Se situó él mismo en la línea de fuego e hizo mil y una cosas que solo un yanqui valiente, honesto y democrático querría o podría hacer: de todo, excepto aceptar la taimada ayuda que le ofrecía el «Sistema» o sus devotos. Sabía muy bien que la máscara amistosa ocultaba a un enemigo y que la mano enguantada que se le extendía llevaba un puñal en la manga.
Estas eran las condiciones cuando a mí, como experto en asuntos bursátiles, se me llamó para prestar asistencia.
He aquí que esta sólida y robusta institución, símbolo de todo lo mejor y autosuficiente de las finanzas estadounidenses, se encontraba a la deriva en los bajíos de Wall Street, y parecía una tarea casi desesperada intentar su rescate.
Pero era una empresa que valía enormemente la pena, y la emprendí con toda la energía de la que pude disponer.
El problema consistía en restaurar las acciones de Westinghouse a su anterior cotización alta y, una vez restablecida la confianza, vender las nuevas acciones de tesorería a un precio tal que permitiera pagar las plantas y otros proyectos que la empresa tenía en marcha.
La culminación de estos significaría unas ganancias enormemente mayores y un avance tal en las instalaciones y en la economía de fabricación que sin duda sellaría el sino de General Electric si competía con Westinghouse en las nuevas condiciones. No es de extrañar que toda la fuerza de la «Standard Oil» se empleara a fondo para forzar la alianza.
Mi lucha apenas había comenzado cuando vi que iba a ser combatida por todas las fuerzas de General Electric y del «Sistema», y deducido que la derrota era segura a menos que, mediante un movimiento de contraataque en sus acciones, pudiera mantenerlos tan ocupados que no tuvieran tiempo de interferir con Westinghouse.