# LA ESTAFA A LOS ACCIONISTAS DE UTAH
Este era verdaderamente un periodo de delirio financiero en Boston. Nadie hablaba ni pensaba en otra cosa que no fueran los "Cobre", al menos nadie con un dólar suelto o buen crédito.
El aire estaba lleno de historias misteriosas y la Bolsa de Valores estaba colgada de lámparas de Aladino. De cada rincón de State Street, de las rendijas entre sus serios y viejos adoquines, surgían minas de cobre: minas jamás soñadas antes y de las que no se ha vuelto a oír desde entonces.
Innumerables artilugios fueron ideados para aprovecharse de la intoxicación reinante. Los precios de las propiedades sólidas se dispararon con una rapidez que quitaba el aliento. La epidemia del cobre se extendió por Nueva Inglaterra y comenzó a propagarse en círculos cada vez más amplios por el resto del país, mientras que desde Inglaterra, Francia y Alemania llegaban a diario noticias de síntomas que demostraban que la infección había cruzado el océano.
Yo, con las manos ocupadas, tenía a dos secretarios atareados espantando a promotores industriosos que se me acercaban en hordas con propiedades de cobre, viejas y nuevas, que podía adquirir en mis propias condiciones o en cualesquiera otras.
En medio de esta emoción tuve mi primera demostración real del método del «Sistema» para hacer dólares de la nada. Por mucho que creyera conocer el juego de la bolsa, confieso que contemplé con la boca abierta, como el más absoluto de los novatos, la magia obrada por el simple uso del nombre «Standard Oil». Todavía hoy puedo oírme exhalar un susento: «Que el cielo ayude a este país si este tipo de cosas pueden hacerse en América, pues solo el cielo tiene el poder de ayudarlos».
La firma de corredores de bolsa de Boston y Nueva York Clark, Ward & Co. había promovido la Utah Consolidated Mining Company de Utah. Tenía menos de dos años de existencia, y sus 300.000 acciones habían sido zarandeadas del arroyo al bordillo y del bordillo al arroyo a precios que oscilaban entre los 2 y los 4 dólares por acción.
Samuel Untermyer, el astuto abogado corporativo que, por cuenta propia y como representante de una gran clientela europea, llevaba tiempo interesado en los "valores del cobre", se había hecho cargo de Utah y, creyendo que era un buen negocio, había comprado grandes cantidades de sus acciones para sí mismo y para sus conexiones europeas.
Bajo el estímulo de mi campaña, el precio de esta acción se habia disparado hasta 17 o 18, y los rumores decían que Utah era un factor potencial en mi consolidación. Un día, el Sr. Rogers me preguntó si yo era de algún modo responsable de estos rumores, y le respondí que no sabía nada más acerca de ellos que el hecho de que estaban circulando.
—Bien —respondió Rogers—. Haga lo siguiente entonces: mande avisar que nos proponemos emitir un comunicado negando que vayamos a tener nada que ver con Utah Consolidated, y tráigame su respuesta.
Llevué el mensaje en persona. La gente de Utah estaba absolutamente aterrorizada. Un anuncio así significaba la destrucción de la hermosa estructura de precios que estaban levantando, y suplicaron que se les permitiera hacerle una propuesta a Rogers antes de que este se pronunciara.
Esta fue su propuesta:
Que el señor Rogers admitiera su propiedad en la consolidación siempre y cuando la encontrara lo suficientemente buena; que se le otorgaran todas las facilidades a sus expertos para examinar la mina; y que si el informe era favorable —y estaban convencidos de que lo sería— y él decidía intervenir, se le concediera una opción sobre un bloque de acciones muy por debajo del precio de mercado.
Esta oferta se la llevé de vuelta al señor Rogers, quien esbozó una de sus sonrisas tenues y despreocupadas, y me interrogó minuciosamente sobre la autenticidad del mercado para estas acciones. ¿Podrían venderse fácilmente 50 000 acciones? Le aseguré que, una vez que se supiera que siquiera estábamos considerando a Utah, sería fácil vender 100 000 acciones y a precios en constante aumento.
—Está bien —dijo el señor Rogers—, si estás seguro de esto, seguiremos adelante.
Diles que tomaremos una opción a sesenta días sobre 50 000 acciones, sin responsabilidad para nosotros, a... bueno, seremos generosos, digamos a 15, y cuando menciones el precio, hazles hincapié en que sé que a ellos les costó solo de $2 a $4.
Regresé de inmediato y comencé las negociaciones, pero, como suele suceder, el hecho de que la "Standard Oil" estuviera picando el anzuelo se filtró antes de que yo hubiera cerrado la opción, y antes de que hubiéramos empezado siquiera a examinar la propiedad, los precios habían subido tanto que había una ganancia de 500.000 dólares para nosotros en la transacción.
Para inspeccionar la propiedad de Utah, el Sr. Rogers envió a su yerno, Broughton, y al poco tiempo recibí aviso de que soltara las 50.000 acciones en el mercado a los mejores precios posibles, y que las tomara prestadas para su entrega de tal manera que el sector de Clark-Ward-Untermyer no sospechara nada al respecto.
No se me dio ninguna información sobre el informe del perito y yo ignoraba por completo si era bueno, malo o indiferente, aunque por el hecho de que íbamos a vender las acciones deduzco que era desfavorable.
El público absorbió las 50.000 acciones a un precio de entre 32 y 36, más o menos como un elefante absorbe agua después de una caminata sedienta por desiertos de arena; las acciones simplemente fueron tragadas sin un solo trago ni una exhalación.
No supe hasta mucho después que los compradores eran los tenedores ingleses que habían aportado la mayor parte de las 50.000 acciones para cumplir con nuestra opción; en otras palabras, nos estaban recomprando sus propias acciones a más del doble del precio que íbamos a pagarles por ellas, y que su entusiasmo se debía a información confidencial de que el examen del perito había revelado una riqueza tal que el precio seguramente saltaría a más de 100 cuando la "Standard Oil" asumiera la dirección.
De dónde exactamente obtuvieron esta información o cómo fue puesta en su camino fue un asunto que nunca descubrí. Como he demostrado anteriormente, la "Standard Oil" tiene su propio sistema de cables, pasadizos subterráneos y agencias de rumores. Obra de manera misteriosa para realizar sus maravillas.
Esta parte del trato se zanjó pronto, y la operación nos dejó un beneficio de 1.000.000 de dólares. Es decir, habíamos vendido 50.000 acciones que no poseíamos, pero que eran nuestras a petición, por 1.000.000 de dólares más de lo que tendríamos que pagar por ellas a sus dueños.
Cuando le comuniqué mi éxito al señor Rogers, este expresó su total satisfacción y me ordenó que informara a la gente de Utah que debían añadirse otras 50.000 acciones a la opción, ya que no concebía asociar el gran nombre de la «Standard Oil» a una empresa en la que tuviera menos de un tercio de participación; es decir, no estaba seguro de considerar menos de la mitad de la propiedad.
Esta segunda petición fue un trago amargo para el grupo de Clark, Ward y Untermyer, a quienes les dolía ceder por una cifra tan baja este tremendo paquete de acciones que ahora se vendía rápidamente a 40 dólares cada una. Sin embargo, no se podía refutar la solidez del razonamiento de Rogers:
«¿Quién hizo que valiera 40? ¿Quién sino la "Standard Oil"? ¿Y qué pasará si la "Standard Oil" declara que no va a incluir a Utah en la consolidación?»
La mera insinuación sumió al contingente de Utah en uno de esos sudores de cuarenta grados a la sombra que se asemejan a la humedad de las tuberías de vapor que atraviesan las cámaras frigoríficas. Claudicaron.
En el momento en que se nos traspasó la opción, esta representaba un beneficio adicional de 1.000.000 de dólares, y cuando la vendimos nos reportó 1.250.000 netos, pues el mercado seguía subiendo. Este último fenómeno no era sorprendente, ya que debe tenerse en cuenta que, cuando se formuló nuestra demanda de las segundas 50.000 acciones, se convocó a los principales accionistas de Utah y sus propios administradores —no la «Standard Oil» ni el señor Rogers, entiéndase, pues la «Standard Oil» nunca hace declaraciones falsas— les explicaron que el examen del experto había revelado tanta riqueza que la «Standard Oil», la más poderosa de las poderosas, había insistido en quedarse con al menos 100.000 acciones; pero que, por supuesto, no se le podía pedir a la «Standard Oil» que pagara más de veinte por unas acciones que a sus dueños originales solo les habían costado de 2 a 4 dólares.
¿Qué se podía hacer? Los accionistas simplemente se rindieron y, una vez más, se atropellaron en el mercado para recuperar sus preciadas acciones como pudieron.
Sólo para mantener presentes las condiciones de la transacción en esta etapa en la mente de mi lector, repetiré que la gente de Clark-Ward-Untermyer ahora nos había dado el derecho de comprarles 100.000 acciones de su propiedad (a un precio inferior en 2.250.000 dólares al que ya las habíamos vendido), con el acuerdo —no de palabra ni por escrito, por supuesto, porque la «Standard Oil» nunca hace una promesa por escrito, sino implícito con tanta solemnidad como si se hubiera redactado y autenticado bajo juramento— de que tomaríamos y pagaríamos sus acciones y nos asociaríamos con ellos en su empresa, dándoles el beneficio de nuestra experiencia, nuestro capital y nuestro prestigio.
Digo que tenían todas las razones para suponer que estábamos actuando de buena fe absoluta, y ningún fundamento para sospechar que hubiera algún motivo oculto detrás de nuestras negociaciones. Debe recordarse que esto ocurrió hace algunos años, antes de que la perfidia del «Sistema» fuera un imprevisto calculado.
El cuchillo ya estaba dentro, pero el «Sistema» aún tenía que retorcerlo en la herida.