Por el matasellos de esta carta observará mi actual lugar de residencia. Probablemente ya lo sabía, ya que la prensa ha hablado mucho de mí últimamente.
Confío en que usted y sus asociados se sienten satisfechos de sí mismos cuando observan el infierno que han causado a los demás.
Cuando le escribí por primera vez acerca de las acciones de Amalgamated, yo era un hombre honrado y próspero. Nunca había cometido un delito ni inferido ningún daño grave a mis semejantes.
Confiando en lo que usted dijo públicamente y en la conocida trayectoria de los Rockefeller y sus socios, cometí actos que ahora sé, para mi eterno pesar, que no debí haber cometido.
No tenía intención de obrar mal, pero al verme amenazado por la ruina, utilicé —según yo creía, solo de manera temporal— fondos que se me habían confiado para proteger mis acciones de ser aniquiladas a precios a la baja por los tiburones de los corredores con quienes operaba.
El resto es la vieja historia. Mi mujer y mis hijos están deshonrados y oprimidos por la pobreza, y yo estoy cumpliendo una condena de cinco años en esta institución, sostenido únicamente por la esperanza de poder vivir para enfrentarme a usted y a los de su calaña, de que tenga el placer de ver la ruina que ha provocado, con la esperanza de satisfacer un deseo que día y noche roe mi propia alma, el deseo de decirle a usted, cara a cara: > «Contemple a un hombre que, aunque sea un criminal fichado, es tanto mejor que usted y sus asociados como le es posible ser a alguien», y preguntarle cómo disfrutan su mujer y sus hijos de los lujos que poseen cuando saben a qué precio se consiguieron, pues estoy seguro de que,