Era un día cálido y me alegró recibir un telegrama en el tren de Addicks pidiéndome que me reuniera con él en el muelle, ya que celebraríamos nuestra conferencia en su yate, el Now-Then, en aquel momento uno de los yates de vapor más rápidos a flote.
Era una noche de una belleza memorable. Bajo la luz dorada de una puesta de sol deslumbrante, remontamos el majestuoso Hudson. Desde debajo del toldo contemplé las crestas apiñadas de los Palisades mientras nos deslizábamos velozmente junto a ellas hacia las amplias extensiones de aguas teñidas más arriba de Yonkers.
Todas las influencias naturales confabularon para agudizar en mí el susurro de advertencia de mi alma, que lanzó el aviso al cruzar la pasarela: «¡Cuidado!».
Pero, como dije antes, el destino no cuelga luces rojas en las encrucijadas de la carrera de un hombre, y me precipité imprudentemente en las redes que mi mefistofélico compañero había tejido con tanta maña a mi alrededor.
Apenas se hallaba el Now-Then en plena mitad de la corriente, cuando Addicks se metió de lleno en el asunto. Su actitud había cambiado desde la tarde anterior. Toda su bravuconería había desaparecido; era sencillo, franco, directo y, a la manera de alguien que ha cometido un error y se arrepiente, comenzó sin demora alguna:
—No creí anoche que iría a pagar tu precio, Lawson. Me desconcertó un poco, pero lo pensé bastante después de que te fuiste, y cuando los precios de esta mañana me mostraron que estabas de nuevo en pie de guerra, vi mi error.