tal punto que apenas dudaba de mi capacidad para plantarle cara al Destino en cualquier tipo de lucha cuerpo a cuerpo que este tuviera a bien señalar. En este estado de ánimo entré a zancadas en el inmenso hotel por la entrada de carruajes de la calle Treinta y cuatro, ávido de olvidarme de mí mismo en medio del éxtasis de la concurrencia de adoradores del dólar, pavoneándose contra el felpudo, el ónix y los dorados del caravasar de los Astor. Me pareció ver en los espejos, en las paredes, en los botones de la librea de los lacayos, en los diseños de las alfombras, inscrita en los suelos de teselas y pintada en los elevados techos, deslumbrante y rutilante, el blasón universal de la S entrelazada con sus dos barras verticales.
Dólares, dólares, dólares.
Me abrí paso por la oficina, con mi ruta disputada por las huestes de Creso apostadas en acecho de información bursátil. Coroneles y generales del ejército del todopoderoso dólar se encontraban a ambos flancos míos, y el aire era espeso por el eco y el rumor de los millones.
Por fin me hallé en la alta y espléndida sala, con sus altos ventanales ricamente cortinados de terciopelo, su suelo salpicado de mesitas donde, después de las cuatro de la tarde de cualquier día del año, se encuentra al activo contingente de Wall Street discutiendo atareado los acontecimientos de la jornada y tramando el bien o el mal para el día de mañana.
Allí estaban todos, aquella memorable tarde, en grupos de siete u ocho apiñados en las mesitas, y al entrar un vigoroso saludo alcanzó mi oído y de nuevo me vi rodeado.
—Siéntate un minuto, Lawson —dijo el excongresista Jefferson M. Levy («Jeff Levy» en Wall Street)—, y cuéntanos sobre Amalgamated.