# LA MAÑANA DESPUÉS
Fue con una sensación de intenso alivio que dejé al señor Rogers y regresé al Waldorf. Al fin sabía dónde "estaba parado": iba a jugar una mano solitaria; mis enemigos estaban al frente; no había socios de cuyas hojas de cuchillo traicioneras tuviera que proteger mi espalda.
El camino estaba despejado y, al examinar mi posición, volví a sentirme yo mismo. Inmediatamente llamé a mis corredores de bolsa de Boston, que estaban en el Holland House, para decirles que pasaría a verlos de camino al centro, y con un claro plan de campaña en la mente, me dispuse a enfrentar a la multitud que desayunaba en el gran café de la planta baja.
Casi inmediatamente me vi en el centro de un grupo de hombres que comenzaron a apremiarme con avidez en busca de más detalles sobre las suscripciones de la Amalgamated.
Todos conocemos la historia del comediante al que, en plena representación, le comunican la muerte de su amada esposa, y que aun así debe reír y hacer payasadas hasta el final de la obra. Comprendí la difícil situación del actor deprimido al contemplar a la pequeña muchedumbre tan vitalmente interesada en sus asuntos de a dólar.
Anhelaba subirme a una silla y contarles cómo los habían engañado, pero mi papel exigía parlamentos diferentes. Me tocaba fingir satisfacción y era mi deber evitar que ni un solo centavo invertido en nuestra empresa se devaluara una milésima. Infundí a mi discurso todo el entusiasmo posible.