hombres de Wall Street y en qué andan. Este es mi trigésimo cuarto año de dieciséis y diecisiete horas al día y trescientos sesenta y cinco días al año, y los he visto a todos ir y venir. Estoy ya con la tercera generación de mi época. En asuntos así siento de algún modo que tengo unos trescientos años.
«Hombres como Rogers son unos tipos estupendos. Son afables y tolerantes en sus juicios sobre los demás. Sí, son unos tipos formidables, hasta que les das la vuelta y miras su otra cara. Rogers es bastante adorable hasta que aprieta el otro botón. Entonces va con absoluta crueldad tras lo que quiere. Y sin embargo, aunque seas su víctima, no puedes llegar a odiarle. Después de que te ha tirado al suelo y te ha quitado todo lo que tienes, y te das la vuelta y descubres que la linterna sorda ha desaparecido, y le oyes subir por el callejón, te levantas de la cuneta y admiras la destreza con la que hizo el trabajo. Si pudieras soportarlo, casi silbarías para que volviera y lo hiciera otra vez».
—Es fácil ver —dije—, por lo que escribes sobre el señor Rogers en tu reportaje de la revista, que le tenías afecto y le otorgabas el rango más alto en cuanto a capacidad, pero aun así dijiste que tuviste que subir al estrado con el traje de gas y declarar exactamente lo contrario de su testimonio. ¿Lo acusas abiertamente de perjurio?
—Lo he puesto por escrito cincuenta veces —contestó el señor Lawson—, que cometió perjurio. No cabe la menor duda. Presenté las minutas de mi secretario, transmitidas por teléfono, recibidas por el suyo y confirmadas más tarde. Él me confirmó el mensaje, me llamó y lo conversó, y negoció basándose en ese acuerdo. Dos hombres, Rogers y yo mismo, subimos al estrado consecutivamente y hicimos declaraciones diametralmente opuestas; y ninguno de los dos se reservó al afirmar que se trataba de conocimiento de primera mano. Por lo tanto, hubo perjurio.