Rogers solo podía ver la parte posterior y superior de mi cabeza, ninguna parte de mi rostro. Al primer vistazo capté el saldo: era un poco menos de dos millones y medio. Al instante, las demás líneas de la hoja se convirtieron en un borrón carmesí. A mi mente acudió en avalancha una multitud de cifras y datos que parecían demostrar de forma irresistible que yo debería haber leído nueve millones en lugar de los números que se grababan a fuego en mi cerebro. Pero ¿y si en realidad eran solo dos millones y medio, y la gran suma en la que se habían basando todos mis movimientos en el mercado era un cálculo erróneo y espantoso por mi parte? Entonces, inevitablemente, estaba irremediablemente en la quiebra, o me salvaba de eso solo para descubrir que mi cuello había caídos preso sin remisión en la soga de la «Standard Oil». Me esforcé ferozmente por calmar mis nervios, por detener los terrores desbocados que se habían desatado en mi cerebro. Me vino a la memoria, con fiebre, el recuerdo de la espantosa procesión de la vigilia de medianoche del jueves. Me repetí desesperadamente a mí mismo: «Tengo que mantener la fría ecuanimidad, tengo que hacerlo, tengo que hacerlo». Pero todos mis propósitos se esfumaron como la pólvora al contacto con la chispa. Un instante después, nada en el mundo importaba; me puse en pie de un salto, tiré la silla hacia atrás de una patada y, con una exclamación que era mitad grito, mitad imprecación, le metí el papel por los ojos al señor Rogers. Sobre la línea de saldo tamborileé con mi dedo índice tembloroso. Dios sabe qué dije, pues todas las barreras habían caído y una marea de furia, abrumadora y tremenda, arrasó mi ser. No hubo oportunidad de que el señor Rogers me respondiera o me interrumpiera. De repente fui
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CAPÍTULO XXXI
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