POR FIN LA PAZ
Cuando cayó el telón sobre la escena final de la representación en el tribunal de Delaware, se produjo un breve intervalo de calma en los asuntos de la Bay State Gas.
Regocijándose por la desviación temporal de la atención pública, los actores principales procedieron a asumir sus antiguos papeles, y pronto los asuntos comenzaron a marchar a su ritmo de antes. Rogers tomó posesión de todas las compañías de gas de Boston y esperó pacientemente a que bajara por la carretera algún viajero con más dinero que cerebro.
Habiendo corrompido con éxito al Estado de Delaware, a Addicks le estaban tomando medidas para la toga senatorial, cuando accidentalmente la dama ciega dejó caer sus balanzas sobre su desprotegido magín, catástrofe que lo dejó fuera de combate el tiempo suficiente como para permitir que otro se adueñara furtivamente del galardón por el que tanto había luchado.
No nos ocupamos por el momento de los asuntos de Delaware, y basta con decir de pasada que, tras una reñida competencia, un tal Richard Kenney fue elegido para el escaño senatorial que Addicks tanto había codiciado, y que este hombre, un típico cacique electoral de Delaware, tras jurar su cargo como senador de los Estados Unidos, fue llevado de regreso a Wilmington y juzgado por robar un banco de Delaware, siendo sus cómplices otros matones de Addicks.
Las revelaciones hechas en el juicio demostraron que el caso, en todas sus características, se ajustaba al estándar de indecencia de Addicks, pues los