proporción, y un 100 y un 200 por ciento más allá, y muchos de ellos, a pesar de las enormes caídas que han tenido lugar desde entonces, todavía muestran un avance de entre el 200 y el 300 por ciento sobre los precios vigentes en aquel momento.
Jamás en toda la historia de los negocios se les ofreció a los capitalistas una oportunidad tan justa de ganar honesta y legítimamente una suma tan vastas de dinero y al mismo tiempo de hacer tanto por el pueblo. Tampoco hubo empresa más honorable ni una de la que un hombre pudiera sentirse más justamente orgulloso de llevar al éxito.***
Con el paso del tiempo, esta gran empresa ocupó cada vez más mis pensamientos y la puse a prueba de todas las maneras que conocía, repasando mentalmente y probando cada paso y eslabón sucesivos hasta estar seguro de que toda la estructura era inexpugnable.
Luego se convirtió en el propósito de mi vida poner en marcha la iniciativa. Las dificultades de la tarea nunca se pasaron por alto ni por un momento, pues sabía muy bien que se requeriría muchísimo dinero, pero con un fuerte respaldo el éxito era seguro, y semejante éxito valía enormemente la pena.
Después de poner en vigor mi invención financiera que remediaría los males del «Sistema», este gran proyecto del cobre parecía lo más —lo más lucrativo— digno de hacerse en todo el mundo. Fue para ejecutar este proyecto que me aliné con el grupo de la «Standard Oil», pues con su dinero y su respaldo sabía que podría llevar a cabo mis planes en los términos que había trazado con tanta cautela.
El principal cargo que mis críticos me imputaron cuando apareció mi serie de artículos en Everybody's Magazine fue que me había vuelto «testigo de la corona». Habiendo estado «en el ajo» con la «Standard Oil» en sus robos al público, no fue sino hasta que no estuvimos de acuerdo y «nos separamos» que pensé en hacer partícipe al público de mis confidencias.