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nydus/Frenzied Finance, Volume I: The Crime of AmalgamatedPublic
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CAPÍTULO XXV. HIDROFOFIA DEL DÓLAR

Supongo que no hay ninguna posibilidad de conseguir lo que uno quiere a menos que uno suscriba cinco o diez veces más de lo que necesita, pero si dices que eso es legal, pondré otra suscripción por ——.

En el grupo estaban sentados «Harry» Weil, que una y otra vez le ha atado latas de conserva a la cola a Wall Street; el grande, bonachón y honesto «Billy» Oliver, cuyo «compraré diez mil más» es tan familiar para los miembros de la Bolsa como el sonido de la campana; y el pequeño «Jakey» Field, el más audaz e ingenioso de los operadores de corros, graduado hace apenas unos años de las filas de los chicos de recados de Wall Street —«Jakey» Field, capaz él solo de convertir un mercado a la baja («bear market») en una desbandada al «pujar al alza por toda la sala de cinco mil en cinco mil»—, lo que significa que se atreve a comprar cien mil acciones de golpe en un mercado desmoralizado cuando todo el mundo está vendiendo, jugándose así ganar o perder uno o dos millones según su propio criterio.

Escucharon, sin aliento, mientras yo soltaba la historia de la tremenda avalancha de suscriptores de Amalgamated. Otro grupo me aclamó y volví a relatar la misma historia. Así fue por toda la atareada concurrencia: «dólares, dólares, dólares», cómo conseguirlos, cómo conseguirlos rápido. La charla sobre dinero iba y venía; el tintineo de los dólares resonaba en el repiqueteo de la vajilla, en el chisporroteo de los vasos, en las risas y los saludos, en el arrastrar de pies. Era la única palabra, el único tema, el alfa y el omega de todos aquellos hombres de talento y virilidad que me reconocían como uno de los suyos y asumían que yo también estaba crucificado a las dos barras de la S serpenteante; todo aquello era tan interesante que perdí de vista su terrible seriedad, y solté una risita tal como uno lo hace cuando se sienta en la

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