Todos coincidieron en que era una combinación excelente y ratificaron los términos que le había propuesto a Whitney. Se acordó además que Whitney nos cedería la mitad de la propiedad de la nueva compañía, la cual habríamos de transferir a la Compañía Bay State una vez concedida la carta constitucional.
Había toda razón en esta etapa del acuerdo para considerar la victoria como asegurada, pues parecía que las velas ondeantes de nuestra embarcación, tan zarandeada y maltrecha, iban por fin a hincharse con una brisa vigorosa y lo bastante fuerte como para llevarnos al puerto que tanto habíamos estado intentando alcanzar.
Además de lo que nosotros mismos podíamos hacer y ya habíamos hecho, ahora contábamos con Whitney como aliado en el acuerdo, y sin duda era una potencia en la venta de acciones en toda Nueva Inglaterra. Había accedido a presentarse ante la Legislatura y el público, y a empeñar su palabra de que su plan haría todas las cosas maravillosas que había prometido.1
Y cuando, en medio de aclamaciones, se concedió la carta constitutiva y se supo que nosotros éramos los beneficiarios, pude ver cómo nuestras acciones se disparaban.