que estuviera esta «Standard Oil», todos sabían que se obraban extraños prodigios. Dentro de la esfera de su influencia, la suciedad se convertía en oro, los líquidos en sólidos, y lo que era, no era, y lo que no era, era. Quienquiera que pasara a formar parte de esta misteriosa «Standard Oil», al mismo tiempo se volvía «poderoso»; como si lo hubiera tocado la varita de un hada, pasaba de ser un mendigo a convertirse en millonario.
¿Pero qué era la «Standard Oil»?
El pueblo sabía que al principio no era más que una agrupación de hombres, particulares que habían acumulado mucho dinero al conseguir el monopolio de la venta de petróleo, y que estos hombres eran los «Rockefeller», y que la Standard Oil y los «Rockefeller» habían sido listos y astutos en la gestión de su venta de petróleo en un grado mayor de lo que habían sido los vendedores rivales de petróleo o de otras necesidades.
Y con el paso del tiempo se oyó mucho más sobre la astucia de la Standard Oil y los «Rockefeller», a medida que las víctimas de dicha finura y astucia «gritaban» en los lugares públicos, y los periódicos y escritores de libros exclamaban en contra de sus prácticas y exacciones.
Pero muchas otras cosas ocurrían simultáneamente, y para la gran masa de la gente resultaba más interesante que portentoso el hecho de que existiera en el país un gigantesco monstruo petrolero cuyos dueños tenían la reputación de ser los hombres más ricos del mundo.
No fue hasta principios del siglo XX cuando el monstruo de la «Standard Oil» se alzó ante el pueblo como el gigante de todas las entidades corporativas y su sombra ominosa pareció empequeñecer a todas las demás instituciones, públicas o privadas.