anunció en titulares negros que el alcalde Matthews se había vendido, que Addicks estaba en la cima y que a Rogers y a la «Standard Oil» se les encontraría sin duda bajo los escombros. Matthews siempre ha sostenido que esta «filtración» fue una jugada a dos bandas de Addicks; este declara que formaba parte del plan urdimbre de Matthews y Rogers para jugársela. De cualquier modo, como acelerador de acontecimientos futuros la noticia fue de lo más exitosa, aunque su efecto se pareció un poco al producido al echar una sobredosis de bicarbonato en una fiesta de caramelos: la olla se desbordó y el aire se impregnó por un tiempo del olor a dulces quemados.
A pesar de todas las críticas públicas y privadas, Matthews no cedió ni un ápice y confirmó los informes. Aproveché al máximo nuestro triunfo sobre la «Standard Oil», y durante unos días el público también lo aceptó con entusiasmo.
Luego vino una de esas olas de resaca sentimental con las que siempre se puede contar en cualquier disputa en la que esté envuelta la «Standard Oil».
Desde lugares misteriosos y por vías inescrutables, empezó a circular el rumor de que la victoria en realidad era de Rogers y no de nuestro bando; de que el acuerdo había sido una hábil jugada maquiavélica; de que Matthews, al tomar el timón, iba a conducir nuestro barco junto a uno de los fuertes de Rogers y tal vez a echar ancla bajo una fila de sus cañones ocultos.
Este rumor me alarmó. No perdí tiempo en investigarlo a fondo, y descubrí con consternación que la noche anterior a llegar al acuerdo de venirse con nosotros, Matthews la había pasado en Nueva York, en la casa de H. H. Rogers. Qué ocurrió exactamente allí, o cuál era su plan, no lo sé. Mucho después de que este episodio hubiera pasado a la historia del gas, en la época en