El ministro, el profesor universitario, el comerciante de novedades pueden exclamar en contra de esto, pero jamás han conocido el cosquilleo delicioso que, desde la abolición de los torneos de antaño, solo puede sentirse en los grandes campos de batalla financieros. Si los críticos del jugador de bolsa pudieran pasar por un solo minuto de los mil que yo he conocido, serían menos imprudentes en sus denuncias.
Y recuérdese que en estas tremendas guerras del dólar hay tanta oportunidad para el heroísmo, para la generosidad, para los actos de bondad, como los que jamás ofrece la lucha física.
Leo aquí en los periódicos sobre el noble acto de un capitán de la armada que ha arriesgado su vida; en otra parte, sobre un hombre rico que ha donado un millón para crear una obra benéfica. En la misma página en que se elogia a estos hombres encontraré referencias a «Jim Keene, el especulador bursátil», etc., «tibutista de bolsa sin corazón ni alma», etc.
«Jim Keene, especulador bursátil», no mantiene a ningún agente de prensa para ostentar sus actos de bondad, pero por las cosas nobles que sé que ha hecho, y las cosas que otros con quienes estoy personalmente familiarizado saben que ha hecho —hombres, mujeres y niños salvados de la miseria, el dolor y la muerte, a riesgo de su propia ruina—, apostaría a que el pergamino celestial registra en su haber tantos actos de misericordia y noble osadía como los que se le atribuyen a cualquier soldado o filántropo que haya alcanzado fama mundial en los últimos años.
El deseo de riqueza repentina es fuerte en todos los sectores de nuestra comunidad estadounidense. Los hombres quieren dinero, y las mujeres también, por una veintena de razones —algunas buenas, otras malas— y la bolsa de valores es el lugar mágico donde ocurren los milagros y los dólares se multiplican de la noche a la mañana. El agente de toda la codicia del mundo es el corredor de bolsa, y este ve la vida desde una extraña perspectiva.