—No digas una sola palabra, pero haz lo que te digo. Te advertí que estabas lidiando con un perro, pero no quisiste creerme. Ahora voy a llevar a cabo este negocio aunque quede en ridículo por ello. Has hecho tu trabajo y ese cachorro no te impedirá obtener los resultados. Estoy metido en esto ahora, y vamos a ver si Addicks puede ganarme a mí tanto como a ti. Ni una palabra más. Lo entiendo todo.
Regresé a Filadelfia decidido a resolver de una vez por todas ciertas cuestiones relativas al señor Rogers y a otros que afectaban el futuro de J. Edward O'Sullivan Addicks; y esa noche Addicks y yo "lo pusimos en claro".
No intentaré reproducir nuestra conversación. Baste con señalar que, cuando le pedí los bonos, Addicks empezó con evasivas y rodeos, y entonces comprendí que me había mentido por segunda vez. Estábamos en su oficina de Filadelfia, era de noche y nos hallábamos a solas. Le exigí la verdad y por fin me confesó que no tenía los 904.000 dólares en bonos. En realidad, no tenía ni un solo bono. Los había gastado hasta el último y me había engañado durante meses.
Con respecto a esta entrevista, Addicks siempre ha sostenido que le puse las manos encima y que estuvo a punto de cometer alguna locura, pero esto es falso. Lo que hice fue girar la llave en la cerradura y luego, sin demasiado miramiento hacia su sensibilidad, trazar un retrato verbal de la situación en la que me había colocado. También le dije lo que pensaba de él. Eso es todo.
Las cuantiosas ganancias que el operador bursátil obtiene aparentemente de la noche a la mañana son a menudo motivo de asombro y envidia para el mundo. Pero si las ganancias son grandes, el camino es fangoso. Si aquellos que codician las recompensas doradas participan en un trato o dos, se revuelcan en el sucio doble juego que es parte inevitable del precio de