Digo que posiblemente pueda hallarse aquí, porque este es el único lugar donde la partida podría quedar sepultada; pero estoy razonablemente seguro de que no está sepultada aquí, y de que estos anticipos a los agentes continúan a una escala tan grande como antes, o incluso mayor, ya que no se habría podido cortar el suministro a los agentes y aumentar el negocio al mismo tiempo.
De nuevo, durante los dos últimos meses de 1904, o en la época en que mi relato, «Finanzas frenéticas», empezó a surtir efecto en todo el mundo, recibí información de muchas fuentes de que los Tres Grandes habían dado instrucciones a sus principales agentes para conseguir una gran cantidad de nuevos riesgos «a cualquier precio», de modo que el volumen total de negocio del año mostrara un incremento tal que desacreditara mi afirmación de que los asegurados estaban «asustados». Observé el juego con gran interés, sabiendo que el timo saldría a la luz tarde o temprano, lo practicara quien lo practicara. Durante estos meses leí semana tras semana acerca de esta gran póliza, o de aquel riesgo de récord recién conseguido por este o aquel agente. Uno en particular me hizo soltar una carcajada por su transparencia. Un cierto amigo de la New York Life, un hombre de Wall Street, «acaba de contratar una póliza de 2.000.000 de dólares». Casi al mismo tiempo comencé a recibir información sobre las extraordinarias ofertas que se les hacían a los futuros clientes, ofertas que probablemente implicaban un descuento indirecto equivalente quizás a la totalidad de la prima del primer año; y me puse a reflexionar y a hurgar en mi cajón de los recuerdos, y saqué a relucir una serie de casos del mismo tipo de ofertas que me habían hecho a mí en el pasado, y rumine para mis adentros cómo era posible todo esto; pues, incluso si los Tres Grandes eran lo suficientemente audaces como para burlar la ley contra tales prácticas, me desconcertaba cómo podían pagar a su agente las cuantiosas comisiones en efectivo que exigía el nuevo negocio.