# LOS CORREDORES DE BOLSA NO SON TODOS MALOS
Aquí mismo, antes de adentrarme más en la corriente de acontecimientos que condujeron a la organización de la Amalgamated —pues lo precedentes es tan solo el marco que considero necesario para la historia, indispensable para que mis lectores alcancen a comprender plenamente su significado—, es de justicia tanto para ellos como para mí mismo declarar que mi vida ha transcurrido en el mercado de valores con el propósito de obtener lucro.
Nunca, en mis operaciones bursátiles, me las he dado de filántropo ni me he erigido de ningún modo en reformador, ni he pretendido ser ni un ápice mejor que el negocio que había elegido para ganarme la vida. Desde el primer día hasta hoy, me he esforzado por mantenerme estrictamente fiel al principio de no engañar jamás a sabiendas a ningún hombre, mujer o niño que, por confianza en mí, arriesgara su dinero en la especulación o la inversión.
Al mismo tiempo, debe recordarse que el negocio de la corretaje de bolsa a menudo une a extraños compañeros de cama.
Además, el verdadero operador bursátil a veces se siente tentado a ceñirse la armadura y meterse en una pelea emocionante únicamente por el placer del combate, y entonces puede que no le preocupen demasiado los derechos y los mismos del conflicto, si en ambos bandos se alinean capitanes profesionales de las finanzas.
El ministro, el profesor universitario, el comerciante de novedades pueden exclamar en contra de esto, pero jamás han conocido el cosquilleo delicioso que, desde la abolición de los torneos de antaño, solo puede sentirse en los grandes campos de batalla financieros.
Si los críticos del jugador de bolsa pudieran pasar por un solo minuto de los mil que yo he conocido, serían menos imprudentes en sus denuncias.
Y recuérdese que en estas tremendas guerras del dólar hay tanta oportunidad para el heroísmo, para la generosidad, para los actos de bondad, como los que jamás ofrece la lucha física.
Leo aquí en los periódicos sobre el noble acto de un capitán de la armada que ha arriesgado su vida; en otra parte, sobre un hombre rico que ha donado un millón para crear una obra benéfica. En la misma página en que se elogia a estos hombres encontraré referencias a «Jim Keene, el especulador bursátil», etc., «tibutista de bolsa sin corazón ni alma», etc.
«Jim Keene, especulador bursátil», no mantiene a ningún agente de prensa para ostentar sus actos de bondad, pero por las cosas nobles que sé que ha hecho, y las cosas que otros con quienes estoy personalmente familiarizado saben que ha hecho —hombres, mujeres y niños salvados de la miseria, el dolor y la muerte, a riesgo de su propia ruina—, apostaría a que el pergamino celestial registra en su haber tantos actos de misericordia y noble osadía como los que se le atribuyen a cualquier soldado o filántropo que haya alcanzado fama mundial en los últimos años.
El deseo de riqueza repentina es fuerte en todos los sectores de nuestra comunidad estadounidense. Los hombres quieren dinero, y las mujeres también, por una veintena de razones —algunas buenas, otras malas— y la bolsa de valores es el lugar mágico donde ocurren los milagros y los dólares se multiplican de la noche a la mañana. El agente de toda la codicia del mundo es el corredor de bolsa, y este ve la vida desde una extraña perspectiva.
Cientos de cartas me llegan diariamente de toda clase de personas, que no tienen otro derecho sobre mí que el de creer que, habiendo seguido en algún momento anterior con provecho mis consejos o consejos atribuidos a mí, tienen derecho, cuando «los periódicos dicen» que estoy haciendo o voy a hacer esto, aquello o lo otro en el mercado de valores, a acudir a mí con sus problemas.
En 1899 llegó a mí, enviado por una mujer, un retrato de su esposo, ella misma, sus tres hijos y el padre y la madre ancianos de su esposo. Ojalá pudiera publicarlo, pero no me atrevo por miedo a que los reconozcan. La carta que lo acompañaba era una de las más conmovedoramente patéticas que jamás haya leído. Investigé el caso. Las declaraciones hechas eran absolutamente ciertas.
El marido de la mujer era el cajero de uno de los pequeños bancos nacionales en una de las viejas localidades de un estado de Nueva Inglaterra. El hermano de su padre había sido cajero antes que él. El pasado de la familia estaba densamente sembrado de todos aquellos sencillos honores y bienes que son tan a menudo la herencia de las familias de las comunidades puritanas, respetables y de clase media de la vieja Nueva Inglaterra y regiones similares de antiguo arraigo en el país.
En su lecho de muerte, el tío confió que durante años había arrastrado en los libros del banco un déficit surgido de errores. Su marido, para evitar que el nombre de la familia sufriera mancha alguna, había seguido manteniendo esto oculto, lo cual era fácil de hacer, ya que al ascender de cajero auxiliar a cajero a la muerte de su tío, ambos cargos se unificaron en uno solo.
La esposa explicó que su esposo le había confiado el temible secreto, y juntos lo habían llevado dentro hasta que les había roído el corazón. Al fin el hombre ya no pudo soportar la tensión.
Había seguido mis palabras impresas sobre el mercado, y ahora se había lanzado al abismo fatal. Había comprado con margen 2.000 acciones de la compañía Sugar para ver si no era posible compensar rápidamente un déficit de más de 20.000 dólares, porque yo había dicho que las acciones de Sugar iban a subir sin parar; y entonces el horror de algo peor que la muerte se había apoderado de la esposa y ella me había revelado el terrible secreto, junto con una descripción, un retrato hablado de lo que sucedería si yo me había equivocado.
No pudo dar un paso más. No le hacía falta. Leí la carta. Vi la fotografía, y hasta yo, que me creía inmune por mis largos años de experiencia en tales asuntos —yo también quedé horrorizado.
No era asunto mío. Yo no había dicho que el azúcar iba a subir; como suele suceder, algún periódico había publicado lo que otro operador había dicho y me lo había atribuido a mí. Ni siquiera operaba en azúcar, ni en ese momento me interesaba particularmente.
No podía devolver la carta ni mantener comunicación alguna con aquellas personas sin convertirme de algún modo en su cómplice. La mujer había dicho que, al realizar la compra, su esposo había dado órdenes de vender las acciones con una subida de doce puntos.
Por mucho que me esforzara por ver el asunto de una manera comercial y fría, la imagen me perseguía: el anciano orgulloso de la larga trayectoria de honradez intachable de su familia, la fe de la anciana madre en su muchacho, la esposa viendo en cada uno de sus hijos el estigma de un padre delincuente, y el esposo vigilando los precios del mercado de cada día para ver si le traían un veredicto que significara la prisión estatal o el alivio permanente de aquel miedo obsesivo que se había convertido en su sombra constante; y leí y reí las líneas finales de la fiel esposa:
«Sr. Lawson, ¿subirá el azúcar?, ¿lo hará de verdad, solo esta vez?, y les enseñaremos a los niños a rezar por usted y los suyos, y Dios responde a esta clase de oraciones, usted bien sabe que lo hace».
La imagen me perseguía; la veía en los precios del mercado; oía la historia en cada tic del teletipo y en cada susurro de la cinta; y cada vez que mis ojos captaban «SUG», la abreviatura bursátil para el azúcar, me encogía, como uno hace ante la sonda del dentista; bueno, no podía soportarlo.
Decidí sostener el Azúcar; es decir, decidí intentarlo. Poco sabía la mujer lo que pedía cuando escribió: «¿Sostendrás el Azúcar?». Había leído que un operador de bolsa obra magia, pero jamás se le había pasado por la cabeza que su varita era un cartucho de dinamita concentrada mil veces —un cartucho de dinamita que, según la ley de los promedios del mercado de valores, le estalla en las manos nueve de cada diez veces que lo manipula, y que cuando estalla no queda más para el manipulador que el pastor, las flores y la lápida; es más, ¡a menudo la explosión no deja nada con qué comprar siquiera una lápida!
Poco pensaba ella que podría poner a prueba la riqueza del Banco de Inglaterra hacer subir el Azúcar doce puntos. Lo hice subir, y fue tan fácil —¡oh, tan fácil!— que... bueno, dejaré que la primera descripción que elija de mi álbum de recortes entre un centenar de la prensa diaria cuente la historia:
[Del Boston Journal, 17 de marzo de 1899]
EL BULTO DE LAWSON
su café endulzado con un cuarto de millón—lo hizo en el azúcar el jueves en dos horas de operaciones
¡Un cuarto de millón en un día!
Ese fue el registro de Thomas W. Lawson para el 16 de marzo de 1899.
El célebre «Rey sin trono de State Street» estaba en la cima del mercado del azúcar; esa es la razón de todo ello.
El azúcar fue la gran carta de la especulación bursátil ayer.
En realidad, las acciones vivieron uno de los días más salvajes de su historia, y su precio máximo —170 dólares—, alcanzado en medio de una gran expectación, es el más alto registrado.
La especulación fue algo tremendo, y ha sido a través de ella que quienes tenían la impresión de que los mercados se encaminaban hacia una situación aburrida y poco interesante han sufrido un repentino despertar.
Desde la apertura avanzó rápidamente hasta 149, retrocedió un punto o más, y poco después del mediodía emprendió una brusca subida. La demanda fue tan vertiginosa que la cinta no pudo seguir el ritmo, y la emoción creció a medida que aumentaba la demanda.
Las escenas en los corros de las bolsas de Nueva York y de la plaza local fueron de lo más emocionantes. Paquetes de 500 y 1.000 acciones cambiaron de manos con frecuencia, y en un momento dado la cotización en el mercado de Boston llegó a estar cuatro puntos por detrás de la de la lista de Nueva York. El pequeño ejército de bajistas se apresuró a cubrir sus posiciones, y todo el mundo se encontraba en un estado de frenética excitación ante aquel movimiento prodigioso.
Antes de llegar a su punto culminante, el precio alcanzó los 170, lo que supuso una ganancia de veintinueve puntos respecto a la apertura: la demostración de fortaleza más notable en un periodo de tiempo tan corto que este valor extraordinario ha registrado jamás.
El agente Lawson hizo las compras y, mientras la emoción estaba en su punto álgido, compró sin reservas. Había adquirido 20.000 acciones en total antes de que el alza hubiera comenzado propiamente, a precios que iban de 143 1/2 a 144. A 170 dio la orden de vender 20.000 acciones con un límite de 155, y obtuvo un promedio de más de 160, con lo que se embolsó una respetable ganancia estimada de 250.000 dólares o más en el espacio de dos horas.
Cuando le preguntaron si la fortaleza de las acciones de Azucarera significaba una tregua en la guerra del azúcar, el señor Lawson sonrió y dijo:
"Nunca ha habido ninguna guerra del azúcar".
La gente conservadora de la calle está dispuesta a considerar todo el movimiento como una maniobra astuta.
[Del Boston Herald, 16 de marzo de 1899]
El Sr. Thomas W. Lawson fue el propulsor de la operación, y sus órdenes de 20.000 acciones a primera hora del día estimularon otras compras, las cuales propiciaron la asombrosa subida.
Qué información tenía el Sr. Lawson para operar es asunto suyo, si es que tenía alguna información, y en lo que respecta al desenlace, daba igual que la tuviera o no.
El mercado se encontraba en condiciones de responder a órdenes de estas dimensiones, y respondió.
[Del New York Journal, 17 de marzo de 1899]
Los frenéticos corredores luchaban como locos alrededor del puesto del azúcar. La más salvaje agitación prevaleció durante todo el día. El resto del parqué estaba prácticamente abandonado, y los corredores se agolpaban, empujaban, daban codazos y gritaban desaforadamente en su empeño por ejecutar las órdenes.
No hubo previo aviso. El repentino salto de la acción estuvo a punto de sembrar el pánico entre los corredores. Los hombres se volvieron feroces en sus esfuerzos por ejecutar las órdenes. Los que estaban fuera se lanzaban desesperados a adentrarse en el torbellino.
Hombres que por lo general son calmados se tropezaban unos con otros en medio de su entusiasmo. Decenas de brazos azotaban el aire y los hombres se desgañitaban gritando. Tan grande era el estrépito y tan compacta la multitud vociferante que los de un lado del puesto no se enteraban de las pujas del otro.
En un momento dado, el azúcar cotizaba a 159, y a cinco pies de distancia se vendía a 164. Mientras que casi a un brazo de distancia, un poco más allá, cotizaba a 160, y más adelante, alrededor del puesto, a 162.
La emoción se generalizó en las oficinas de los corredores de bolsa a medida que la noticia volaba por el teletipo. Los miembros de las firmas que no estaban en el parqué se agruparon con entusiasmo en torno a los teletipos y observaron las fluctuaciones pirotécnicas de Azúcar con exclusión de todos los demás valores.
Las cotizaciones salían con dos y tres puntos de diferencia. Un minuto el valor estaba por las nubes, y al siguiente parecía desplomarse sin remedio. Luego volvía a dispararse hacia arriba con la misma repentina fuerza. Llegó a 170, y en cinco minutos bajó a 152.
[Del Boston Post, 22 de marzo de 1899]
Ya entrada la tarde, el señor Lawson accedió a dar la siguiente explicación sobre sus movimientos en Azúcar: «Saben bien que no es propicio para la salud de un operador activo hablar de lo que está haciendo, pues si espera conservar su indumentaria hirsuta, o bien debe mantenerse saltando tan ágilmente que ninguno de los expertos scalpers que acechan en las selvas de Wall Street pueda encontrarlo en un mismo lugar el tiempo suficiente como para cortarle el suelo bajo los pies, o bien debe envolverse en un misterio tan denso que todos los que lo busquen queden daltónicos; pero sobre este producto en particular —el Azúcar— puedo apartarme de la fórmula estándar.
Llevo veintinueve años esquivando los cuchillos de escalpar de los comanches de Wall Street y, aunque todavía sigo aquí, tengo muchos lugares en la cabeza donde el cabello se niega a crecer y, cosa extraña, casi todas las zonas calvas llevan la etiqueta de «Azúcar». Supongo que, durante los últimos diez años, he contribuido a Azúcar con suficiente dinero como para dotar un asilo de tamaño decente para osos sin rabo. Nunca pareció importar si compraba o vendía, si iba a la baja o al alza, los dólares que conseguía mediante el empleo de piqueta y pala, fuerza bruta, músculo o materia gris, todos parecían seguirse unos a otros hacia las fauces implacables de aquel moderno Titantérido Sacarino.
«Allá por 1890 invertí las ganancias de mi operación con Lamson —700 000 dólares— en 10 000 acciones de Sugar a 84, y a los pocos días, en medio de brillantes fuegos artificiales, le dije adiós, cuando cayó graciosamente por debajo de 50. De nuevo, hace cuatro años, decidí que no podía hacer mejor inversión a largo plazo de 700 000 u 800 000 dólares de beneficios en Electric que ponerme bajista en Sugar desde 61 hasta 70. En once días necesité 1 500 dólares más que mis ganancias para saldar mis cuentas.
"Pensando en estas cosas últimamente, decidí hacer una demanda definitiva a la astuta e implacable Wall Street por mis depósitos acumulados—una especie de por-favor-devuélvanme-mis-pérdidas demanda. Cargué cuidadosamente hace dos semanas hasta la cantidad de 20.000 Sugar en los treinta, y sintiendo que el ambiente exhalaba oportunidades, el viernes pasado compré 20.000 más, las últimas 5.000 de las cuales de una manera bastante abierta y franca que me pareció justa para mis amigos especuladores de Nueva York. Bueno, ya sabes el resto. Se incendió. Limpié algo más de 700.000 dólares, y abrí una posición corta de 30.000 acciones, la última de las cuales he cubierto hoy con un beneficio de algo más de 350.000 dólares. Por extrañó que parezca, estaba mano a mano. He hecho balance con Sugar, y no recibe más de mi dinero.
"Soy uno de los pocos bostonianos que se conforman con vivir sabiendo que Wall Street es un centro metropolitano demasiado grande, brillante y vivo para que los muchachos de provincia anden trasteando con él, y pueden decir que estoy tan contento de recuperar mi cebo que jamás, jamás volveré a alejarme de casa. Hay una moraleja que Wall Street y State Street pueden extraer de los últimos días en Sugar. Es esta: hoy en día no es necesario, como tampoco lo era en los viejos tiempos, urdir operaciones con historias falsas o patrañas. Al hacer lo que hice en Sugar, no dependí de patrañas ni de historias. Me limité a seguir la vieja advertencia de Charley Osborne: 'Si quieres alzar las acciones, cómpralas. Si quieres bajarlas, véndelas'. Las compré y las vendí. ¡Estos son los hechos sobre Sugar en la medida en que mis movimientos los han afectado!"
Durante años después, incluso hasta el día de hoy, esta historieta apareció en la prensa de distintas partes del mundo, y cada vez que la leo me río para mis adentros, pues veo a un tipo alto y varonil, presidente de un banco ahora y que no le pide favores a nadie, ya que puede comprar 2000 acciones de Sugar en cualquier momento y extender su cheque para pagarlas contra una cuenta bancaria ganada honradamente desde el día en que su esposa escribió aquella carta.
Y veo a una madre agradecida enseñando a tres jóvenes a decir una cierta oración, y entonces olvido los sermones lacerantes de los críticos contra los especuladores bursátiles. No me duele cuando mis propios hijos preguntan: «¿Por qué dicen cosas tan terribles sobre el operador de bolsa?». Yo respondo: «Ah, no lo dicen con mala intención; no conocen al jugador de bolsa sobre el que escriben».
una de las sombras del sistema
Para que mis lectores no dejen este capítulo con una falsa idea de los resultados de los esfuerzos del corredor de bolsa por «vivir y dejar vivir», les daré un ejemplo de uno de los contrapesos de la ley de las compensaciones.
En el mismo año de la transacción del azúcar, en un mal momento, el correo me trajo la siguiente carta:
Estimado señor:
He leído con interés sus proclamaciones sobre el «cobre». No soy un hombre rico, pero tengo unos 20.000 dólares ociosos que me gustaría incrementar, y los invertiré en lo que usted me aconseje.
El escritor recibió la siguiente respuesta de mi secretaria:
El señor Lawson me indica que le diga que recibió su carta del —— y que no conoce mejor inversión que las acciones de la Amalgamated Copper Company, las cuales se ofrecerán para suscripción pública la próxima semana. En la publicidad que acompañará a la oferta notará que ha de pagar un 8 por ciento, que actualmente está ganando un 16 y que debería venderse a 150 o 200 dólares por acción. Se ofrecerá a la par. El señor Lawson no solo cree personalmente en cada palabra de los anuncios, sino que estos están respaldados por hombres e instituciones tales como el National City Bank de Nueva York, Henry H. Rogers, William Rockefeller y otros, cuyos nombres son sinónimo de éxito en los negocios. El señor Lawson no duda en aconsejarle que invierta sus 20.000 dólares en estas acciones, siempre y cuando no esté buscando una inversión que sea absolutamente segura, es decir, una que, en estos tiempos, no deba pagarle más de un 3-3/4 o 4 por ciento; pero si está buscando una inversión semiespeculativa, es decir, una que le pague más de un 6 por ciento y en la que las probabilidades de obtener grandes beneficios sean buenas, él recomienda estas acciones.
Más tarde recibí lo siguiente:
Siguiendo su consejo, compré 200 acciones de Amalgamated a 100 dólares por acción.
Cuando la acción cayó a 80, recordando su firme recomendación, compré 300 acciones más, y después de que subió a 120, pensando que seguramente llegaría a los 150 o 200 que usted mencionó, compré 1.000, dejando mis 500 acciones como margen.
Ahora ha vuelto a caer a 100, y las muchas historias que leo en los periódicos me están causando mucha ansiedad. ¿Sigue creyendo lo mismo que me escribió al principio?
A lo que recibió la siguiente respuesta:
El Sr. Lawson me indica que le comunique que ha recibido su carta del ——.
Su confianza en la propiedad de la Amalgamated, en los hombres que la controlan y administran, y en las acciones, sigue siendo la misma de siempre. Él, al igual que usted, aumentó sus tenencias a 120, y hasta a 129, y sabiendo lo que sabe acerca de la propiedad, y lo que los hombres que la controlan y administran, y con quienes está íntimamente asociado, le dicen, no puede creer que las patrañas que están apareciendo en la prensa sean otra cosa que las divagaciones de aquellos críticos del mercado bursátil que deben escribir sus opiniones sobre las acciones prominentes aunque no tengan medios para saber absolutamente nada al respecto.
Aunque el señor Lawson lamenta que usted se haya extendido tanto, como dice en su carta, solo puede responder a su pregunta con lo anterior, a saber, que su fe en Amalgamated es la misma que desde el principio.
Más tarde recibí lo siguiente de una de las instituciones penales del país:
Por el matasellos de esta carta observará mi actual lugar de residencia. Probablemente ya lo sabía, ya que la prensa ha hablado mucho de mí últimamente.
Confío en que usted y sus asociados se sienten satisfechos de sí mismos cuando observan el infierno que han causado a los demás.
Cuando le escribí por primera vez acerca de las acciones de Amalgamated, yo era un hombre honrado y próspero. Nunca había cometido un delito ni inferido ningún daño grave a mis semejantes.
Confiando en lo que usted dijo públicamente y en la conocida trayectoria de los Rockefeller y sus socios, cometí actos que ahora sé, para mi eterno pesar, que no debí haber cometido.
No tenía intención de obrar mal, pero al verme amenazado por la ruina, utilicé —según yo creía, solo de manera temporal— fondos que se me habían confiado para proteger mis acciones de ser aniquiladas a precios a la baja por los tiburones de los corredores con quienes operaba.
El resto es la vieja historia. Mi mujer y mis hijos están deshonrados y oprimidos por la pobreza, y yo estoy cumpliendo una condena de cinco años en esta institución, sostenido únicamente por la esperanza de poder vivir para enfrentarme a usted y a los de su calaña, de que tenga el placer de ver la ruina que ha provocado, con la esperanza de satisfacer un deseo que día y noche roe mi propia alma, el deseo de decirle a usted, cara a cara:
«Contemple a un hombre que, aunque sea un criminal fichado, es tanto mejor que usted y sus asociados como le es posible ser a alguien»,
y preguntarle cómo disfrutan su mujer y sus hijos de los lujos que poseen cuando saben a qué precio se consiguieron, pues estoy seguro de que, si vivo, insistiré en que su mujer y sus hijos escuchen de mis labios qué agonías han sufrido una esposa y unos hijos, que me son tan queridos como los suyos a usted, debido a su bajeza.