede compensar esa inmensa diferencia.
Por consiguiente, en las mejores hilanderías de algodón y fundiciones alemanas, los salarios de los trabajadores (lo sabemos directamente en el caso de las fundiciones gracias a la mencionada encuesta de la Asociación Británica del Hierro) no son más bajos que en la Gran Bretaña.
Todo lo que puede decirse es que el trabajador en Alemania obtiene más por su salario de lo que obtiene en este país —el paraíso del intermediario—, un paraíso que seguirá siéndolo mientras viva principalmente de productos alimenticios importados.
La causa principal de los éxitos de Alemania en el campo industrial es la misma que la de los Estados Unidos.
Ambos países han entrado recientemente en la fase industrial de su desarrollo, y lo han hecho con toda la energía de la juventud.
Ambos países disfrutan de una educación técnico-científica —o, al menos, científico-concreta— muy extendida.
En ambos países, las fábricas se construyen según los modelos más nuevos y mejores que se han desarrollado en otros lugares; y ambos países se encuentran en un periodo de despertar en todas las ramas de la actividad: literatura y ciencia, industria y comercio.
Entran ahora en la misma fase en la que se encontraba Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX, cuando los trabajadores británicos tuvieron un papel tan importante en la invención de la maravillosa maquinaria moderna.
Tenemos simplemente ante nosotros un hecho de el desarrollo consecutivo de las naciones. Y en vez de denigrarlo u oponerse a él, sería mucho mejor ver si los dos pioneros de la gran industria —Gran Bretaña y Francia— no pueden tomar una nueva iniciativa y hacer algo nuevo de nuevo; si no debe buscarse una salida para el genio creador de estas dos naciones en una nueva dirección, a saber, la utilización tanto de la tierra como de las fuerzas industriales del hombre para asegurar el bienestar a toda la nación en lugar de a unos pocos.
El flujo del crecimiento industrial se extiende, sin embargo, no solo hacia el este; se desplaza también hacia el sureste y el sur. Austria y Hungría están ganando terreno rápidamente en la carrera por la importancia industrial. La Triple Alianza ya se ha visto amenazada por la creciente tendencia de los fabricantes austriacos a protegerse contra la competencia alemana; e incluso la monarquía dual ha visto a sus dos naciones hermanas disputarse los aranceles aduaneros. Las industrias austriacas son de desarrollo moderno y, sin embargo, ya dan ocupación a más de 4.000.000 de trabajadores.15
Bohemia, en pocas décadas, ha crecido hasta convertirse en un país industrial de considerable importancia; y la excelencia y originalidad de la maquinaria empleada en los molinos de harina recién reformados de Hungría demuestran que la joven industria húngara va por el buen camino, no solo para convertirse en competidora de sus hermanas mayores, sino también para aportar su contribución a nuestro conocimiento sobre el aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza.
Permítaseme añadir, a propósito, que lo mismo ocurre en cierta medida con respecto a Finlandia. Faltan cifras sobre el estado actual del conjunto de las industrias de Austria-Hungría; pero las importaciones relativamente bajas de productos manufacturados son dignas de mención. Para los fabricantes británicos, Austria-Hungría no es, de hecho, un cliente digno de mención; pero incluso respecto a Alemania se está emancipando rápidamente de su anterior dependencia. (Véase el apéndice G).
El mismo progreso industrial se extiende por las penínsulas meridionales. ¿Quién habría hablado en 1859 de manufacturas italianas? Y sin embargo —como lo ha demostrado la Exposición de Turín de 1884— Italia ya se encuentra entre los países manufactureros.
«Se ve por todas partes un esfuerzo industrial y comercial considerable», escribía un economista francés al Temps. «Italia aspira a prescindir de los productos extranjeros. La consigna patriótica es: Italia sola y por sí misma. Inspira a toda la masa de productores. No hay un solo fabricante o comerciante que, aun en las circunstancias más insignificantes, no haga todo lo posible por emanciparse de la tutela extranjera».
Los mejores modelos franceses e ingleses son imitado y mejorados mediante un toque de genio nacional y tradiciones artísticas.
Faltan estadísticas completas, por lo que el Annuario estadístico recurre a indicios indirectos.
Pero el rápido aumento de las importaciones de carbón (9.339.000 toneladas en 1910, frente a 779.000 toneladas en 1871); el crecimiento de las industrias mineras, que han triplicado su producción durante los quince años comprendidos entre 1870 y 1885; la creciente producción de acero y maquinaria (4.800.000 libras esterlinas en 1900), que —para usar las palabras de Bovio— muestra cómo un país que no posee combustible ni minerales propios puede tener, sin embargo, una industria metalúrgica notable; y, finalmente, el crecimiento de las industrias textiles revelado por las importaciones netas de algodón en bruto y el número de husos16 —todo esto demuestra que la tendencia a convertirse en un país manufacturero capaz de satisfacer sus necesidades con sus propias manufacturas no es un mero sueño.
En cuanto a los esfuerzos realizados para tomar una parte más activa en el comercio del mundo, ¿quién no conoce las capacidades tradicionales de los italianos en ese sentido?
Debo mencionar también a España, cuyas industrias textil, minera y metalúrgica están creciendo rápidamente; pero me apresuro a pasar a aquellos países que hace unos años eran considerados clientes eternos y obligatorios de las naciones manufactureras de Europa Occidental.
Tomemos, por ejemplo, el Brasil. ¿No estaba condenado por los economistas a cultivar algodón, a exportarlo en estado bruto y a recibir en cambio manufacturas de algodón? En 1870 sus nueve miserables fábricas de algodón apenas podían presumir de un total de 385 husos. Pero ya en 1887 había en el Brasil 46 fábricas de algodón, y cinco de ellas contaban ya con 40.000 husos; mientras que en conjunto sus casi 10.000 telares arrojaban cada año a los mercados brasileños más de 33.000.000 de yardas de tejidos de algodón.
Veinticinco años más tarde, en 1912, ya había 161 hilanderías de algodón, con 1.500.000 husos y 50.000 telares, que daban empleo a más de 100.000 operarios.17
Incluso Veracruz, en México, bajo la protección de los oficiales de aduanas, ha comenzado a fabricar algodones, y presumía en 1887 de sus 40.200 husos, 287.700 piezas de tela de algodón y 212.000 libras de hilo. Desde ese año el progreso ha sido constante, y en 1894 el vicecónsul Chapman informó de que algunas de las mejores máquinas se encuentran en las hilanderías de Orizaba, mientras que «los estampados de algodón», escribió, «se producen ahora tan buenos, si no superiores, al artículo importado».18
En 1910, ya trabajaban 32.000 obreros en 145 hilanderías de algodón, que contaban con 703.000 husos y 25.000 telares mecánicos.19
La más rotunda refutación a la teoría de la exportación ha sido dada, sin embargo, por la India. Siempre fue considerada como la clientela más segura para los algodones británicos, y así lo fue hasta hace muy poco.
Del total de productos de algodón exportados desde Gran Bretaña, solía comprar más de una cuarta parte, casi un tercio (de 17.000.000 a 22.000.000 de libras, de un total de unos 76.000.000 en los años 1880-1890).
Pero las cosas han empezado a cambiar, y en 1904-1907 las exportaciones fueron de solo 21.680.000 a 25.680.000 libras de un total de 110.440.000.
Las manufacturas algodoneras indias, que —por algunas causas no del todo explicadas— tuvieron tanto revés en sus inicios, arraigaron repentinamente con firmeza.
En 1860 consumieron solo 23.000.000 lb. de algodón en bruto, pero la cantidad fue casi cuatro veces mayor en 1877, y se triplicó de nuevo en los diez años siguientes: en 1887-1888 se utilizaron 283.000.000 lb. de algodón en bruto.
- El número de hilanderías de algodón creció de 40 en 1887 a 147 en 1895;
- el número de husos aumentó de 886.100 a 3.844.300 en esos mismos años;
- y donde se empleaba a 57.188 trabajadores en 1887, encontramos, siete años después, a 146.240 operarios.
Y ahora, en 1909-1910, encontramos 237 hilanderías de algodón en funcionamiento, con 6.136.000 husos, 80.000 telares y 231.850 trabajadores.
En cuanto a la calidad de las fábricas, los libros azules las elogian; las cámaras de comercio alemanas afirman que las mejores hilanderías de Bombay «no se quedan ahora muy atrás de las mejores alemanas»; y dos grandes autoridades en la industria del algodón, el Sr. James Platt y el Sr. Henry Lee, coinciden al afirmar «que en ningún otro país del mundo, excepto en Lancashire, los operarios poseen una inclinación natural tan marcada hacia la industria textil como en la India».20
Las exportaciones de hilo de algodón de la India se más que duplicaron en cinco años (1882-1887), y ya en 1887 podíamos leer en el Statement (p. 62) que «el hilo de algodón que se importaba era cada vez menos del tipo más basto e incluso mediano, lo que indica que las fábricas (de hilado) indias van conquistando gradualmente los mercados nacionales».
En consecuencia, mientras que la India siguió importando casi la misma cantidad de manufacturas e hilo de algodón británicos (de 16.000.000 a 26.700.000 libras esterlinas en 1900-1908), ya en 1887 lanzó a los mercados extranjeros nada menos que 3.635.510 libras esterlinas en algodones propios de patrones de Lancashire; exportó 33.000.000 de yardas de tejidos de algodón crudo en piezas fabricados en la India por obreros indios.
Y la exportación ha seguido creciendo desde entonces, de modo que en el año 1910-1911 el valor de los tejidos en pieza y el hilo exportados desde la India alcanzó la cifra de 7.943.700 libras esterlinas.
Las fábricas de yute en la India han crecido a un ritmo aún más acelerado, y el otrora floreciente comercio de yute de Dundee se vio llevado a la decadencia, no solo por los aranceles elevados de las potencias continentales, sino también por la competencia india.21
Últimamente se han puesto en marcha incluso fábricas de lana; mientras que la industria del hierro experimentó un súbito desarrollo en la India, desde que se encontraron los medios, tras muchos experimentos y fracasos, para hacer funcionar los altos hornos con carbón local. En pocos años, según nos dicen los especialistas, la India será autosuficiente en hierro.
Es más, no es sin cierto temor que los fabricantes ingleses ven cómo las importaciones de textiles manufacturados en la India hacia este país aumentan de manera constante, al tiempo que en los mercados del Lejano Oriente y de África la India se convierte en un serio competidor para la metrópoli.
¿Por qué no ha de ser así? ¿Qué podría impedir el crecimiento de las manufacturas indias?
- ¿Es la falta de capital? Pero el capital no conoce patria; y si se pueden obtener grandes beneficios del trabajo de los coolies indios, cuyos salarios son solo la mitad de los de los obreros ingleses, o incluso menos, el capital emigrará a la India, como ha ido a Rusia, aunque su emigración signifique la hambruna para Lancashire y Dundee.
- ¿Es la falta de conocimiento? Pero las longitudes y latitudes no son un obstáculo para su difusión; solo los primeros pasos son difíciles.
- En cuanto a la superioridad de la mano de obra, nadie que conozca al trabajador hindú dudará de sus capacidades. Seguramente estas no están por debajo de las de los 36.000 niños de menos de catorce años, o los 238.000 niños y niñas de menos de dieciocho años, que están empleados en las fábricas textiles británicas.
Veinte años ciertamente no son mucho en la vida de las naciones. Y, sin embargo, en los últimos veinte años ha surgido otro poderoso competidor en el Oriente. Me refiero al Japón.
En octubre de 1888, el Textile Recorder mencionaba en unas pocas líneas que la producción anual de hilados en las hilanderías de algodón del Japón había alcanzado las 9.498.500 libras, y que se estaban construyendo quince fábricas más, que albergarían 156.100 husos.22
Dos años más tarde, se hilaron 27.000.000 de libras de hilo en el Japón; y mientras que en 1887-1888 el Japón importaba del extranjero cinco o seis veces más hilo del que se hilaba en el país, al año siguiente solo dos terceras partes del consumo total del país se importaron del extranjero.23
Desde esa fecha la producción aumentó regularmente. De 6.435.000 lb. en 1886, alcanzó los 91.950.000 lb. en 1893, y los 153.444.000 lb. en 1895. En nueve años se había multiplicado así por veinticuatro. Desde entonces ascendió a 413.800.000 lb. en 1909; y por el Financial Economical Annual para los años 1910 y 1911, publicado en Tokio, sabemos que había en Japón, en 1909, nada menos que 3.756 fábricas textiles, con 1.785.700 husos y 51.185 telares mecánicos, a los que hay que añadir 783.155 telares manuales.
Japón es así ya un serio competidor de las grandes naciones industriales en cuanto a los tejidos en general, y especialmente a los de algodón, en los mercados del Asia oriental; y solo le costó veinticinco años alcanzar esta posición. La producción total de tejidos, valorada en 1.200.000 libras esterlinas en el año 1887, ascendió rápidamente a 14.270.000 libras en 1895 y a 22.500.000 libras en 1909, correspondiendo a los algodones cerca de dos quintas partes de esta cantidad.
En consecuencia, las importaciones de productos de algodón extranjeros procedentes de Europa cayeron de 1.640.000 libras en 1884 a 849.600 libras en 1895, y a 411.600 libras en 1910, mientras que las exportaciones de productos de seda ascendieron a casi 3.000.000 de libras.24
En cuanto a las industrias del carbón y del hierro, me aventuré en la primera edición de este libro a predecir que los japoneses no seguirían siendo por mucho tiempo tributarios de Europa en cuanto a productos de hierro; que su ambición era también tener sus propios astilleros, y que el año anterior 300 ingenieros habían abandonado los talleres de Elswick del señor Armstrong para comenzar a construir barcos en Japón. Fueron contratados por solo cinco años, ya que los japoneses esperaban haber aprendido lo suficiente en ese plazo como para ser sus propios constructores navales.
Esta predicción se ha cumplido por completo. Japón cuenta ahora con 1.030 fábricas de hierro y maquinaria, y en la actualidad construye sus propios buques de guerra. Durante la última guerra, el progreso alcanzado en todas las industrias relacionadas con la guerra se puso plenamente de manifiesto.25
Todo esto demuestra que la muy temida invasión de Oriente en los mercados europeos avanza con rapidez.
Los chinos aún duermen; pero estoy firmemente convencido, por lo que vi de China, de que en el momento en que empiecen a fabricar con la ayuda de maquinaria europea —y ya se han dado los primeros pasos— lo harán con más éxito, y necesariamente a una escala mucho mayor, que incluso los japoneses.
Pero ¿qué hay de los Estados Unidos, a los que no se puede acusar de emplear mano de obra barata ni de enviar a Europa productos «baratos y malos»?
Su gran industria es de fecha reciente; y, sin embargo, los Estados Unidos ya envían a la vieja Europa cantidades constantemente crecientes de maquinaria.
En 1890 comenzaron incluso a exportar hierro, que obtienen a muy bajo coste, debido a nuevos y admirables métodos que han introducido en la metalurgia.
En el transcurso de veinte años (1870-1890) el número de personas empleadas en las manufacturas estadounidenses se duplicó con creces, y el valor de su producción casi se triplicó; y en el transcurso de los siguientes quince años, el número de personas empleadas aumentó nuevamente en casi un cincuenta por ciento, mientras que el valor de la producción casi se duplicó.26
La industria del algodón, provista de excelente maquinaria de fabricación nacional, se ha estado desarrollando con rapidez, de modo que la producción anual de textiles alcanzó en 1905 un valor de 2.147.441.400 dólares, siendo así el doble de grande que la producción anual del Reino Unido en el mismo ramo (la cual se valoró en unos 200.000.000 de libras esterlinas); y las exportaciones de algodones de fabricación nacional alcanzaron en 1910 la respetable cifra de 8.600.000 libras esterlinas.27
En cuanto a la producción anual de arrabio y acero, ya supera a la producción anual en Gran Bretaña;28 y la organización de dicha industria también es superior, tal como señaló el Sr. Berkley ya en 1891, en su discurso ante el Instituto de Ingenieros Civiles.29
Pero todo esto ha surgido casi por completo en los últimos treinta o cuarenta años; industrias enteros se han creado íntegramente desde 1860.30
¿Cuál será, pues, la industria estadounidense dentro de veinte años, ayudada como está por un desarrollo maravilloso de la habilidad técnica, por escuelas excelentes, una educación científica que va de la mano con la educación técnica y un espíritu de empresa que no tiene rival en Europa?
Se han escrito volúmenes sobre la crisis de 1886-1887, una crisis que, en palabras de la Comisión Parlamentaria, se prolongaba desde 1875, con la salvedad de «un breve período de prosperidad de que gozaron ciertas ramas del comercio en los años 1880 a 1883», y una crisis, añado yo, que se extendió por todos los principales países manufactureros del mundo.
Se han examinado todas las causas posibles de la crisis; pero, cualquiera que sea la cacofonía de las conclusiones a las que se ha llegado, todas coincidieron unánimemente en una, a saber, la de la Comisión Parlamentaria, que podría resumirse de la siguiente manera:
«Los países manufactureros no encuentran clientes tales que les permitan obtener grandes beneficios».
Siendo el beneficio la base de la industria capitalista, los bajos beneficios explican todas las consecuencias ulteriores.
Los bajos beneficios inducen a los empleadores a reducir los salarios, o el número de trabajadores, o el número de días de empleo a la semana, o terminan por obligarlos a recurrir a la fabricación de clases inferiores de mercancías, que, por regla general, se pagan peor que las de categoría superior.
Como dijo Adam Smith, los bajos beneficios significan en última instancia una reducción de los salarios, y los bajos salarios significan un consumo reducido por parte del trabajador. Los bajos beneficios significan también un consumo algo reducido por parte del empleador; y ambos juntos significan menores beneficios y un consumo reducido en esa inmensa clase de intermediarios que ha proliferado en los países manufactureros, lo que, a su vez, se traduce en una mayor reducción de los beneficios para los empleadores.
Un país que manufactura en gran medida para la exportación, y que por lo tanto vive en una cantidad considerable de los beneficios derivados de su comercio exterior, se encuentra prácticamente en la misma posición que Suiza, que vive en gran medida de los beneficios derivados de los extranjeros que visitan sus lagos y glaciares.
Una buena «temporada» significa una afluencia de entre 1.000.000 y 2.000.000 de libras esterlinas de dinero importado por los turistas, y una mala «temporada» tiene los efectos de una mala cosecha en un país agrícola: se produce un empobrecimiento general.
Lo mismo ocurre con un país que manufactura para la exportación. Si la «temporada» es mala, y los bienes exportados no pueden venderse en el extranjero por el doble de su valor en el país, el país que vive principalmente de estas transacciones sufre.
Unos bajos beneficios para los posaderos de los Alpes significan estrecheces en gran parte de Suiza; y unos bajos beneficios para los fabricantes de Lancashire y Escocia, y para los exportadores mayoristas, significan estrecheces en Gran Bretaña. La causa es la misma en ambos casos.
Durante muchas décadas pasadas no habíamos visto una baratura tal de trigo y de productos manufacturados como la que vimos en 1883-1884, y sin embargo en 1886 el país sufría una crisis terrible.
Se decía, por supuesto, que la causa de la crisis era la sobreproducción. Pero la sobreproducción es una palabra totalmente carente de sentido si no significa que aquellos que están necesitados de toda clase de productos no tienen los medios para comprarlos con sus bajos salarios.
Nadie se atrevería a afirmar que hay demasiados muebles en las maltrechas casitas, demasiados lechos y ropas de cama en las viviendas de los obreros, demasiadas lámparas encendidas en las chozas y demasi paño sobre los hombros, no solo de quienes solían dormir (en 1886) en Trafalgar Square entre dos periódicos, sino incluso en aquellos hogares donde un sombrero de copa forma parte del vestido de domingo.
Y nadie se atreverá a afirmar que hay demasiados alimentos en los hogares de aquellos trabajadores agrícolas que ganan doce chelines a la semana, o de aquellas mujeres que ganan de cinco a seis peniques al día en el comercio de la confección y otras pequeñas industrias que abundan en las afueras de todas las grandes ciudades.
La sobreproducción significa única y simplemente una falta de poder adquisitivo entre los trabajadores. Y esa misma falta de poder adquisitivo de los trabajadores se dejó sentir en todas partes del continente durante los años 1885-1887.
Después de que los años malos hubieron pasado, se produjo un repentino resurgimiento del comercio internacional; y, como las exportaciones británicas aumentaron en cuatro años (de 1886 a 1890) en casi un 24 por ciento, comenzó a decirse que no había razón para alarmarse por la competencia extranjera; que la disminución de las exportaciones en 1885-1887 era solo temporal y general en Europa; y que Inglaterra, ahora como antaño, mantenía plenamente su posición dominante en el comercio internacional.
Es ciertamente verdad que, si consideramos exclusivamente el valor monetario de las exportaciones para los años de 1876 a 1895, no vemos un declive permanente, solo notamos fluctuaciones. Las exportaciones británicas, al igual que el comercio en su conjunto, parecen mostrar una cierta periodicidad. Cayeron de 201.000.000 de libras esterlinas en 1876 a 192.000.000 en 1879, luego volvieron a subir a 241.000.000 en 1882 y descendieron a 213.000.000 en 1886; de nuevo subieron a 264.000.000 en 1890, pero volvieron a caer, alcanzando un mínimo de 216.000.000 en 1894, para ser seguidas al año siguiente por un ligero movimiento al alza.
Siendo este carácter periódico un hecho, el Sr. Giffen pudo despreciar en 1886 la «competencia alemana» demostrando que las exportaciones del Reino Unido no habían disminuido. Puede decirse incluso que, por habitante, habían permanecido invariables hasta 1904, experimentando tan solo las habituales fluctuaciones.31
Sin embargo, cuando pasamos a considerar las cantidades exportadas, y las comparamos con el valor monetario de las exportaciones, incluso el Sr. Giffen tuvo que reconocer que los precios de 1883 eran tan bajos en comparación con los de 1873 que, para alcanzar el mismo valor monetario, el Reino Unido habría tenido que exportar cuatro piezas de algodón en vez de tres, y ocho o diez toneladas de productos metálicos en vez de seis.
«El volumen total del comercio exterior británico, si se hubiera valorado a los precios de diez años atrás, habría ascendido a 861.000.000 de libras en lugar de 667.000.000», nos indicó una autoridad nada menos que la Comisión sobre la Depresión Comercial.
Podría, sin embargo, decirse que 1873 fue un año excepcional, debido a la inflación de la demanda que se produjo tras la guerra franco-alemana. Pero el mismo movimiento a la baja continuó durante una serie de años.
Así, si tomamos las cifras facilitadas por el Statesman’s Year-book, vemos que mientras el Reino Unido exportó, en 1883, 4.957.000.000 de yardas de tejidos de pieza (algodón, lana y lino) y 316.000.000 de libras de hilo para alcanzar un valor de exportación de 104.000.000 de libras esterlinas, ese mismo país tuvo que exportar, en 1896, nada menos que 5.478.000.000 de yardas de los mismos tejidos y 330.000.000 de libras de hilo para obtener únicamente 99.700.000 libras.
Y las cifras habrían resultado todavía más desfavorables si hubiéramos tomado solo los algodones.
Es verdad que las condiciones mejoraron durante los últimos diez años, de modo que en 1906 las exportaciones fueron similares a las de 1873; y aún fueron mejores en 1911, que fue un año de comercio exterior extraordinario, en el que se exportaron 7.041.000.000 de yardas de tejidos y 307.000.000 de libras de hilo, valorados ambos en 163.400.000 libras esterlinas.
Sin embargo, fue especialmente el hilo el que mantuvo los precios altos, porque en la actualidad se exportan las clases más finas de hilo. Pero los grandes beneficios de los años 1873-1880 se han perdido irremediablemente.
Vemos así que, si bien el valor total de las exportaciones del Reino Unido, en proporción a su creciente población, permanece, en términos generales, inalterado durante los últimos treinta años, los altos precios que se podían obtener por las exportaciones hace treinta años, y con ellos los altos beneficios, han desaparecido.
Y ninguna cantidad de cálculos aritméticos persuadirá a los fabricantes británicos de que no es así. Saben perfectamente que los mercados nacionales se extienden continuamente con exceso de existencias; que los mejores mercados extranjeros se están escapando; y que en los mercados neutrales se está vendiendo por debajo del precio de Gran Bretaña.
Esta es la consecuencia inevitable del desarrollo de las manufacturas en todo el mundo.
(Véase el Apéndice J.)
Grandes esperanzas se depositaron, hace algún tiempo, en Australia como mercado para las manufacturas británicas; pero Australia pronto hará lo que Canadá ya hace. Fabricará. Y las exposiciones coloniales, al mostrar a los «colonos» lo que son capaces de hacer y cómo deben hacerlo, no hacen más que acelerar el día en que cada colonia farà da sé a su vez.
Canadá y la India ya imponen aranceles protectores a los productos británicos. En cuanto a los tan mentados mercados del Congo, y los cálculos y promesas del Sr. Stanley de un comercio que ascendería a 26.000.000 de libras al año si la gente de Lancashire proveía a los africanos de taparrabos, tales promesas pertenecen a la misma categoría de fantasías que los famosos gorros de dormir de los chinos que iban a enriquecer a Inglaterra tras la primera guerra china.
Los chinos prefieren sus propios gorros de dormir caseros; y en cuanto a la gente del Congo, cuatro países al menos ya compiten por abastecerlos con sus humildes vestimentas:
- Gran Bretaña,
- Alemania,
- Estados Unidos y,
- por último y no menos importante, la India.
Hubo un tiempo en que este país tenía casi el monopolio de las industrias del algodón; pero ya en 1880 solo poseía el 55 por ciento de todos los husos en funcionamiento en Europa, Estados Unidos e India (40.000.000 de un total de 72.000.000), y un poco más de la mitad de los telares (550.000 de un total de 972.000). En 1893 la proporción se redujo aún más, al 49 por ciento de los husos (45.300.000 de un total de 91.340.000), y ahora el Reino Unido posee solo el 41 por ciento de todos los husos.32
Estaba perdiendo terreno, por tanto, mientras los demás ganaban. Y el hecho es de lo más natural: se podría haber previsto. No hay ninguna razón por la cual Gran Bretaña deba ser siempre la gran fábrica mundial de algodón, cuando el algodón en bruto tiene que importarse a este país al igual que a cualquier otro.
Era perfectamente natural que Francia, Alemania, Italia, Rusia, India, Japón, Estados Unidos, e incluso México y Brasil, comenzaran a hilar sus propios hilos y a tejer sus propias telas de algodón. Pero la aparición de la industria algodonera en un país, o de cualquier industria textil de hecho, se convierte inevitablemente en el punto de partida para el crecimiento de una serie de otras industrias; las fábricas químicas y mecánicas, la metalurgia y la minería sienten de inmediato el impulso dado por una nueva necesidad. El conjunto de las industrias nacionales, así como la educación técnica en general, deben mejorar para satisfacer esa necesidad tan pronto como esta se haga sentir.
Lo que ha sucedido con respecto a los algodones ocurre también con respecto a otras industrias. Gran Bretaña, que ocupaba en 1880 el primer puesto en la lista de países productores de arrabio, pasó en 1904 a ser la tercera en esa misma lista, encabezada por los Estados Unidos y Alemania; mientras que Rusia, que ocupaba el séptimo lugar en 1880, ocupa ahora el cuarto, después de Gran Bretaña.33 Bretaña y Bélgica ya no tienen el monopolio del comercio de la lana. Las inmensas fábricas de Verviers están silenciosas; los tejedores belgas se encuentran en la miseria, mientras que Alemania aumenta anualmente su producción de lanas y exporta nueve veces más productos de lana que Bélgica. Austria tiene sus propias lanas y las exporta; Riga, Lodz y Moscú abastecen a Rusia de finos paños de lana, y el crecimiento de la industria lanera en cada uno de los últimos países nombrados da vida a cientos de industrias afines.
Durante muchos años Francia ha tenido el monopolio del comercio de la seda. Al criarse los gusanos de seda en el sur de Francia, era de lo más natural que Lyon se convirtiera en un centro para la fabricación de sedas. El hilado, el tejido doméstico y los talleres de teñido se desarrollaron en gran medida. Pero con el tiempo la industria tomó tal expansión que los suministros nacionales de seda cruda resultaron insuficientes, y se importó seda cruda de Italia, España y el sur de Austria, Asia Menor, el Cáucaso y Japón, por una cantidad de entre 9.000.000 y 11.000.000 de libras esterlinas en 1875 y 1876, mientras que Francia solo contaba con 800.000 libras esterlinas en valor de su propia seda. Miles de muchachos y muchachas campesinos se sintieron atraídos por los altos salarios hacia Lyon y la región vecina; la industria era próspera.
Sin embargo, poco a poco surgieron nuevos centros de comercio de seda en Basilea y en las casas campesinas de los alrededores de Zúrich. Los emigrantes franceses introdujeron este oficio en Suiza, y allí se desarrolló, especialmente después de la guerra civil de 1871.
Luego, la Administración del Cáucaso invitó a obreros y obreras franceses de Lyon y Marsella para enseñar a los georgianos y a los rusos los mejores métodos para la cría del gusano de seda, así como todo lo relacionado con el comercio de seda; y Stávropol se convirtió en un nuevo centro de tejeduría de seda.
Austria y los Estados Unidos hicieron lo mismo; y ¿cuáles son ahora los resultados?
Durante los años 1872 a 1881, Suiza duplicó con creces la producción de su industria de la seda; Italia y Alemania la aumentaron en un tercio; y la región de Lyon, que antiguamente fabricaba por valor de 454 millones de francos al año, registró en 1887 un rendimiento de tan solo 378 millones.
Las exportaciones de sedas de Lyon, que alcanzaron un promedio de 425.000.000 de francos en 1855-1859 y de 460.000.000 en 1870-1874, cayeron a 233.000.000 en 1887.
Y los especialistas franceses calculan que actualmente nada menos que un tercio de los tejidos de seda utilizados en Francia se importan de Zúrich, Krefeld y Barmen.
Es más, incluso Italia, que cuenta hoy con 191.000 personas dedicadas a esta industria, envía sus sedas a Francia y compite con Lyon.
Los fabricantes franceses pueden clamar todo lo que quieran pidiendo protección, o recurrir a la producción de artículos más baratos y de menor calidad; pueden vender 3.250.000 kilogramos de tejidos de seda al mismo precio al que vendieron 2.500.000 en 1855-1859, pero jamás volverán a recuperar la posición que ocupaban antes.
Italia, Suiza, Alemania, Estados Unidos y Rusia tienen sus propias fábricas de seda, y solo importarán de Lyon las calidades más altas de tejidos.
En cuanto a las clases inferiores, el foulard se ha convertido en una indumentaria común entre las sirvientas de San Petersburgo, porque los oficios domésticos del Norte del Cáucaso se los suministran a un precio que condenaría a la inanición a los tejedores de Lyon.
El comercio se ha descentralizado, y aunque Lyon sigue siendo un centro para las sedas artísticas de gama alta, nunca volverá a ser el principal centro del comercio de seda que fue hace treinta años.
Se podrían presentar ejemplos por decenas.
- Greenock ya no abastece a Rusia de azúcar, porque Rusia tiene de sobra al mismo precio al que se vende en Inglaterra.
- La relojería ya no es una especialidad de Suiza: los relojes se fabrican ahora en todas partes.
- India extrae de sus noventa cuencas carboníferas dos tercios de su consumo anual de carbón.
- El comercio químico que floreció a orillas del Clyde y del Tyne, debido a las ventajas especiales que ofrecía la importación de piritas españolas y a la concentración de tan gran variedad de industrias a lo largo de ambos estuarios, se encuentra ahora en decadencia.
- España, con la ayuda del capital inglés, está empezando a utilizar sus propias piritas por sí misma; y Alemania se ha convertido en un gran centro para la fabricación de ácido sulfúrico y sosa; es más, ya se queja de la superproducción.
¡Pero basta! Tengo ante mí tantas figuras, todas contando la misma historia, que los ejemplos podrían multiplicarse a voluntad. Es hora de concluir y, para toda mente sin prejuicios, la conclusión es evidente por sí misma.
Industrias de todo tipo se descentralizan y se dispersan por todo el globo; y en todas partes crece una variedad, una variedad integrada, de oficios, en lugar de la especialización. Tales son los rasgos prominentes de los tiempos en que vivimos.
Cada nación se convierte a su vez en una nación manufacturera; y no está lejos el tiempo en que cada nación de Europa, así como los Estados Unidos, e incluso las naciones más atrasadas de Asia y América, fabriquen por sí mismas casi todo lo que necesitan.
Las guerras y varias causas accidentales pueden frenar por algún tiempo la dispersión de las industrias: no la detendrán; es inevitable. Para cada recién llegado solo los primeros pasos son difíciles. Pero, tan pronto como una industria ha echado raíces firmes, hace surgir a la existencia cientos de otros oficios; y tan pronto como se han dado los primeros pasos y se han superado los primeros obstáculos, el crecimiento industrial prosigue a un ritmo acelerado.
El hecho se siente tan bien, si no se comprende, que la carrera por las colonias se ha convertido en el rasgo distintivo de los últimos veinte años.
Cada nación tendrá sus propias colonias. Pero las colonias no servirán de nada. No hay una segunda India en el mundo, y las viejas condiciones no se repetirán jamás.
Es más, algunas de las colonias británicas ya amenazan con convertirse en serias competidoras de su metrópoli; otras, como Australia, no dejarán de seguir el mismo camino.
En cuanto a los mercados todavía neutrales, China nunca será un cliente serio para Europa: puede producir mucho más barato en su casa; y cuando empiece a sentir la necesidad de artículos de modelos europeos, los producirá ella misma.
¡Ay de Europa si el día en que la máquina de vapor invada China todavía sigue confiando en clientes extranjeros!
En cuanto a los semisalvajes africanos, su miseria no es cimiento para el bienestar de una nación civilizada.
El progreso debe buscarse en otra dirección. Consiste en producir para el consumo interno.
Los clientes de los algodones de Lancashire y la cuchillería de Sheffield, de las sedas de Lyon y de los molinos harineros húngaros, no están en la India ni en África. Los verdaderos consumidores de lo que producen nuestras fábricas deben ser nuestras propias poblaciones. Y pueden serlo, una vez que organicemos nuestra vida económica de modo que puedan salir de su actual indigencia.
De nada sirve enviar tiendas flotantes a Nueva Guinea con artículos de sombrerería británicos o alemanes, cuando hay abundantes clientes potenciales para la sombrerería británica en estas mismas islas, y para los productos alemanes en Alemania. En lugar de devanarnos los sesos con planes para conseguir clientes en el extranjero, sería mejor tratar de responder a las siguientes preguntas:
- ¿Por qué el obrero británico, cuyas capacidades industriales son tan elogiadas en los discursos políticos; por qué el crofter escocés y el campesino irlandés, cuyas obstinadas labores para crear nuevas tierras productivas a partir de turberas son a veces tan elogiadas, no son clientes para los tejedores de Lancashire, los cuchilleros de Sheffield y los mineros de carbón de Northumberland y Gales?
- ¿Por qué los tejedores de Lyon no solo no visten sedas, sino que a veces no tienen comida en sus buhardillas?
- ¿Por qué los campesinos rusos venden su grano y durante cuatro, seis y a veces ocho meses al año se ven obligados a mezclar corteza de árbol y hierba de uro con un puñado de harina para hornear su pan?
- ¿Por qué las hambrunas son tan frecuentes entre los productores de trigo y arroz en la India?
Bajo las condiciones actuales de división entre capitalistas y obreros, entre propietarios y masas que viven de salarios inciertos, la expansión de las industrias hacia nuevos campos va acompañada de los mismos hechos horribles de opresión implacable, masacre de niños, pauperismo e inseguridad en la vida.
Los informes de los inspectores de fábricas rusos, los informes de la Handelskammer de Plauen, las investigaciones italianas y los informes sobre las crecientes industrias de la India y el Japón están llenos de las mismas revelaciones que los informes de las comisiones parlamentarias de 1840 a 1842, o las revelaciones modernas relativas al sistema de explotación (“sweating system”) en Whitechapel y Glasgow, el pauperismo londinense y el desempleo en York.
El problema del Capital y el Trabajo se universaliza así; pero, al mismo tiempo, también se simplifica.
Volver a un estado de cosas en el que el grano se cultiva y los bienes manufacturados se elaboran para el uso de esas mismas personas que los cultivan y producen: tal será, sin duda, el problema que habrá de resolverse durante los próximos años de la historia europea.
Cada región se convertirá en su propia productora y su propia consumidora de bienes manufacturados. Pero eso implica inevitablemente que, al mismo tiempo, será su propia productora y consumidora de productos agrícolas; y eso es precisamente lo que voy a discutir a continuación.