apostador de hipódromo, "evaluando" a los participantes, sus pesos y sus desventajas. Cada giro y revés en los linajes y antecedentes de republicanos y demócratas le resultan tan familiares como las hojas de apuestas al jugador, pues, ¿no se encuentra acaso en el extremo receptor del mayor buró de información del mundo?
Un agente de la Standard Oil se encuentra en cada aldea del país, y ¿quién mejor que estos observadores capacitados e inteligentes para interpretar las diversas tendencias de los sentimientos en sus comunidades? Tabulados y analizados, estos informes permiten a Rogers, el sagaz político, diagnosticar la deriva del país mucho antes que el más astuto de los jefes de campaña. Nunca tiene dudas sobre quién ganará la elección. Antes de que la contienda se ponga en marcha, ya ha elegido a su ganador y está a su lado con generosos ofrecimientos para los gastos de guerra.
Cuando el trabajo lanzaba sus anatemas contra la Standard Oil, y los Rockefeller y otros generales y capitanes de gran corazón de esta banda de alegres hacedores de dinero se ponían a discutir sobre la conciliación y la retirada, siempre era Henry H. Rogers quien disparaba a sus socios su ahora famosa panacea para toda oposición a la Standard Oil:
«¡Veremos a la Standard Oil en el infierno antes de permitir que ningún grupo de hombres sobre la tierra dicte cómo debemos dirigir nuestro negocio!».
Y el hecho de que la Standard Oil aún lleve a cabo sus negocios en los campos elíseos del éxito, donde no hay azufre ni emanaciones de azufre, es una prueba adicional de de quién es la voluntad que rige sus destinos.
Una impresión del carácter despótico del hombre y de su forma de despachar los infinitos detalles de los múltiples asuntos de los que debe