plenamente responsables de lo que él hizo. Todo esto es innegable. Solo hay dos consideraciones posibles que entran en juego en el problema: primera, que los hechos que voy a exponer no sean verdad; segunda, que recaiga sobre mí la aceptación de un riesgo que los que están asociados conmigo no quieren asumir. Si se puede sostener lo primero, adiós a nuestra empresa y prepárense para el peor escándalo financiero que Wall Street haya visto jamás. Si es lo segundo, señor Rogers, la gente de «Standard Oil» es muy fuerte, pero no creo que ninguno de ellos tenga el valor de pedirme que acepte un riesgo que ellos mismos no se atreverían a correr.
No había forma de escapar a mi conclusión, y por mucho que le desagradara el hecho, vio que seguir hablando no serviría de nada, así que espetó:
Redacte los anuncios que considere convenientes. Téngalos listos en una hora, y entretanto yo veré a William Rockefeller y a Stillman y haré lo necesario.
Observé la firmeza de la mandíbula de Henry H. Rogers y la inclinación descendente de su párpado al pronunciar estas palabras, y no me cupo duda de la sumisión de James Stillman y William Rockefeller ante cualquier exigencia que decidiera proponerles aquel día.
«¡Ciclones y rayos! El cielo ayude a estos o a cualquier otro que ose resistírsele en este estado de ánimo —pensé para mis adentros—, especialmente si forman parte de aquellos con quienes él ha recorrido el sendero de sangre de la "Standard Oil"».
Mi imaginación me mostró una estampa del número 26 de Broadway y del National City Bank oscilando y temblando como malvarrosas en plena floración azotadas por un vendaval.
Tenía mis anuncios listos y estaba esperando cuando regresó.