pisos, excepto, por supuesto, el señor Rogers y William Rockefeller, debían aceptar sin rechistar la parte que finalmente se les entregaba. Al no tener medios para saber cuán grandes eran los otros intereses, ni cuáles habían sido los «gastos extraordinarios», no estaban en condiciones de cuestionar los pagos que se les hacían, los cuales representaban sumas inferiores a las que habrían obtenido si el negocio se hubiera llevado a cabo tal como ellos creían que se había hecho.
Cuando se me presentó mi cuenta final, me quedé perplejo. A pesar de la «astucia» del «Sistema», el engaño era tan evidente, tan audaz, que en el instante en que el señor Rogers me la entregó, estallé y denuncié la transacción con tal vehemencia y convicción que a los pocos minutos apareció una segunda declaración, que revisaba la cuenta, mediante la cual se me daba justo el doble de la cantidad ofrecida en un principio, y las cifras de ambas cuentas ascendían a millones; sin embargo, la cantidad de la segunda cuenta con la que liquidé fue solo la mitad de la parte recibida por mis socios en igualdad de condiciones, Henry H. Rogers y William Rockefeller, como supe más tarde.1
Esta es una exposición justa de mi propia participación en la primera transacción de Amalgamated. No tengo ningún deseo de evadir los asuntos sugeridos y planteados por estas revelaciones. Mi franqueza debería ser prueba absoluta de ello. Como prometí, me ceñiré a la línea exacta de los hechos, dejando que las astillas de la responsabilidad, jurídica y moral, caigan donde deban, aunque muchas de ellas se queden pegadas a mi propia ropa.
Mi propia carga de error estoy listo y dispuesto a cargarla sobre mis hombros, pero me niego a seguir tomando y acarreando responsabilidades que pertenecen absolutamente a otros. Debería haber un límite de tiempo para el martirio, y el mío, de cualquier modo, ha expirado.